Benito Barcia Boente, una vida dedicada al negocio del caucho en Perú

Los hermanos Barcia, naturales de la Parroquia de Padróns (Ponteareas), donaron en 1916 a su pueblo natal una escuela gracias a la fortuna amasada en tierras de América entre los siglos XIX y XX
Benito Barcia Boente, una vida dedicada al negocio del caucho en Perú
Escuela construida por los hermanos Barcia, en Padróns (Ponteareas).

Benito Barcia Boente nació en la Parroquia de Padróns (Ponteareas) en 1866. Por esta zona, el río Tea baña las hermosas tierras del Condado en un paisaje que contiene todos los matices del verde hasta el marrón. A pesar de la belleza de la tierra, esta comarca fue castigada desde fines del siglo pasado por la ‘enfermedad’ de la emigración. Algunos marcharon para Portugal, que les quedaba bastante cerca, otros se orientaron para Brasil y la Argentina. Los hermanos José, Benito y Generoso Barcia Boente se encaminaron para Manaos, Brasil, la capital del caucho. Esta ciudad, la Meca de todos los aventureros del mundo, estaba ya saturada de miles de hombres y mujeres sedientas de ganar dinero fácil y rápido. Los Barcia prefieren la búsqueda de otro lugar más tranquilo y más inexplorado. Río arriba había una ciudad que, según los comentarios del momento, tenía las más importantes reservas de caucho, pero extraerlos de la selva era una verdadera locura. La selva era peligrosa por las enfermedades tropicales y por los indios que en aquellas tierras habitaban de formas salvajes. Benito Barcia, hombre valiente y audaz, decidió embarcarse junto a su familia rumbo al nacimiento del río Amazonas. Después de varios días de navegación por medio de la selva, en un barco que tenía una inmensa rueda en la popa, llega a la ciudad de Iquitos, Perú. Aquel lejano rincón de la selva casi despoblado y sin conexión con el resto del Perú estaba muy cerca de las fronteras de Brasil y Ecuador.
Los primeros en llegar a estas remotas tierras fueron los misioneros jesuitas y franciscanos, los más interesados en penetrar en la región con el fin de “evangelizar” a todas esas naciones “paganas”. Para tal propósito, los misioneros se dedicaron a concentrar a los indígenas en poblaciones que fueron llamadas “Reducciones”.
Entre las muchas etnias que poblaban la selva se encontraban los Iquito, con quienes se organizaron en la zona del alto y bajo río Nanay siete ‘Reducciones’ bajo diferentes advocaciones.
Fue a finales del siglo XIX cuando se produce la quimera del caucho, con la cual se realiza una de las más grandes migraciones a la Amazonia. El caucho provocó modificaciones en el mapa demográfico regional y atrajo y atrapó en su vorágine a cientos y miles de peruanos de otras regiones y extranjeros de distintos puntos del planeta. Gallegos, catalanes y portugueses serán algunos de los colectivos con cierta importancia en el poblamiento de esta vasta región.
Entre los gallegos que llegaron a fines del siglo pasado podemos nombrar a Cesáreo Mosquera, dueño de la librería ‘Los Amigos del País’, también estuvo en esta zona el famoso Alfonso Graña, quien  sería nombrado Alfonso I Rey del Amazona.
Los hermanos Barcia, al poco de llegar, penetran en la selva para ganarle palmo a palmo una batalla sin cuartel. La laboriosidad de estos ponteareanos los lleva a fundar la empresa Barcia Hermanos, siendo su gerente y principal impulsor José Barcia.
La fortuna de estos hermanos fue tan grande que en pocos años sus instalaciones fueron las más grandes de la zona, contando con barcazas propias para el traslado del caucho.
Cuando José y sus hermanos tuvieron una sólida fortuna comenzaron a visitar su aldea de forma regular. Ellos nunca se olvidaron de sus orígenes pobres ni de los padecimientos de sus vecinos. En su aldea se hicieron construir un inmenso chalet de piedra al mejor estilo indiano. Durante los veranos pasaban sus vacaciones con sus hijos lejos de los peligros de la selva. A pesar de que su formación era limitada, en Iquitos, un grupo de comerciantes gallegos se había acercado a las ideas del librepensamiento; incluso algunos eran activos miembros de la masonería local. José Barcia, como los liberales progresistas de fines de siglo, pensaba que la mejor manera de ayudar a su país para terminar con el atraso era a través de la educación. Y es así como los hermanos Barcia donan a su pueblo natal una hermosa y amplia escuela en 1916. Los filántropos dueños del caucho querían de esta forma pasar a la posteridad en una comarca donde las escuelas prácticamente eras inexistentes. Los emigrantes a través de campañas de recaudación de fondos lograron construir cerca de cuatrocientas escuelas en las primeras décadas de este siglo.
