Opinión

Cátulo Castillo y el tango ‘Organito de la tarde’

Isaac Otero | 11 de abril de 2016

 

El Ombú

Isaac Otero

Haciendo memoria, evocaremos cómo en el año 1924 se hallaba en su instante álgido el disco ‘Nacional’ –perteneciente a la ya desaparecida compañía fonográfica ‘Max Glücksmann’–, empresa que determinó convocar concursos de tangos entre autores y compositores. El primero de ellos tuvo lugar en aquel mismo año en el cine-teatro ‘Grand Splendid’, de la calle Santa Fe, y que era una de las muchas salas que por entonces detentaba el ‘circuito’ de los ‘Glücksmann’. Durante toda esta década prosiguieron convocándose estos ‘concursos’, de suerte que es justo reconocer cuánto aporte de éxitos sembraron en el ‘nomenclator’ de la bien designada “melodía porteña”.

“Ese enriquecimiento creador no estuvo en relación directa con la más alta recompensa que se otorgó en cada caso, como parecería ser lo natural”, señala el enorme poeta e ilustre ensayista tanguero Francisco García Jiménez en las páginas de su libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. “Por rara coincidencia –o mejor dicho, por la sinrazón del mecanismo con que se desarrollaban las ruedas previas y los veredictos finales– los mayores éxitos posteriores, con perdurable trascendencia en el favor público, les correspondieron a tangos que no estuvieron en los dos puestos privilegiados de la meta”, agrega muy atinadamente el inolvidable García Jiménez.

Y para muestra, he aquí un hermoso botón musical. El tercer premio del concurso inicial: el tango Organito de la tarde. Una obra siempre viva de grandes “cultores de talento”: el dramaturgo José González Castillo así como su hijo Cátulo. La orquesta fue la de Roberto Firpo; los tangos sólo competían en su carácter musical y sin ingerencia de la letra, por más que la tuviesen. Por aquella época no existía “el cantor de la orquesta”. Es preciso rememorar que las obras, si bien inéditas, eran presentadas a la empresa ‘Glücksmann’ firmadas por sus propios autores, siendo seleccionadas por su dirección artística. “El voto que por mayoría les permitía pasar airosas de una rueda a otra, lo depositaba el público en una urna a la salida de la sala donde el concurso constituía el ‘fin de fiesta’ del común programa cinematográfico. Para hacerlo, inscribía el nombre del tango elegido en un talón que llevaba adherido a la entrada”, nos refresca la memoria el gran poeta tanguero García Jiménez.

Volviendo a aquel “primer concurso” de 1924, presentó su Organito de la tarde el ‘pibe’ Cátulo Castillo, nacido en 1906 y fallecido en 1975, cuando contaba dieciocho años, quien más títulos que de músico los ostentaba de boxeador como campeón ‘amateur’ de la categoría ‘peso pluma’. Aquel púgil de la calle Boedo asimismo exhibía unos prometedores dedos de violinista y pianista, agraciados por una “dúctil concepción artística” de magnífica herencia. Su padre José González Castillo contó a García Jiménez que los máximos rivales de Cátulo eran, en esa final, Canaro, con Sentimiento gaucho, y Lomuto, con Pa’ que te acordés… El padre hizo lo indecible para que su hijo ganara. Las dos figuras cotizadas del elenco, no obstante, eran los dos primeros premiados. “Y detrás, el chiquilín novato, pagando el derecho de piso”, confesaba José González Castillo (1885-1937). He ahí la letra: “Al paso tardo de un pobre viejo,/ puebla de notas el arrabal/ con un concierto de vidrios rotos/ el organito crepuscular…”.

 

 

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