Opinión

Edgardo Donato, Carlos César Lenzi y el tango ‘A media luz’

Isaac Otero | 10 de mayo de 2016

“Durante mucho tiempo, en el ambiente de la música popular rioplatense, tuvieron por uruguayo al violinista y compositor Edgardo Donato (1897-1963). Las gentes de Montevideo habían asistido allí a su consagración. Y para las de Buenos Aires, que en el final de la década de 1920 seguían con entusiasmo el auge de las orquestas típicas de los cines mudos, Edgardo era uno de los dos titulares del conjunto Donato-Zerrillo, llegado de la Banda Oriental a poner su cartel al tope del ‘Select Lavalle’. (Casi nada… En el cine de Lavalle y Suipacha, donde acababa de dejar su marca triunfal Julio de Caro)”, escribe el gran poeta tanguero Francisco García Jiménez en su obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Por esa razón, el error estaba ya servido. Donato, en efecto, venía del otro lado del Río de la Plata –con muchachos uruguayos e igual que un uruguayo más–, porque allí residía desde chico, si bien había nacido en Buenos Aires, en la mismísima calle Belgrano. Como a su padre no le anduvo bien el “laburo”, persiguió mejores derroteros en Montevideo. Así que con su esposa y tres hijos –entre ellos, Edgardo– partió para la capital uruguaya, donde después nacerían seis vástagos más. Edgardo, siguiendo el sendero de su vocación, abandonó el taller de modelados y esculturas, para reanudar sus estudios de violín. Al poco tiempo, ingresó en el primer conjunto de ‘jazz’ que se conformó en Montevideo, dirigido por Carlitos Warren. El tango, no obstante, hormigueaba en su sangre, de modo que pronto reunió un ajustado ‘cuarteto’, que era requerido para amenizar a un público selecto dentro de sus casas. He aquí que en la mansión montevideana de los Wilson se organizó una fiesta íntima nocturna. El ‘cuarteto’ de Donato no pudo actuar por ausencia de los músicos, pero él acudió con su violín, acompañado de ‘Bachicha’, el bandoneonista porteño Juan Deambroggio, que falleció en París en diciembre de 1963, después de haber sido en la capital francesa, durante algunos lustros, toda una “institución” del universo tanguero.

¡Violín y bandoneón! En ‘canto’ y ‘contracanto’, los espectadores del palacio Wilson quedaron estupefactos con semejante maravilla. Bien secundado por ‘Bachicha’, Edgardo Donato le “sacaba chispas” al compás “picado”, que merced a su malabarismo de arco, constituía la energía de su ejecución. De improviso, en uno de esos ‘esguinces’ filarmónicos, vio junto a su mano una llave de luz y la hizo girar, a lo que saliera. “¡Ahora… a media luz!” Entonces Donato, tras su exclamación, comprobó que esa llave correspondía a la refulgente “araña” del salón en el cual se bailaba. Sobrevino el apagón. Todo el ambiente quedó envuelto en el débil resplandor del alumbrado público que penetraba a través de los ventanales. Entre los invitados estaba presente Carlos César Lenzi (1895-1963), el culto y mundano autor teatral uruguayo. Aquella frase de Edgardo Donato sirvió –entre el marcado ritmo de los tangos– de un “buen bautismo” para uno de ellos. Era A media luz: “Corrientes, tres, cuatro, ocho…/ segundo piso, ascensor”. Lenzi completó la letra en el hotel ‘Alhambra’: “…a media luz los besos,/ a media luz dos dos…”. El músico se entusiasmó con el ‘repentismo’ del letrista, mientras regresaba a su domicilio de Pocitos. Y pensó en el remate: “Y todo a media luz/, crepúsculo interior,/ ¡qué suave terciopelo/ la media luz de amor!”. Aquel ‘garçonier’ galante de Buenos Aires –el nostálgico ensueño– no era sino un salón “lustra calzado” de frente descascarado…

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