Tres chilenos en el Camino Portugués
Sabede que o apóstolo glorioso entre todos los outros apóstolos de nostro señor que foron á preegar per las partes do mundo, foy él o primero que pregou en Galiza; é, despois que o Rey Erodes mandou matar en Jherusalem, trouxeron o corpo d’el os diçípulos por mar á Galiza… (Códice Calixtino)
Desde Valença do Minho emprendemos el Camino de Santiago –Pascual Veiga López, Gonzalo Veiga Riveros y un servidor–, cumpliendo la Ruta Portuguesa, que va desde Valença do Minho –trazada sobre la Décimo Nona Vía Romana, que nace al norte de Lisboa– en la frontera portuguesa, hasta Santiago de Compostela; un total de 128 kilómetros, aproximadamente, porque las sendas suelen desviarse en algunos tramos y las distancias no se corresponden con los mapas de itinerario.
Partimos el lunes 22 de junio, desde la hermosa villa de Valença, con su enorme fortaleza medieval oteando el río Miño, vigilando quizá los amenazantes espectros españoles del siglo XVII… En el albergue de peregrinos no había nadie, por lo que no pudimos recibir allí la cartilla donde timbrar cada destino entre posada y posada. Caminamos cinco kilómetros, cruzando el puente que separa las tierras lusas de las gallegas –separación histórica y culturalmente arbitraria–, para internarnos, a través de un sendero que bordea el cauce, y llegar hasta el albergue de Tui, junto a la hermosa iglesia románica. (Recordé a mi abuelo Cándido, que estudiara en el Seminario de Tui, sin profesar los votos sacerdotales). Luego de obtener nuestras credenciales, nos dirigimos a Santa María de Porriño, por sendas que serpentean entre antiguas aldeas y casales; a ratos, cruzando bosques de abedules abigarrados de enormes helechos, provistos de sencillos pero eficaces puentes romanos, alzados sobre los innumerables ríos gallegos (el País del Agua, al decir de un poeta do Caurel).
El Camino está señalizado con pequeños monolitos que llevan estampada la vieira o concha del peregrino; en algunos sitios, el emblema está adosado a los muros de casas aldeanas. También se utiliza una flecha pintada de amarillo, sea dibujándola en postes de luz o en el asfalto. No obstante, hay sectores que carecen de indicaciones o éstas resultan confusas. Pero todo se soluciona con el viejo expediente de las preguntas, aunque las referencias de los gallegos no concuerden con nuestras medidas de longitud; así, un café que está “todo dereito, un quilómetro máis aló”, puede encontrarse luego de cuatro o cinco de arduo andar…
Antes de arribar a Porriño, atravesamos un vasto sector industrial –unos cuatro kilómetros– que es el tramo feo y desagradable de la ruta; larguísima calle flanqueada de galpones, tránsito intenso y ruidoso, camiones que irrumpen como un celaje, olor a plásticos y aceite de motor…
Santa María de Porriño es una de tantas villas gallegas donde las construcciones de piedra exhiben la antigüedad de su historia milenaria, superponiendo estilos… Buscamos el albergue, junto al pequeño río Douro. Encontramos allí a un grupo de alemanes que nos reciben con simpatía, pronunciando algunas palabras en torpe castellano...
A la mañana siguiente, martes 23 de junio, salimos del albergue y desayunamos en una espléndida cafetería (nunca echarás de menos el café ni el vino en los numerosos bares de cada pueblo gallego)… Mi amigo Pascual y su hijo Gonzalo quieren conocer la iglesia de Santa María, donde fuera bautizado el padre de Pascual, Tomás Veiga Alonso, emigrado a Valparaíso, Chile, en 1915, junto a su hermano menor, Jesús. El encuentro con los vestigios del pasado es emocionante. La cámara fotográfica es artilugio mágico que detiene el tiempo en intemporales imágenes.
En el libro parroquial, el cura Luis Bernárdez Abad estampó, hace más de un siglo, la certificación: “…en trece de noviembre de 1899, fue solemnemente bautizado el niño Tomás, hijo legítimo de Maximino Veiga Godoy y Perfecta Alonso Maceira, naturales de Sanguiñeda…”.
Reemprendemos el Camino, yendo hacia Redondela, alternando estrechas callejuelas de los villorrios con senderos campesinos… Encontramos escasos habitantes, quizá porque muchos de ellos utilizan las antiguas casas remozadas de dormitorio y solaz de fin de semana, mientras desarrollan su jornada laboral en ciudades como Vigo o Pontevedra. Las parroquias ya no viven la existencia rural de antaño; casas modernas, revestidas de granito pulido, con irregulares diseños, van reemplazando a las moradas de piedra. Pero los nombres suenan a viejas palabras escuchadas en la niñez de los Veiga López: Mos, Sanguiñeda, Salgueiro, Guizán, Santiaguiño de Anta.
