Opinión

Pancho Lomuto, compositor del tango ‘Muñequita’

Isaac Otero | 23 de noviembre de 2015

“Francisco J. Lomuto, nacido en 1893 y fallecido en 1950, hizo su primer trato con la música acariciándola, mimándola, destacando sus encantos y viéndola irse en otras manos desde las suyas, para hacer felices a otros oídos”, asevera el inolvidable poeta Francisco García Jiménez en su admirable estudio Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. “Porque Pancho Lomuto –agrega– estrenó los pantalones largos y fumó su primer cigarrillo dedicado a vender felicidad. Desde los quince años hasta doblar esa edad, desempeñó empleos de vendedor en las casas de música del centro de Buenos Aires. Un empleo que no era para el automatismo de los horteras, sino para los encarcelados por una vocación”.

¿Pancho Lomuto habrá sido un ‘best-seller’ de entonces? ¡Ah, aquellos comercios musicales de la calle Florida y después de los de la Avenida de Mayo! Eran aquellas resonancias de melodías que marcaron épocas: rótulos de Romero y Fernández, Tagini, Breyer, Celestino Fernández, Castiglione, entre otros. Sentados en los pianos del salón de ventas se encontraban Pérez Freire, Alberto López Buchardo, Villoldo, Bulterini, Peacan del Sar, Miguelito Tornquist… Además, los propios vendedores de esas casas, entre los cuales predominaban pianistas intuitivos de cuidadísimo gusto para la ejecución de los tangos y valses de moda. Francisco Lomuto fue un paradigma de esa función. El “mejor vendedor” de la obra de sus colegas, cristalizada en piezas impresas, rollos de pianola y discos fonográficos.

Pianista y compositor, Pancho Lomuto, reclamado por sus fervorosas amistades, propagó su vocación a no pocas fiestas familiares y reuniones sociales, aparte de centros privados de festiva muchachada “nochera”, sin que tampoco faltase algún que otro patio suburbano de descoloridas baldosas, paredes enladrilladas y longeva higuera como fondo. Durante esa época –allá por el año 1918– compone su tango Muñequita, que le otorgaría amplios vuelos a su nombre de compositor. Él se lo dedica a quien lo estrenó: María Luisa Notar. Una bella dama joven del sainete y “afinada cantora”. La letra fue escrita por Adolfo Herschel –¡el autor de aquel gracioso “estilo” Pobre gallo bataraz!– que reflejaba en sus versos el “documental porteño” que, al compás de la seductora melodía de Lomuto, se metamorfoseó en “estribillo de todos en el vivir cotidiano”: “¿Dónde estará/ mi amor, que no puedo hallarlo?/ yo no hago más que buscarlo/ porque sin él ya no es vida…” Y en seguida: “Me tenía muy mimada/ por lo elegante y bonita;/ por eso la muchachada/ me llamaba ‘Muñequita’…”.

Si continuamos con los versos de Muñequita, pronto desfilan los detalles de la vida galante y fácil para los “suertudos” que habían llegado a “forrarse con mil rosados billetes de mil”, a los cuales se les denominaba “millonarios”. Ya llegaría otra época “premesiánica del cambalache”. Un atraco, un cheque sin fondos o un contrabando por un solo millón. Un “robito” de nada, una módica “estafita”, una parodia de “mejicaneada”. El inefable Pancho Lomuto actuaba también en los salones del lujoso trasatlántico ‘Cap Polonio’ en su crucero por las costas del sur de la Argentina. Durante casi treinta años colaboró con el tango y la fonografía en placas de los sellos ‘Odeón’ y ‘Víctor’. “Al lindo tango Muñequita habría que rescatarlo”, comenta Francisco García Jiménez.  

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