Opinión

‘El Camino de Santiago’, obra ilustrativa de 1992

Isaac Otero | 06 de diciembre de 2021

“Aymeri Picaud, un monje de Poitou. Hizo el viaje en el primer tercio del siglo XII. Se le atribuye al ‘Guía del Camino de Santiago de Compostela’, incluida en el ‘Codex Calixtinus’, escrita hacia el 1130. Jean de Tournai, comerciante de Flandes. Tranquilo y amigo de la buena mesa. Sale de Valenciennes el 25 de febrero de 1488. Domenico Laffi, sacerdote italiano. Sale de Bolonia el 16 de abril de 1670. Va por segunda vez a Santiago. Es ferviente y prudente. Guillaume de Manier, un sastre de Carlepont de 22 años. Finalmente, el infeliz Bonnecaze, de Pardies-en-Bearn. Es de salud frágil, carece de dinero y ni siquiera cuenta con un buen calzado. Los textos de diarios de estos cinco comentarán, en algunas ocasiones, nuestras fotografías”, leemos en la presentación del hermoso libro El Camino de Santiago, firmado por Francisco Fernández del Riego, José María Díaz Fernández y Manuel González Vicente, cuya edición corrió a cargo de la Empresa gallega ‘Enor’, Vigo, 1992.

“Camiño de Santiago onde o recordo florece en esperanza”, titula en su primer capítulo José María Díaz Fernández. Porque, en efecto, es un camino... ¡para “peregrinar”! Rememoremos aquellos versos de Beato de Liébana, la súplica dirigida a Santiago: Caput refulgens Hispaniae,/ tutorque nobis et patronus vemulus, es decir, “Cabeza refulgente de España,/ nuestro defensor y patrón”. Continuamos con el “Sendeiro de estrelas” y el rey Afonso II el Casto, además del obispo Teodomiro. Luego, “Milagro y purificación”, evocando los “lirios de ufanía” del poeta Gerardo Diego.

Henos ante “La puerta de la esperanza”, la poesía de Dante Alighieri en la Divina Commedia y la “puerta de Aquilón” según Beato de Liébana. A través de la “experiencia medieval”, amanecen los nombres de San Pedro de Mezonzo, San Rosendo de Mondoñedo, San Genadio de Astorga, San Froilán de León o San Atilano de Zamora y la donación del rey Afonso III el Magno. He ahí las “piedras y paisaje”: los “dulces y modulados” cantos de las aves que escuchó Gonzalo de Berceo en San Millán de la Cogolla. El primer peregrino que, según la tradición, se lleva la palma: San Francisco de Asís.

“¿Los mejores peregrinos?” ¿Quién podría olvidarse de Simeón de Armenia, Domingo de Guzmán, Bona de Pisa, Brígida de Suecia, además de Bernardino de Siena, Isabel de Portugal o Raimundo Lulio, autor del Libro del Amigo y el Amado, en el que vibra el milagro que Santa María “fez en Rocamador”, quien hizo “decender hüa candea na viola do joglar que cantava ant’ela”? Recordemos a Alberto de Viladogna, quien llegó en el siglo XIII desde tierras de Bérgamo. Alberto de Loriga, cuyo cuerpo reposa en Subiaco, cuna de la familia benedictina. También San Benito de Labre, en pleno siglo XVIII, que tiene glorioso sepulcro en Roma.

Digámoslo pronto. ¿Compostela, una “segunda Roma”? La institución de “Año Santo Compostelano” data del siglo XII. Testigo de excepción fue un musulmán, embajador del Emir Alí Ben Yusuf, quien se expresa así: “Es tan grande la multitud de peregrinos cristianos que van a Compostela y de los que vuelven, que apenas deja libre la calzada hacia Occidente”. La “Crónica” de Afonso VII el Emperador –primer año de reinado en 1116– señala un dato de máximo interés: era “Año de Jubileo”.

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