Opinión

Celedonio Esteban Flores, ‘Margot’ y ‘Mano a Mano’

Isaac Otero | 21 de diciembre de 2015

“En esta baza de la historia de los tangos que hoy va a jugar aquí un punto alto: Celedonio Esteban Flores (1896-1947), el hombre tiene una carta brava que es Mano a Mano, y un comodín que es Margot. Debo empezar hablando de este tango, para ir a parar al nacimiento de aquél”, nos indica Francisco García Jiménez, el gran poeta y compositor bonaerense, en su fundamental obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Conviene recordar que durante la segunda década del siglo XX la página de noticias policiales del diario nochero Última Hora, que era rico en pintoresquismo porteño, desplegaba las velas de sus columnas con espontáneas colaboraciones en versos lunfardos, premiando así a las publicadas con un billete de cinco pesos, no pequeña cosa por aquel entonces. Y hete aquí que una noche vieron la luz unos versos alejandrinos cuyo título era: “Por la pinta”. Y firmados por un escueto seudónimo: “Cele”. Bien rimados y a flor de piel: “Desde lejos se te manya, pelandruna abacanada,/ que has nacido entre la mugre de un convento de arrabal…”. A ‘Carlitos’ Gardel y a José Razzano les encantaron. José Ricardo, el guitarrista del famoso “dúo”, en seguida se largó a ponerles música de tango. ¿Quién sería, no obstante, aquel lacónico “Cele”? Gardel lo cantó en público. Cuando se dispuso a grabarlo en disco, la empresa fonográfica individualizó al autor, que se desveló como Celedonio Esteban Flores. Y lo citaron en el estudio de grabación, allí, en los altos del cine ‘Grand Splendid’.

Gardel y Razzano lo habían titulado Margot. Semejante a un adolescente, “Cele” era tímido, bajo y regordete, con un peinado aplastado y pegado con gomina. Eran versos “rantes” los de Margot. El muchachito le tendió a Gardel un “block”: en una hoja, escritos a máquina, estaban los versos de otro tango: era la letra de Mano a Mano. Y comenzó a leerla en voz alta: “Rechiflao en mi tristeza, te evoco y veo que has sido/ en mi pobre vida paria sólo una buena mujer;/ tu presencia de bacana puso calor en mi nido,/ fuiste buena, consecuente, y yo sé que me has querido/ como no quisiste a nadie, como no podrás querer…”. Andando el tiempo, Celedonio Esteban Flores reunió muchos de aquellos poemas en un libro que tituló Chapaleando barro. “Cele” conocía a la perfección la parda jerga, de tal manera que hizo resurgir al dorado porteño “compadrito” del año 1920. “Gambeteando el barro”, iba bien calzado hacia aquel “mosaico parejo” de la calle Corrientes y la calle Esmeralda, romántico cruce de arraigo sentimental: “Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado;/ no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás;/ los favores recibidos creo habértelos pagado/ y si alguna deuda chica, sin querer se me ha olvidado,/ a la cuenta del otario que tenés se la cargás”.

“Cele”, merced al cálido apoyo de Carlos Gardel con su indeclinable interpretación ante el público y en directo, obtuvo grandes derechos de autor. Generoso siempre, gastó mucho en la amistad de las noches de fiesta y timba. A los 50 años falleció, un 28 de julio de 1947. Y como suele decirse, “con los bolsillos magros, ni siquiera “al día”. Su viuda –con la fortuna de montones de plata venidos como del cielo– le hizo construir un mausoleo en el cementerio de La Chacarita. Una merecidísima “honra póstuma”.

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