Opinión

‘Corrientes y Esmeralda’, tango de ‘Cele’ Flores y Pracánico

Isaac Otero | 23 de junio de 2017

 

¿Nostalgia de la vieja calle Corrientes de Buenos Aires? Aquella que tuvo de la propia Corrientes “angosta” el célebre poeta Celedonio Flores, el “morocho” autor de los tangos Mano a mano y Margot. ¡Áureos tiempos de la esquina de Esmeralda! Por entonces ya se hablaba seriamente del “ensanche” hasta el bajo. El viejo ‘Cele’ tomó el vocablo de algún que otro “compadrito” –romántico y de cariz burlón–, a fin de mirar la vereda norte, desde la del sur, con ojos de “saudade” y adiós. En aquel ángulo donde él se encontraba, había endulzado las bocas de los “porteños” la Confitería del “Buen Gusto” y su reconocido chocolate de “La Perfección”, haciéndonos evocar aquella misma marca de mi infancia en Vigo –imagen de un cura contento con su pancita–, cuando repetíamos: “Chocolates La Perfección, la perfección del chocolate”.

“En el ángulo en cruz, hacia donde iban los ojos querendones, la joyería ‘La Esmeralda’ todavía engalanaba mórbidos escotes, rosadas orejitas, delicadas manos y níveos brazos”, escribe melancólicamente el inabarcable poeta, compositor y tangófilo Francisco García Jiménez en su inefable estudio Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. Y el gran Celedonio Esteban Flores nos susurró el recuerdo: “Amainaron guapos junto a tus ochavas/ cuando un elegante los calzó de ‘cross’,/ y te dieron lustre las patotas bravas/ allá por el año novecientos dos…” ¿Una esquina para “niños bien”? El tango y las “polleras” buscadoras, sin embargo, hicieron que se enfrentaran allí las “barras”, dilatando el pleito de las glorietas nocturnas del bosque de Palermo. “Y se vino pa’ Corrientes el hombre del tango”, “semimúsico”, “semibailarín”, “roncador sin semi”, que se crio entre el zanjón y la pared de adobe, bajo el cielo de todos… o un techo de latas. “Una voz misteriosa –agrega García Jiménez– le dijo que un trecho de la ciudad grande –el de la noche iluminada y en vigilia– habría de ser su trecho para aquerenciarse. Dibujó la gambeta del corte, y arrancó del arrabal al centro. Desde el último patio de una moza de percal, que, a fin de cuentas, también arrancó… De la tierra al empedrado. Del empedrado al asfalto”.

¿Quién podría dudarlo? Corrientes y Esmeralda fue “esquina” de felices encuentros y amargos desencuentros. Los “cajetillas” se imaginaron “malevos”. Y los “malevos”… “empilcharon”. Y con el “empilche” aprendieron las malévolas costumbres que arrastró consigo el andar del siglo, harto peores que aquella “mala vida” que servía de argumento para los novelones y folletines del siglo XIX. Y el viejo ‘Cele’ miraba con lupa, insobornablemente, el cotidiano vivir de los habitantes de Buenos Aires: “Esquina porteña, vos hiciste escuela/ en una ‘melange’ de caña, ‘ginfizz’,/ pase inglés y monte, ‘bacará’ y quiniela,/ curdelas de cañas y locas de ‘pris”. Volcando Esmeralda, hacia Sarmiento, junto al hotel “Roi”, las carteleras anunciando En Flandes se ha puesto el sol, con doña María Guerrero y don Fernando Díaz de Mendoza. Más allá, por Corrientes hacia Suipacha, en los altos del “foyer” de un teatro alegre, el violín de Francisco Canaro, ‘Pirincho’, el “fuelle” de Oswaldo Fresedo y el piano de Martínez. Y el tranvía, “Bondi” de la línea nº 11, que realizaba el viaje al barrio de La Boca, esperaba de madrugada el retorno de los postergados noctámbulos y noctívagos. El año 1933 los versos de ‘Cele’ hallaron su músico fiel: Francisco Pracánico (1898-1971). “Y en tu esquina criolla cualquier cacatúa/ sueña con la pinta de Carlos Gardel”. ¡Oh Carlos de la Púa, oh gran Contursi!

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