La Asociación ‘Os Gromos’ rinde homenaje al maestro Avelino Vilas
La Asociación Cultural Gallega ‘Os Gromos’ agasajó al músico y compositor gallego Avelino Vilas Tarrío, en sus 90 años, en el marco de su ciclo ‘Os Guieiros’ destinado a rescatar “la memoria histórica y afectiva” de aquellas personas que con su trayectoria marcan el camino a las nuevas generaciones de gallegos en la emigración. El sábado día 17, el Café Montserrat, donde la asociación realiza sus reuniones cada mes, quedó chico.
Amigos y ex alumnos de varias generaciones se acercaron para rendirle un merecido y afectuoso reconocimiento.
Abriendo el acto, la presidenta de la asociación, Graciela Pereira, señaló que el homenaje pretendía ser una muestra de reconocimiento y agradecimiento a él “como gallego, como hombre, como artista sensible que desde la emigración supo mantener abiertos los caminos a Galicia y gracias a eso, nosotros los hijos de la diáspora estamos aquí”.
Graciela Pereira, que no ceja en su intento por dejar constancia de reconocimiento a los ‘guieiros’ cuando todavía están con nosotros, y no después de fallecidos, concluyó su intervención señalando: “Querido Don Avelino, querido Maestro, permítanos decirle que para nosotros usted es un verdadero ‘guieiro’. Gracias por cruzar el océano y vivir su vida de este lado del mar, en Buenos Aires, que fue y seguirá siendo la Galicia ideal”.
Varias sorpresas le habían preparado para agasajarle. En primer lugar, antiguos integrantes del coro ‘Os Enxebres’, que Avelino refundó en 1987, cantaron con él canciones tradicionales gallegas que él compuso. En relación con este tema, señaló Graciela Pereira que muchas de las canciones que hoy las corales gallegas entonan, sin saberlo, fueron compuestas o arregladas por él.
Otro de los momentos emotivos, fue el homenaje que le brindó el coro actual de la sociedad de Residentes de Vigo, que preparó un repertorio de canciones que interpretaron con sus trajes tradicionales.
Finalmente, la presidenta de la Asociación ‘Os Gromos’ entregó pequeños presentes a Avelino Vilas y su esposa, a los antiguos integrantes del coro ‘Os Enxebres’ y a la actual agrupación coral de la Sociedad viguesa en la Argentina.
Don Avelino Vilas Tarrío
Nació el 1 de febrero de 1919 en la pequeña aldea de Rois, a cuatro kilómetros de Padrón, provincia de A Coruña.
Hijo primogénito de Segunda Tarrio y Manuel Vilas, dos labradores que le dieron dos hermanos: José y Vicente. Eran épocas duras donde todo escaseaba y Manuel, su padre, por buscar un mejor porvenir para su familia emigra a Buenos Aires, donde trabaja honradamente en todo lo que le permitiera reunir algún dinero para regresar a la aldea a buscar a su familia.
Por fin logra embarcar, pero al llegar, sus tres hijos eran pequeños aún y estaban en la escuela. Previendo los problemas que les traería este desarraigo prefirió regresar a América sólo con su mujer y dejar a los tres niños al cuidado de sus abuelas y aún de una sabia bisabuela, según cuenta Graciela Pereira en esta biografía que presentó durante el homenaje que le rindió la asociación ‘Os Gromos’.
Avelino, con sólo 15 años, y su hermano José parten del puerto de Vigo en 1934 y al cabo de 23 días de navegación a bordo del ‘General Artigas’ desembarcan en el puerto de Buenos Aires para reunirse con sus padres en una tierra llena de promesas.
Como hermano mayor, comienza a trabajar al poco tiempo en un comercio de ultramarinos de Pedro Muñoz. Todo allí era importado de Francia: hilos de coser multicolores, telas suaves y coloridas, carteras de finísimo cuero y ropa elegante para la mujer porteña.
En la casa había un piano que atraía al joven Avelino y disfrutaba con su música a la hora del almuerzo. En una ciudad nutrida por una gran emigración europea, los gallegos se reunían para mitigar la nostalgia, fortalecer ideales, compartir alegrías y acompañarse en los sinsabores de la integración a una sociedad que no siempre los trataba bien. Y como para aliviar las penas no hay nada mejor que el canto, Avelino se inscribe en la Coral ‘Os Rumorosos’, del Centro Betanzos, que dirige el gran maestro Manuel Pietro Marcos. Allí conoce a otro gran hombre, “un guieiro” con el que se inició este ciclo de memoria histórica: Ricardo Flores, con quien mantiene una amistad durante toda la vida.
