Opinión

Barrio de color y luz

Rafael del Naranco | 22 de julio de 2013

El caminante ha dejado a sus espaldas Tánger y hacia el sur, entre campos de chumberas, roquedales y estrujados palmerales, ha llegado a Fez, la más imperial de todas las metrópolis de Marruecos.
Nos hospedamos en el ‘Jnan Palace’, una atalaya cercana a la sorprendente Medina guardando en sus apretadas callejas a silenciosos habitantes anclados en la Edad Media, al continuar laborando a mano la añeja artesanía y tiñendo el cuero en el barrio de los tintoreros, como se hacía en tiempos de Muley Edris II, constructor de la ciudad e hijo del primer soberano del trono a los alauitas.
Es de noche y el aire esparce un fuerte olor a especies.
En esta ocasión solamente dos pequeños libros nos acompañan: una guía de Berlitz sobre el reino de Muley Ismael, y las memorias de una niña en un harén en Fez, escritas por Fatema Mernissi, a la que conocimos en Oviedo al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Por Fatema y sus sueños en el umbral, acudí a la ciudad fundada en el siglo IX. Solamente caminé, lo hacía mañana y tarde. En la noche acudía al barrio de los tintoreros a tomar té verde y cenar pichones tiernos sobre una capa de hojaldre, mientras un solitario músico tocaba una especie de guitarra ovalada, instrumento medieval llamado ‘el-oud’. Poseía un sonido monótono de cuerda igual al gemido de una plañidera.
Fueron los árabes musulmanes andaluces los que dieron gloria y esplendor a Fez. Es prodigioso. Como si los palacios fueran a compartir unos con otros, éste ofrece grabados en bronces sobre madera de cedro; aquél, arabescos, columnas y ventanales ensortijados. Otros tienen patios enlosados de mármol con hermosísimas piedras de ónix; y fuentes, mucha agua, cuyos chorros al caer de una altura predestinada, parecen canto de pájaros, sonidos de campanas o repiquetear de cantos conventuales en escuelas coránicas.
Desde los profundos pueblos del Atlas llegan a este reino jerifiano los campesinos beréberes con sus hechizos a la Medina, mundo bullicioso del arte de comprar y vender.
El zoco es una colmena zumbadora en que los alfareros, carboneros, carpinteros, herreros, tenderos, carniceros, sastres, guarnicioneros y aguadores, esparcen sus mercancías en una permanente irisación de luz y griterío en medio de un enredado arabesco de callejones.
Dice Ibn Arabi de Murcia: “El Amor es mi credo; dondequiera que vayan sus caravanas, Él sigue siendo mi religión y mi fe”.

Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca