Opinión

Creencia y libertad

| 24 de noviembre de 2008
Nacemos en un contexto dado, familiar, social, ideológico y cultural, es decir, en una circunstancia histórica singular que, de una u otra manera, condiciona nuestro pensamiento desde que abrimos la conciencia a las incógnitas del mundo, a sus placeres, desafíos, peligros y dolores, a ese extraño camino que es vivir preguntándose.
Recibimos una lengua con la que nominaremos nuestro entorno, seres y cosas, objetos animados e inanimados. A través de ella aprehenderemos las primeras creencias, casi todas ellas artículos de fe o máximas de comportamiento en la tribu en que vivimos. Las palabras serán nuestra primera ilusión, menesterosos magos vocálicos…
En el umbral de la adolescencia cuestionaremos el mundo de nuestros progenitores. Es quizá el primer atisbo voluntario hacia la libertad, móvil incierto, lleno de dudas que se abre como enorme abanico de difusos límites e impreciso derrotero. Los primeros conocimientos propiamente intelectuales nos inquietan y nos desafían a develar numerosos y crecientes misterios que la existencia nos presenta.
¿Qué podemos elegir?, ¿qué elegimos libre y reflexivamente? Muy poco, casi nada. El mundo está construido como una estructura aparentemente sólida, escasamente permeable a nuestros deseos de franquear sus puertas adornadas con rótulos de prohibición e incitaciones mendaces.
Y no sólo estamos condicionados por la circunstancia; es más, llevamos ya, de modo visceral (¿genéticamente?) ciertas inclinaciones a abrazar la ideología de nuestros mayores o a rechazarla de plano. Esta actitud vital ocurre antes de que hayamos logrado un cierto conocimiento teórico que apoye esas creencias incipientes, y nadie podría afirmar que antes de tomar partido o inclinarse por una cosmovisión particular, sopesó en su razón una gama de opciones diversas, escogiendo la que consideró más cuerda o racional o inteligible. Sucede más bien lo contrario: una vez que adscribimos determinada postura, comenzamos a buscar la sustentación teórico-ideológica que nos permita entenderla y defenderla de nuestros enemigos, adversarios o antagonistas. La idea se hace bandera, pendón en batallas no siempre dialécticas.
Como en el amor, nadie escoge, sobre la base de reflexiones y discernimientos acuciosos y sistemáticos, a la persona en quien volcará su amor; el ejemplo de los enlaces convenidos familiar y socialmente sólo confirmará este aserto… Primero es el acto volitivo, pasional; luego vendrá el análisis lógico, más para justificar y explicar la elección que para sustentarla en la verdad del pleno entendimiento.
En este contexto, ¿cuál es la medida de mi libertad? Acaso los senderos que se bifurcan, limitados y constreñidos por la moral de la tribu y su cadena de proscripciones. Se trata entonces de la escogencia entre opciones del bien o del mal, según axiologías más o menos rigurosas, pero jamás libertaria en un sentido amplio. Así, la libertad sería una “facultad natural” de los individuos humanos para obrar o no obrar, para elegir la forma de hacerlo, de manera voluntaria, consciente y responsable.
Leibniz defendió siempre la libertad del ser humano para actuar conforme a su voluntad, y eso explica su recurso a la distinción entre verdades de hecho y de razón. Pero las verdades de hecho se reducen prácticamente a las de razón o analíticas. El problema se presenta en la complejidad y extensión de los análisis pertinentes en cada caso o disyuntiva particulares. En cuanto a las llamadas “verdades de razón”, éstas se refieren a esencias y no es del caso apelar a ellas en esta breve reflexión sobre la posibilidad real de ejercer la pregonada libertad humana, que posee estatuas y llamas, pero no hombres libres.
 En Descartes se agudiza el problema del conflicto entre pasiones/tendencias naturales y las partes inferior o superior del alma. Las pasiones, según el filósofo de la Razón, son involuntarias (el alma no controla su origen e influencia), inmediatas y con frecuencia irracionales (esclavizan el alma). La tarea del alma respecto a las pasiones es intentar someterlas a los criterios de la razón, con la fuerza de voluntad necesaria, es decir, engrillarlas.