Manuel Prieto Marcos ve en Avelino dotes de músico y lo alienta en su estudio. Sus ideas republicanas encaminan sus pasos a la sede del partido socialista que funcionaba en la calle Venezuela al 1000, demolida luego por la construcción de la avenida 9 de julio. Concurre a charlas políticas y conoce allí a hombres y mujeres que hicieron historia: Alicia Moreau de Justo y Alfredo Palacios. También allí se hacía música y allí también está Avelino, aprendiendo con fervor patriótico, himnos y canciones de libertad.
Su trabajo, único medio de vida, no podía abandonarlo, pero quitándole horas al descanso perfecciona sus conocimientos musicales en el conservatorio ‘Albeniz’ donde el gran maestro italiano Victor de Ruperti daba clases de armonía, operas y técnicas de canto.
Con entusiasmo, integrado a la sociedad porteña, Avelino se asocia con un paisano e instala su propio comercio, pero en esos momentos la situación social del país era difícil y los reclamos de los trabajadores y las huelgas hacían muy difícil llevar adelante la empresa y debe cerrar el negocio. Sin desanimarse, en 1946, se emplea en una empresa textil de la floreciente industria nacional la famosa ‘Ventunidas’.
La música continúa siendo su refugio. Ese mismo año, una compañera de trabajo, violinista, le pide que la acompañe en el piano en uno de sus conciertos y allí conoce a su gran amigo Candido Freijo, con el que forma un dúo que actúa en numerosos lugares con gran éxito. Uno de esos lugares es la Federación de Sociedades Gallegas. El ambiente de la Federación atrapa a Avelino y, al cabo de un año, comienza como docente de música en la institución que, por sus conocimientos y experiencia coral, le nombra director del coro en reemplazo del prestigioso maestro Vilatobá, requerido por una cátedra en la Universidad de Cuyo. En la Federación conoce a la directora de teatro Pepita Gonzalez, quien le solicita la dirección del coro y la preparación de voces para la obra ‘Mariana Pineda’, de Federico García Lorca, que se estrena posteriormente en varios escenarios.
Corría el año 1948 y el Puerto de Buenos Aires desbordaba con la llegada de barcos con inmigrantes. Familiares, amigos y parientes, igual que sus antecesores, buscaban en América un futuro mejor. En uno de ellos llega Carmen Lorenzo, una adolescente de 14 años, llamada por su hermano mayor emigrado unos años antes, vecinos de la aldea de Rois y muy amigos de la familia de Avelino.
Carmen es una adolescente educada, amable, servicial y trabajadora que vive con sus tíos, haciendo las labores de la casa y aprendiendo a coser (actividad común y casi obligatoria de las mujeres de la época). Siendo de la misma aldea, su familia y los Vilas Tarrio se conocen y se relacionan con frecuencia. Pasan los años y la amistad de Carmen con Avelino se acentúa y se transforma en algo más, congenian, se enamoran y después de un corto noviazgo, se casan en 1957. Ya con más responsabilidades familiares, Avelino cambia por un trabajo mejor y es encargado de una fábrica de plásticos y vendedor de un comercio de música y fabricación de instrumentos. Más adelante trabaja en conocidos restaurantes de entonces: ‘Tren Mixto’, ‘La Cabaña del Tío Tom’ y en la famosa ‘Pizzería Banchero’.
En 1963, la familia se agranda con la llegada de Alejandro, su único hijo, actualmente radicado en Inglaterra. Avelino se jubila a edad canónica mientras trabaja en el restaurante ‘Martín Fierro’ de la localidad de Núñez, donde supo ganarse el cariño y el respeto de sus compañeros. A partir de ese momento se dedica con más intensidad a la música, la composición de temas y las armonizaciones para voces corales ocupan su tiempo.
Pasaron 50 años desde que Avelino llegaba con su hermano al puerto de Buenos Aires y entonces puede regresar a su pequeña aldea, aquella que lo vio marchar cuando era casi un niño.
El reencuentro con la familia, el contacto con la tierra y con su gente, lo hizo renacer. Participa en las celebraciones de la aldea, hace música en la iglesia del lugar, les hablaba a sus amigos de la emigración, de Buenos Aires, de la gran aventura de los que marcharon, palpita la música, recoge sus voces, sus acentos y regresa.
En 1987 funda la agrupación coral ‘Os Enxebres’ y se hace cargo de la dirección del coro de la Asociación Residentes de Vigo. Con pasión y entusiasmo se dedica por entero a la música y compone, recopila y armoniza muchas canciones que hoy cantan los coros gallegos.
Avelino Vilas Tarrío es un emigrante gallego que, como tantos, abrazó este país y ayudó con su trabajo honesto a engrandecerlo. Pero Avelino, no es un hombre común. Su excesiva modestia, su humildad y su afán perfeccionista, no siempre le permitieron mostrar todo su potencial de músico y compositor.
Fue y es –concluye Graciela Pereira– un hombre noble, solidario, que desde su llegada, afrontó los oficios más humildes sin dobleces, formó una familia y supo hacer amistades grandes y verdaderas.