Opinión

La fundación de las ciudades en la Argentina (siglo XVI)

“En 1582 fue fundada la ciudad de San Felipe de Lerma, que recibió del valle en que estaba situado el nombre de Salta. Las riquezas minerales de la sierra de Famatina atrajeron a los conquistadores hacia otros valles, y en 1591 se fundó La Rioja; y para vigilar la boca de la quebrada de Humahuaca se fundó en 1593 San salvador de Jujuy. No mucho antes, el cuarto ‘Adelantado’ Juan Torres de Vera y Aragón había fundado en el alto Paraná la ciudad de Corrientes en 1588”, escribe el renombrado historiador argentino José Luis Romero en su señera obra Breve historia de la Argentina, Fondo de Cultura Económica, colección ‘Tierra Firme’, edición actualizada, Buenos Aires, 2004.

La fundación de las ciudades en la Argentina (siglo XVI)

De esta manera surgieron en escaso tiempo los principales centros urbanos de la Argentina, donde se enraizaron algunos pobladores: españoles de la Península, además de los criollos nacidos ya en estas tierras. En su entorno se diversificaban los grupos indígenas de la comarca conquistada. Se hallaban sometidos al bronco régimen de la “encomienda” o de la “mita”, con el cual obtenía pingües beneficios de su trabajo el español, que era su “señor”. En tanto que castigaban sus cuerpos en la labranza de las tierras o en la explotación de las minas, sufrían el peso intelectual de los misioneros, quienes intentaban inducirlos a que arrumbasen sus ancestrales cultos y adoptaran así las creencias cristianas.

Como es natural, un enorme resentimiento los embargó desde el comienzo, de tal modo que lo cristalizaron en pereza o rebeldía. No olvidemos que las mujeres indias se convirtieron en botín de la conquista, teniendo de ellas los conquistadores hijos mestizos que, al cabo de poco tiempo, significaron una clase social nueva. De tanto en tanto a las ciudades llegaban nuevos pobladores españoles, quienes se consideraban más “amos” de la ciudad que esta heteróclita población criolla, mestiza e india, agrupada alrededor de los viejos vecinos. En los “cabildos” aquellos que poseían propiedades asentaban su autoridad bajo la distante vigilancia de gobernadores y virreyes.

No sería fútil recordar que –en el ámbito de la enconada faena de la conquista y la colonización– los misioneros acostumbraban a aconsejar una cierta moderación en cuanto a las costumbres, así como algunas inquietudes espirituales. Ahora bien, su encomiable esfuerzo chocó casi siempre contra la aspereza del régimen de la “encomienda” y de la “mita”. He ahí –en los templos que se alzaban– esas bellísimas imágenes talladas por artesanos indígenas que transmitieron al santo cristiano los esenciales rasgos de su raza o bien aquel inconfundible aroma de sus propias creencias. El obispado de Tucumán fue creado en 1570 para cuidar la obra de sacerdotes y misioneros. Después de la llegada de los dominicos y franciscanos, no olvidemos a los jesuitas: activísimos tanto como disciplinados, organizaron las célebres “reducciones” de indios, aplicándose a la misión educativa.

No es de extrañar, pues, que en seguida hubiera frailes criollos y mestizos. ¿Criollos? Hernando Arias de Saavedra, el gobernador de Asunción. También, el obispo del Tucumán, fray Hernando de Trejo y Sanabria. ¿Mestizo? Ruy Díaz de Guzmán; el autor, en Asunción, de la primera historia argentina.

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