Opinión

La Arcadia perdida

| 04 de junio de 2010
Nos habíamos prometido por un tiempo no subir a la tumba de madre. Anhelaba dejarla arropada entre los hilos de sus recuerdos y hacer espaciosas nuestras cuitas. Últimamente parece sentirse a gusto con sus largos silencios. No fue posible.
Subí despacio la empinada cuesta del cementerio, ahora con menos árboles y cada vez más apretujado entre los montaraces y deslucidos edificios de la ciudad de los vivos.
Años atrás el paseo era frondoso, seductor. Se llegaba al campo santo por un estrecho camino tachonado de robles, encinas, castaños, algunos cipreses, y la mirada se abría sobre un labrantío inclinado con espaciosos pastos de heno.
Se escuchaba el canto del mirlo, el cuco, la paloma torcaz, el sonido monótono de la cigarra al compás del grillo, y el niño de entonces, travieso igual a cabrilla montuna, corría detrás de mariposas, saltamontes y gorriones de casero vuelo.
Ahora una honda pena acorrala el espíritu apesadumbrado. Recordé, mientras iba despacio al encuentro de madre, uno de los libros que a ella más le había cautivado siempre, unas páginas en las que se refleja con sensible ternura la grandeza de nuestra tierra astur ya desaparecida y cambiada por unos tiempos agobiantes.
Entre mis manos llevaba ‘La aldea pérdida’, obra poco o nada leída en la actualidad, de Armando Palacio Valdés. La dejaría sobre su regazo.
Ella se encontraba adormecida. Abracé huesos frágiles, casi transparentes y me observó con esos ojos suyos que, aún extintos, son igual a dos púas encendidas.
–Te he traído un libro.
–Hijo, ya no leo. Mis ojos miran sin ver, pero tocaré sus letras y será como regresar al arpegio perdido. ¿Puedes contarme alguna historia?
Me acurruqué a su lado y le musité palabras hasta que la noche trepó del cercano río Ciares y la oscuridad se hizo túnica de afonía.
–Regreso mañana y continuaremos el relato.
–Aquí estaré. Lo absoluto de la muerte es la apetencia a esperar.
Bajé a la ciudad por el sendero serpenteado conocido de niño. Y pensé en Arcadia. Sí, yo también nací y viví allí. Supe lo que era “caminar en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías”, bañarme en arroyos cristalinos, y hollar con los pies una alfombra perennemente verde.
Hoy nada existe. “Huyó la dicha y la inocencia de aquel valle” y con ello llegó el hacha, la sierra, el pico, el cemento frío, y sólo por puro milagro, aún queda la necrópolis, hasta que alguien, en nombre del progreso, traslade a los entumecidos moradores al rincón de los trastos viejos.
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