El collar de islas de Chiloé
Como lo realizó don Alonso de Ercilla –el épico autor de La Araucana–, dejamos la tierra firma a través del canal de Chacao, si bien hubiéramos podido elegir la partida desde Puerto Montt, por mar. De improviso, nos topamos con una alargada costa sembrada de islas; tan extensa que podríamos creer que forman parte de un continente. Henos ante el prodigioso collar de islas de Chiloé. Chacao fue el “desaguadero” de un viejo lago que ocupaba completamente el golfo de Reloncaví. Cuando se hundió la región, Chiloé quedó metamorfoseada en isla: la “Isla Grande”, que llaman los “chilotes”. Pues, en verdad, 8.394 quilómetros cuadrados es, por ejemplo, una extensión suficiente para dar cabida a tres Ducados de Luxemburgo. Es, empero, la región chilena con menor densidad de población.
“Se diría que los chilenos, al avanzar hacia el sur y colonizar tan apartadas regiones como Aysén y Chile Chico, Última Esperanza y hasta la misma isla de Navarino –en el ‘Beagle’–, olvidaron que, a un paso de Puerto Montt, se extendía una isla inmensa y casi virgen”, describe el ínclito geógrafo e historiador chileno Benjamín Subercaseaux en su ineludible obra Chile o una loca geografía, Editorial Universitaria, 6ª edición, Santiago de Chile, abril de 1988. Chiloé, entonces, se nos presenta en una situación ambigua, provisoria, de tierra, digamos, conquistada a medias. Esta “Isla Grande” –a semejanza de esa otra gigantesca isla de Wellington– asimismo se extiende en la dirección de los meridianos, pero a la inversa de esta última, ya que es su parte oriental la que se quiebra y desmenuza en islas y golfos que permite su colonización. En cuanto a la parte occidental, ésta corre pareja y alta, colmada de cordones de montañas surcadas por valles transversales, boscosos, nada hospitalarios. Tales montes no son sino la prolongación de la antigua cordillera de la costa, que prosigue saltando por el océano hasta las islas de Huafo y Guamblin. ¿La cordillera de los Andes? Acá está ausente, se va por otro lado –en la costa del continente– y manda a su embajador: la rocosa isla de San Pedro, al sur de Chiloé, cuya altitud y estructura evocan la grandiosidad y belleza de la Gran Cordillera.
Si contemplamos el mapa y las condiciones geográficas de Chiloé, causa la impresión de estar dividida en dos partes, a semejanza de la isla Hispaniola, en Haití. El norte y la costa oriental está ocupada por chilenos y nativos. He aquí donde están las dos únicas ciudades: Ancud y Castro, con sus campos de cultivo, las aldeas, las caletas. La otra costa –aquella que mira al océano–, la ocupa el Reino de la Selva, que pareciera una isla, por así decirlo, “salvaje”, perteneciente a una novela, donde los indígenas habían construido un muro de lado a lado para aislar a un formidable simio que los amenazaba. Y en efecto, acá los “chilotes” viven mirando el muro de sus bosques en los que se ocultan el misterio y la leyenda, “la otra costa”: esos peñones silentes y solitarios sobre los que arriba para estrellarse furiosamente el oleaje del sur.
Además de los españoles, antaño se instalaron los holandeses durante bastante tiempo en algunas partes de la isla. ¿El legado? Algunas cabelleras rubias y la célebre leyenda del “Barco Fantasma”, que aquí se denominó el “Caleuche”. Espectral y fosforescente, cruza, en las tempestuosas noches, frente a los barcos en peligro.