Cuatro historias que hablan de solidaridad, esfuerzo, adaptación y “amor colosal” por Galicia
Y lo que tiene más mérito es que todo lo han conseguido sin “dejar nunca atrás a Galicia”, como fue el caso de los padres de Claudia Álvarez, que emigraron de Salvaterra y As Neves a Argentina donde se convirtieron en empresarios de la hostelería.
Ellos entendieron que “trabajo, esfuerzo y dignidad era la mejor forma de construir una nueva vida” lejos de Galicia, por lo que “Galicia viajó con ellos, en la cultura del trabajo, en el respeto por la palabra, en el amor por la familia, en la solidaridad y en la capacidad de afrontar cada desafío con humildad y perseverancia”.
“Argentina les brindó la oportunidad de crecer –prosiguió– y ellos respondieron integrándose plenamente, contribuyendo con su trabajo a la sociedad que los recibió”.
Ambos fueron puestos por su hija como ejemplo del “vínculo extraordinario” que se “creó entre dos pueblos que aprendieron a crecer juntos”, y de ese legado se siente “parte” la hoy cónsul honoraria de España en Mar del Plata, quien desempeña el cargo para “seguir fortaleciendo esos lazos que generaciones enteras construyeron con sacrificio, compromiso y afecto”.
Con un discurso muy bien elaborado, propio de una mujer de su condición de diplomática, Claudia dijo recibir la medalla como un “homenaje a una generación de gallegos que supieron transformar la esperanza en futuro”, y planteó el mayor desafío del momento no tanto en “preservar esas historias” como en “transmitirlas”, porque “la memoria solo tiene verdadero sentido cuando se convierte en legado”. Es por ello que la responsabilidad actual debería centrarse en “acercar esa herencia a las nuevas generaciones”, apostilló.
Claudia Álvarez dijo recibir la medalla con “una profunda emoción, con humildad y con un inmenso sentimiento de responsabilidad y gratitud” y “con compromiso de seguir construyendo puentes para quien continúe esta historia”, porque al final, “ninguna distancia es capaz de separar lo que permanece vivo para la memoria, los valores, los afectos y para el corazón”.
Beatriz Gil
La emigración de la familia de Beatriz Gil fue a un lugar más cercano, concretamente, a Suiza, donde pronto aprendió que “la adaptación era el precio que debía pagar para formar parte de la sociedad que nos acogía”, aseguró en su intervención, que pronunció en la lengua madre.
Beatriz, que partió con sus padres desde una aldea de Ourense a tierras helvéticas a la edad de cuatro años, supo convertir “las dificultades iniciales” en “oportunidades” y gracias al apoyo que encontró en su entorno educativo y familiar pudo ir a la universidad, licenciarse en derecho y acceder a la fiscalía de Menores del cantón de Argovia, donde hoy ejerce como fiscal jefe, empresa que le parecía difícil para una persona como ella, hija de emigrantes.
Lo que definió como su lucha entre “adaptación e identidad” tuvo un recorrido exitoso, gracias al asociacionismo y a la aportación que a este hizo la Secretaría Xeral de Emigración de la Xunta, que supo “mantenernos unidos y en contacto con la actualidad gallega”, aseveró.
En su caso, dijo recibir la medalla con “emoción, honor y profundo agradecimiento”, considerándola, además, un “homenaje a todos los que en la emigración luchan por crecer y salir adelante”.
Carla Angola
La noticia de la Medalla le llegó a la periodista Carla Angola el mismo día en el que su madre hubiese cumplido 80 años. Había nacido en una aldea de Ourense y emigrado a Venezuela a la edad de 15 años, y fue precisamente en ese país donde construyó una familia y donde enseñó a su hija a amar a Galicia “de manera colosal”.
A través de las lágrimas de su madre, a la que dedica el premio, aprendió Carla lo que es la morriña, ese sentimiento, que “no se explica”, sino que “se sobrelleva” desde la distancia y también con lágrimas la enseñó a considerar a Galicia un “hogar”, el sitio al que quiere volver, porque Galicia “se reservó solo para ella un pedacito de los amores de mi vida”, dijo, y de ese lugar conserva la sonrisa de su abuelo, la “adorable historia de éxito” de su tío Basilio y el “perfecto castellano” de su “ilustrado sobrino”.
Galicia simboliza para Carla Angola los abrazos y el amor, ese sentimiento sin el que “no hay vida” y solo en gallego se puede uno expresar en el “idioma más dulce”. En suma, Galicia es la “patria” a la que “esta hija y nieta de gallegos siempre quiere regresar”.
Camila Fernández
Con raíces en Xinzo de Limia y Castro Caldelas, Camila Fernández llegó a la comunidad gallega procedente de Río de Janeiro para recibir una Medalla por su trabajo asistencial, científico y académico, que le trajo recuerdos de una bisabuela que emigró dejando a su hija en un convento, a cargo de las Carmelitas. La de su familia es igualmente una historia de “dificultades’ y “superación” en la que tampoco faltó la transmisión del vínculo con Galicia, que supo mantener vivo su padre, quien no quiso perderse el acto de homenaje.
Continuidad a través de las generaciones
El galardón a las premiadas en la 42ª edición de las Medallas de Galicia es un “reconocimiento muy importante, no solo para ellas”, sino también “para toda la emigración gallega”, dijo el conselleiro de Emprego, Comercio e Emigración, José González, para quien, el premio es un guiño “al mensaje de continuidad de Galicia a través de las distintas generaciones”. El conselleiro Galicia abundó en el asunto del retorno, asegurando que Galicia “no solo está preparada para recibir a los gallegos de fuera”, sino que lo se está “procurando impulsar” a través de los diferentes programas de la Estratexia Galicia Retorna.
“Hoy tenemos mucha necesidad de trabajadores” y “también de emprendedores” y la primera opción de la Xunta son los gallegos del exterior.