Ahora, la senda sube y se hace por momentos agotadora. Gonzalo lleva la delantera, como un “escapado” que tira del pelotón. Pascual le sigue, a tranco resuelto; procuro mantener el ritmo en cada repecho, para no rezagarme... En lo alto de la colina, inmejorable otero entre carvallos, se nos regala el paisaje impresionante de Vigo, con su airoso puente sobre la Ría…
El antiguo albergue de Casa de la Torre, Redondela, ofrece excelentes dependencias, pero es temprano y decidimos hacer un alto, para continuar la marcha hasta Pontevedra. Tomamos una reconfortante merienda, con vino Ribeiro, en el café-bar de José, rúa Xoán Manuel Pereira. Un gallego cordial y afectuoso que nos atiende y agasaja como a distinguidos clientes, con el que sostengo un diálogo en “galego enxebre”.
Salimos hacia Pontevedra, para pernoctar en la villa de Arcade, a siete kilómetros de Redondela. Encontramos una frutería extraordinaria, y más lo era la bella moza que atendía y que no tuvo ojos sino para Gonzalo, quien llenaba bolsas con naranjas, ciruelas y duraznos como para un festejo glorioso.
A la vuelta del despacho frutícola nos esperaba Flora, gorda rubicunda, propietaria del bar del mismo nombre, donde bebimos unas cañas de cerveza, acompañadas de gigantescos bocadillos de jamón gallego y chorizo del país. Flora, coqueta y afable, nos invitó a una sardiñada, en celebración de la noche de San Juan, a lo que accedimos, gustosos y gentiles, como cabaleiros trovadores. Brindis, risas, anécdotas y poemas recitados al milagro de la vida… Aquella noche dormimos como príncipes.
Por la mañana del miércoles 24, día de San Juan, emprendimos la marcha hacia Pontevedra. Cruzamos el Pontesampaio, romano de prosapia y estructura. Sobre él se libró batalla decisiva en la guerra de independencia contra los franceses, en 1809. Recordé que en la vanguardia de las tropas españolas combatió nuestro prócer José Miguel Carrera, entonces Sargento Mayor de Húsares del Reino de Galicia, como se consigna en su Diario: “…Fui agregado, con el mismo grado de Teniente, que tenía en mi regimiento, al de Farnesio; de éste pasé al de Caballería de Madrid, del que siendo Capitán he sido ascendido a Sargento Mayor de Húsares de Galicia…”.
El esfuerzo empieza a notarse en músculos y huesos, sobre todo de las extremidades inferiores. Llueve de manera intermitente, así es que recurrimos a las ligeras capas de agua, que nos otorgan un aspecto fantasmal…
En Pontevedra se alza el mejor albergue de peregrinos de la ruta. Descansamos un par de horas. Gonzalo masajea, hábilmente, las piernas resentidas de Pascual. Compramos unas chapas y cruces de Santiago. (Recuerdo cuando Celso Currás me preguntó, hace diez años, por qué lucía yo la cruz del Apóstol en Compostela, cuando en Chile presumía de agnóstico… Le respondí que nadie en la ciudad apostólica puede dejar de creer, donde hasta las piedras parecen cantar la fe de los antiguos). Con ademán ecléctico, coloco la roja cruz en mi boina, junto a la bandera republicana.
Queremos seguir avanzando. Caminamos hacia Caldas de Reis, pero nos han advertido que allí no funciona el albergue, por lo que decidimos dormir en el villorrio de Briallos, acunados por el rumor persistente de una fina lluvia. No hace frío. Antes de las 9:00, día jueves 25, reemprendemos la marcha, rumbo a Caldas de Reis, otra hermosa villa de las innumerables que engalanan Galicia, nuestra pequeña patria al otro lado del mar.
A las dos de la tarde hacemos entrada, si no triunfal, a lo menos digna, en Padrón, la ciudad a donde desembarcaron los restos de Sant Iago, hace dos mil años. Pascual, repuesto, optimista y asertivo, nos invita a yantar en el exclusivo restaurante del Chef Rivera.
El escritor José Domingo Castaño ha llamado a este lugar “Un templo mágico”, describiéndolo con elocuentes palabras que transcribo entusiasmado, recordando a los grandes gourmets y larpeiros de Galicia, incluido el incomparable Álvaro Cunqueiro, autor de ‘A Cociña Galega’, recetario lírico que todos debieran leer, homenaje al sacramento jubiloso del condumio.
Por la tarde nos dirigimos a la iglesia de Padrón. Don Roberto, el párroco, nos muestra, diligente y sabio, la antigua piedra o “pedrón”, donde supuestamente fue amarrada la barca que trajo los restos del Apóstol, bloque que aún conserva inscripciones romanas… Dos viejas feligresas entablan conmigo una conversa en galego, exhibiendo ese curioso humor que llaman retranca, ironía sutil y pícara para animar cualquier diálogo, jugando con las contradicciones y los equívocos.
Poco antes de las diez, nos cobijamos en el albergue. Una lluvia menuda entrega sus trazos de plata oscura a las piedras de la ciudad. Aquí murió la inolvidable Rosalía, en julio de 1885; aquí escribió su último poemario, ‘En las orillas del Sar’. Tierra bendita por la historia y la lírica, por el vino y la fina comensalía.
