Opinión

209 grabados de motivos pictóricos de la vieja Europa

Isaac Otero | 12 de agosto de 2013

Nuestros ojos ahora se asoman a Bruselas y su espléndida Casa Consistorial, una de las más hermosas que Europa puede mostrar. A la antigua Copenhague, con la filigrana de su ‘Bolsa’ en estilo renacentista holandés, coronada por una insólita torre bajo forma de cuatro retorcidas colas de dragón. Amsterdam nos entrega su río Amstel y la iglesia de Zuider, el bucólico rincón de sus canales. Ya en Italia, Génova, ese puerto ceñido alrededor de la bahía: el seductor instinto pictórico en que podemos ver en primera planos unos pintores digamos ‘en acción’. Y Florencia, el donaire metamorfoseado en piedra en el ‘Ponte della Santa Trinitá’ sobre el remansado río Arno. Y el ‘romanticismo de las góndolas’, la eterna Venecia, con la que asimismo mediante litografías y grabados cerramos otro círculo de ciudades y paisajes.

“Hemos mencionado diecisiete motivos pictóricos, tomados a bulto del acervo litográfico del libro. Podríamos tomar otros diecisiete motivos diferentes y repetir esto tres, cuatro, cinco veces, pues lo pictórico, el tema de ‘lo bello’, en una u otra forma –panorama o motivo individual- predomina en el arte topográfico del siglo pasado y, por lo mismo, en nuestro libro”, nos recuerda Egon Schramm en la introducción escrita para el voluminoso libro ‘Pintoresca vieja Europa’, recopilación de imágenes llevada a término por Rolf Müller y publicado en ‘Das Topographikon’, Hamburgo, 1970, habiendo sido traducido al castellano por Luis Romero Haces para ‘Círculo de Lectores’, Barcelona, 1976.

Ahora bien, estos grabados que examinamos no sólo se limitan a ofrecer el aspecto que exhibían hace más de cien años aquellas ciudades y tierras de Europa, ni tampoco a proporcionar únicamente digamos ‘tomas decorativas de un momento’ –captadas en papel-; sino que también nos dan la posibilidad de reconocer, aunque sólo sea de paso y sin pedantería alguna, el indeleble sello de toda una época pretérita. Trenes y barcos de vapor: dos motivos que se reiteran con frecuencia a través de los 209 grabados, los cuales testimonian esa ‘técnica’ que progresivamente va adentrándose en la vida de las gentes del pasado siglo XIX.

Observamos, ‘verbigratia’, la estación de Trieste, la cual ya ciertamente constituye una, digámoslo pronto, “precursora de esas construcciones ornamentales de carácter útil de piedra y acero con que el siglo XIX –entusiasmado en sus postreros años por el hechizo de la técnica- erigía verdaderos ‘templos’ dedicados a esa misma ‘técnica’. Se multiplicaba la vida por entonces en tanto iba hinchándose la ‘curva demográfica’ conformándose ciudades cada vez mayores y, en consecuencia, aquellas gigantescas urbes con sus diferentes leyes y dinamismo propio. Recordemos la actividad de una urbe ‘de vanguardia’ de este perfil: lo que con reiteración se ha denominado su ‘vida palpitante’. He ahí el grabado de París del ‘Petit Pont y Nôtre-Dame hacia 1865’, al igual que los dos grabados de Londres.

“¿Cómo era la gente en aquellos decenios, qué aspectos presentaba y cómo se la representaba? Busquemos también en estos grabados la respuesta a estas preguntas”, se interroga el ensayista alemán Egon Schramm, al tiempo que nos convida a este inédito viaje europeo.

 

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