Para el hombre –según Descartes– la libertad consiste en elegir lo que es propuesto como verdadero y bueno por el entendimiento, no en la mera indiferencia ni en la posibilidad absoluta de negarlo todo (eso sería ignorancia o nihilismo). Para que el alma sea libre y feliz, debe liberarse de la esclavitud a que la someten las pasiones.
En Spinoza, sólo se es libre y alcanzamos la felicidad –corolario de la libertad– cuando el alma (nuestro entendimiento) consigue un conocimiento claro y distinto de las cosas. Dejaremos de odiar y sentir temor cuando conozcamos las causas que determinan los fenómenos en la naturaleza. En otras palabras, el conocimiento nos hará libres, aunque para el santo –Francisco de Asís– la plena libertad sólo se alcanza en la prescindencia absoluta de las necesidades terrenales (mientras menos tienes como posesiones materiales, más libre eres). En esto coincidiremos con Buda, aunque nos repugne la otra cadena, la escatológica de las sucesivas encarnaciones.
Para Spinoza, la libertad consiste en el conocimiento cada vez más profundo del orden natural y en la aceptación racional de sus procesos. De este modo conoceremos al mismo Dios (conocer la naturaleza y conocer a Dios se identifican).
Muchos han visto la profunda influencia de los estoicos en Spinoza: determinismo total, necesidad de aceptar el determinismo como destino y orden racional; necesidad de liberarse de las pasiones, intelectualismo –salvación/felicidad por el conocimiento– y reducción de la libertad a la razón.
Pero ¿qué significa la libertad para nosotros, –aquí, hoy– semi occidentales del fin del mundo?
En una sociedad como la nuestra y aun –me atrevo a decir– en un contexto planetario que es nuestro espejo y paradigma, donde se impone una sola ideología político-social, la libertad humana, entendida como posibilidad de expresión y desarrollo de nuestras facultades, talentos y anhelos, es una falacia… No sólo estamos constreñidos por las cortapisas de una moral equívoca –distinta para quienes estamos, como la inmensa mayoría, fuera de los ámbitos del poder– sino que la red de pequeños y eficaces sometimientos parece dominarnos sin contrapeso. Cada vez más, el poder que nos coarta se torna anónimo e impersonal. Ya no es un individuo o un grupo o una clase que podemos identificar en hipotética lucha por liberarnos, puesto que nos enfrentamos a entidades de acceso fantasmal para sus usuarios-súbditos: corporaciones sin rostro, transnacionales que están más allá de cualquier bandera o adscripción conocida según códigos ya obsoletos.
Vivimos como el señor K, pero ni siquiera el Castillo está ahí, en un espacio acotado y definible. No existe, y, sin embargo, es ubicuo, como el mundo virtual que nos aherroja sin necesidad de meternos en prisión o en galera, porque la cárcel ha llegado a ser el todo, aunque se nos ofrecen extrañas ventanas por donde vislumbramos un mundo ideal de gratificaciones hedonistas… Estamos atrapados, somos un número, una clave; no conocemos a nadie y todos nos ‘conocen’, es decir, nos ubican y clasifican, develando nuestras miserias y calibrando nuestras posibilidades de servir eficazmente al orden establecido.
Dios nos ama, dicen algunos, y tiene un plan del que somos su fin sobrenatural, allí donde la teleología se hermanará con la libertad total… Entonces, esta angustia existencial de la posmodernidad, ¿será transitoria?, ¿será como los sueños del poeta que sueña una ciudad –Lisboa o Santiago de Chile– que se difumina en crepúsculos ilusorios? O nos conformaremos, al decir de Pessoa con “Enrollar el mundo alrededor de nuestros dedos, como un hilo o una cinta con la que juega una mujer que sueña asomada a la ventana”.
Será Penélope, quizá, aunque Ulises ya no pueda navegar en un océano donde se ha enajenado al viento.
Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca