Opinión

El bosque de Sobroso, el castillo y el arte rupestre

Isaac Otero | 14 de diciembre de 2015

Treinta hectáreas son las que ocupa el bosque de Sobroso. El castillo de Sobroso, igual que el bosque, debe su nombre a un árbol que crece en este lugar: el alcornoque, “sobreira”, llamado en lengua gallega. ¿Hasta cuándo se remonta esta hermosa fortaleza? Data del siglo IX, época en que se refugió Bermudo II allí mismo durante la batalla de Portela Anerania –hoy “Vilasobroso”–, la villa que se ve de frente. Sus muros fueron testigos de las denominadas ‘Revueltas Irmandiñas’. Allí, sobre sus piedras, anduvieron los Condes de Galicia en 1095, esto es, doña Urraca y don Raimundo de Borgoña. Los ‘irmandiños’ alcanzaron a destruir el castillo en la segunda mitad del siglo XV. Don Pedro Álvarez de Soutomayor –conocido por el sobrenombre de ‘Pedro Madruga’,– lo reconstruyó posteriormente. Este baluarte defensivo, próximo a la villa de Mondariz y a la villa de Ponteareas, es sede del ‘Museo do Traxe Galego’, a la vez que museo etnográfico. Caminamos por salas y pasillos. Ahí, la cocina con sus utensilios y la inmortal ‘lareira’. Más allá, las estancias nobles, los dormitorios con sus colchas de lino, ese antiguo trabajo artesanal al cual se le dedica parte de la exposición e, igualmente, al de los cesteros, los ‘zoqueiros’ que fabricaban zuecas, los ‘telleiros’ que hacían tejas, los carpinteros…
La fortaleza de Sobroso está conformada por tres estructuras de diferentes alturas, sobrepuestas las unas a las otras, que le otorgan un imponente aspecto. Cerca de cuarenta especies distintas nos agasajan en este arbolado del bosque: robles, sobre todo, además de otras asociadas a climas mediterráneas, tal como el alcornoque, el madroño y las lauráceas. Nos dirigimos luego al tesoro del ‘concello’ de Ponte Caldelas, a fin de irnos algo más atrás, de un olímpico ‘salto’, en la línea de la Historia. Estamos en el ‘Área Arqueolóxica’ de Tourón. ¡Henos ante uno de los complejos de arte rupestre, al aire libre, más singulares de Galicia! Cinco son las “estaciones” donde visitar y contemplar los “petroglifos” así como los grabados sobre la roca, que datan del Neolítico final-Edad de Bronce. Y en el ‘Centro Arqueológico’ podemos comprender e interpretar el paisaje de aquella época.
Desde este arte ‘castreño’ nos vamos a las construcciones tradicionales de nuestra tierra gallega, representadas por los molinos de agua. En el ‘Rego do Portiño’ –afluente del río Maior a su paso por el municipio de Vilaboa– encontramos los ‘molinos de Río Maior’. Un breve y no muy largo sendero nos conducirá de uno a otro. Son treinta y cuatro, casi todos rehabilitados y en compañía de la paradisíaca corriente de agua y de pequeñas cascadas, hasta alcanzar el último: el molino de ‘Miguel Lois’. Al regresar, ascendemos por las mismas pasarelas, puentes y escaleras de madera. Entre tanto, la sombra y la brisa de la vegetación nos reconforta los pasos.
Tras dejar Vilaboa y su puerto con vistas panorámicas a la inefable Ría de Vigo, nos adentramos en la península de O Morrazo, donde sentiremos la gloria de visitar el inmarcesible ‘cruceiro’ de Hío, en el municipio de Cangas. Antes subimos al monte ‘Facho’, en el que de nuevo nos encontraremos con el arte rupestre: un antiguo ‘castro’ galaico, con restos del siglo X antes de Cristo. Hacia el horizonte, las Islas Cíes, protegiendo la Ría de Vigo, y el cabo ‘Home’, la punta del continente de la cual están más cerca. ¡’Danza de San Roque’ ante el ‘cruceiro’ de Hío, que data del siglo XIV!
 

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