Con la construcción de una hermosa escuela en lo alto de una cuesta desde donde se divisa el hermoso valle y con dos hermosas palmeras que adornan la entrada, se inauguró esta importante obra benéfica. Ya para entonces los Barcia eran los hombres más respetados de toda la comarca, sus historias y aventuras en la selva eran comentadas en todos los rincones de la parroquia.
En los años veinte, cuando la crisis cauchera ya había arruinado a muchos y la miseria, el hambre y las enfermedades como la lepra cayeron sobre la Amazonia, muchos comerciantes y excaucheros pusieron los ojos en los batanales del Alto Marañón, especialmente en los del Morona. Ya se sabía que era factible trabajar en esa zona, siempre y cuando se le llevase a los nativos armas de fuego, hachas, machetes y cuchillos, evitando no entrometerse en sus asuntos y menos molestar a sus mujeres. Sin embargo, siempre había riesgos; los aguarunas podían hacer en cualquier momento una de sus trastadas: coleccionar varias cabezas. Por otro lado, no era la zona muy saludable para los novatos. Empero, los balatales tentaban al más cobarde de los caucheros. El gallego Graña, quien luego de victimar a otro patrón, dejó su fundo del Cajocunillo y se refugió entre los aguarunas siendo bien recibido, animó a su paisano Benito Barcia Boente a trabajar en los batales de Morona.
Gerente en varias ocasiones de la firma gomera ‘Barcia Hermanos e Iquitos’, don Benito Barcia era un gallego menudo, medio gringo y muy nervioso. Conocía el negocio y organizó muy pronto la explotación de los balatales. Desde Iquitos y hasta Morona, una mediana lancha a vapor con una chata a cada lado hacía el servicio llevando personal y vituallas, y trayendo carga. Los botiquines iban repletos de quinina y todos los balateros, empleados, motoristas y habilitados, debían tomar forzosamente su ración diaria de quinina, para contrarrestar la posibilidad de contraer el mal. Pero no sólo había paludismo sino hepatitis mortal y fiebre amarilla. Por último, nadie atinaba a saber de qué morían los trabajadores que ni siquiera daban tiempo para evacuarlos; pero los que caían eran sepultados bajo una rústica cruz de palo como señal de que allí, bajo tierra, descansaba el cuerpo de un trabajador cauchero.
Don Benito Barcia abandonó finalmente Morona, después de que más de un centenar de balateros pereció atacado de intensas fiebres, y algunos deshidratados por imparables diarreas. La quinina no hacía mayor efecto. La lancha y las chatas quedaron amarradas en la ribera del Amazonas, como muchas otras, mientras el gallego se mesaba los cabellos y trasnochaba en un club de la calle Pastaza, jugando rocambor y bebiendo cócteles.
Mientras fumaba cigarrillos tras cigarrillos, comentaba con algún tertuliano:
–Que barbaridad...es increíble; ni en los años del caucho ocurrió lo que me ha ocurrido en Morona...
Pero no faltaba alguien que le recordaba que igual o peor había ocurrido el Yavari, en el Caquetá y en tantos otros lugares. Sin embargo, y no muchos años depués, el Morona pasó a ser trabajable y los males epidémicos desaparecieron. Fueron muchos los que después se desenvolvieron con suerte en esta zona.
Benito Barcia, un tanto maltrecho por unas y otras, fue en busca de salud a San Martín, instalándose provisionalmente en Tarapoto. Allí falleció el 29 de octubre de 1924 a los pocos meses de llegar, de una manera repentina. Su amigo Sandoval le dio cristiana sepultura y avisó a la firma Barcia Hnos. Don Benito Barcia fue un soltero empedernido que se ganó el apelativo de ‘Cascarrabias’.
José Barcia Boente falleció en 1936. Sus vecinos de Padróns en homenaje a su obra filántropica le erigieron en el cementerio un monumento que recuerda el agradecimiento de sus convecinos.

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