A las ocho de la mañana del viernes 26 de junio iniciamos el último tramo de la ruta hacia Compostela. El trazado recorre bellos parajes, pasando por el Santuario Mariano de Escravitude, con sus dos torres de piedra. Más allá, el Camino pasa ante la iglesia de Santa María de Cruces, internándose entre tupidos bosques, cruzando la vía ferroviaria que nos conduce a la aldea de Angueiras de Suso. Continuamos hasta la Rúa de Francos, caminando por los restos de la calzada romana y un antiguo puente sobre el río Tinto.
Subimos una leve cuesta para llegar a Milladoiro. Desde un otero tratamos de distinguir las tres torres de la Catedral. Gonzalo extrae sus binoculares y descubre las agujas catedralicias por encima de los rojos tejados de Santiago. Unimos fraternalmente las manos y elevamos al cielo un Padrenuestro por el feliz término de la peregrinación, y por nuestros muertos amados, que sin duda caminaron junto a nosotros, como el anónimo peregrino de Emaús, que era Cristo resucitado entre los caminantes.
Las últimas corredoiras ya parecen anunciar las calles, al suroeste de Santiago, por donde ingresamos a la ciudad apostólica. Nos detenemos un instante, frente al Pórtico de la Gloria, en silencio, agradeciendo a nuestros dioses lares por el feliz suceso. Vendrá ahora el trámite de obtención de la Compostela, credencial santificada de haber cumplido el Camino. Una copa de frío ribeiro será el sello sacramental del logro.
El sábado 27 de junio, a las 12:00, asistimos a la Misa del Peregrino. La catedral estaba abarrotada de feligreses, y de muchos curiosos que asisten sólo por apreciar el espectáculo del botafumeiro, enorme incensario manipulado hábilmente por medio de cuerdas, que oscila sobre las cabezas, exhalando su hálito de purificación odorífera. El sacerdote pronunció un vibrante sermón, dirigiéndose a los peregrinos en varios idiomas: castellano, gallego, francés, italiano, alemán… Luego, un funcionario de la Asociación del Camino, leyó la lista de caminantes, agrupándolos según su origen, sin nombrarlos, sino refiriéndose a su cantidad por país. Al final, escuchamos, con emoción contenida: –“De Chile, tres peregrinos”.
Por la tarde, a eso de las 7:00, se desarrolló una vigilia especial, a la que concurrimos una treintena de peregrinos. Entramos a la Catedral, sentándonos en la sillería del coro, junto al altar mayor. El sacerdote pronunció breve homilía. Enseguida, nos sugirió orar por las diversas intenciones señaladas en la liturgia, llamando a los presentes a que leyeran cada uno de los ruegos. Pascual se levantó y procedió a leer una de las peticiones, a las que sumamos la intenciones individuales, en silencio de espíritu. Luego, el padre nos invitó para que entregásemos nuestro personal testimonio del peregrinaje.
Me ubiqué frente al cura, conmovido pero sereno, mientras una voz antigua hablaba por mi boca:
“Pascual, Gonzalo y yo hemos hecho el Camino Portugués, desde Valença do Minho, cumpliendo un viejo sueño de camaradería y de regreso a los orígenes… Somos hijos de emigrantes. Nuestros padres abandonaron esta tierra de Galicia, hace un siglo, para buscar en el sur de América un lugar que les ofreciera mejores expectativas, tras ese futuro promisorio que vuelve a los hombres perennes trashumantes. Ellos nos dejaron, como única e inmejorable herencia, el amor por la cultura gallega, por su historia y tradiciones, por esa lengua rumorosa que escuchábamos de niños, asociada al fuego y a las encantadas narraciones de las abuelas… Mientras caminábamos, sentíamos con nosotros la presencia de alguien que seguía nuestros pasos: era Cristo y en cada caminante pudimos ver su amado rostro… Quisiéramos que estas palabras se unieran a la voz sin tiempo de nuestros antepasados y se proyectaran, como las luces estelares del Apóstol, en el firmamento de esta patria bendita del Noroeste… Gracias, hermanos peregrinos, gracias Padre, que Dios os bendiga a todos”.
Por la noche disfrutamos de los ámbitos de Compostela, porque de plata y estrellas es la luz de Santiago, y de luna fría, si atraviesas de noche sus encantadas rúas. Bien lo cantó Federico: “…Chove en Santiago na noite escura/ herbas de prata e de sono/ cobren a valeira lúa…”.
Compostela bulle en la noche estival. Por el río lustroso de sus adoquines se deslizan gráciles mujeres, de largas piernas y sinuosa figura, de azules ojos de plenilunio…
A los tres nos fascina aquel pasmo, regalo de súbita sorpresa. –Parece un sueño increíble cómo surgen estas féminas, flores brotadas de las sombras… Uno de nosotros ha dejado caer las palabras, gotas de orballo leve sobre la húmeda piel de la noche.
Alguien nos cuenta que, después de la última campanada, encontraremos a la mismísima Berenguela, hermosa reina de Santiago, tendida sobre la Fuente del Peregrino.
Tras el último tañido, la calle enmudece y sólo vemos siluetas vagarosas bajo su luz argentina.
Callo. Sé que en el arca secreta del corazón palpita mi única Berenguela.