Opinión

Visiones de Cataluña

Edmundo Moure | 27 de septiembre de 2021

I.- Preámbulo aéreo

El piloto de la conexión Madrid-Barcelona no sabe que me está ofreciendo un preámbulo histórico y cultural, cuando, en la maniobra que prevé el aterrizaje, se dirige hacia el este, sobrevolando unos minutos el viejo Mediterráneo, para girar en ciento ochenta grados y descender sobre el aeropuerto, en dirección este-oeste.

El piloto me advierte, en la síntesis gráfica del vuelo, que la ciudad y su hospitalario espacio mayor, Catalunya, son obra del espíritu mediterráneo que sopla desde el oriente, como bien señala Joan Manuel Serrat, para unir, en la conjunción secular de caminos históricos, de Algeciras a Estambul, las rutas aventureras y fundacionales de Europa, Asia y África, el interminable trasvasije de genes, lenguas, hábitos, usos y culturas; también los móviles e impulsos atávicos de expansión y dominio propios de la condición humana.

Barcelona es un enclave peninsular y también una frontera, ambas definidas en su recia y acendrada personalidad, fruto de una forja sacrificada y pertinaz, a lo largo de los siglos, para mantener y acrecentar la riqueza diferenciada de su carácter. Para ello, sus habitantes han debido arrostrar y vencer, uno a uno, los peligros que toda sociedad humana padece ante el asedio de vecinos más poderosos y de culturas hegemónicas. Y, sobre todo, de ese prurito de uniformidad que persiguen todos los grandes poderes, sean religiosos, económicos, políticos o militares. La Historia, esa vieja ramera cargada de condecoraciones inútiles y de fetiches con distintas máscaras, nos lo viene enseñando, desde las guerras púnicas (quizá antes) hasta la reciente debacle estadounidense en Afganistán.

Los catalanes, en su hermosa y armónica ciudad capital, la más europea de todas las urbes de la Península Ibérica, según expertos en europeísmo, nos abre el apetito para conocer sus rincones, no como visitantes de postal turística, sino como ávidos enamorados de sus voces más profundas, conjugadas en esa lengua de prosodia melódica que es la catalana, con resabios de hablas provenzales y vocablos de la Lutecia, defendida ante imposiciones imperiales y ultramarinas (cultura de la globalización).

Es el primer día de rumbear sus amables calles. Marisol destaca la semejanza urbanística de Barcelona con los barrios residenciales de París. No hay señales de la pandemia, salvo la ‘mascareta’ obligatoria en recintos cerrados. El clima es grato, en un otoño primaveral para nosotros. Los catalanes parecen disfrutar la vida con rasgos de serena sobriedad y sin la arrogancia parisina.

Nos detenemos para almorzar en un restaurante tradicional, el Glop, nombre curioso –para nós– que significa “trago” o “sorbo”; debe ser una vieja palabra onomatopéyica que alude al sonido de la glotis al filtrar el líquido, sea o no con final propiciatorio.

José María y Francisca planifican un viaje interior por la costa, hacia el noreste. Marisol quiere visitar Sitges, por Dalí... -Y por Federico -le digo. Yo quiero allegarme a Palafrugell, al Mas de Josep Pla, mi admirado escritor catalán, cuya lectura me recomendara, hace medio siglo, el inolvidable Filebo, timonel excelso de la Casa del Escritor de Chile.

Josep Pla, notable prosista, conservador de derechas, colaborador del franquismo y sospechoso –o reo, según se entienda–, de sediciones anti republicanas. Catalán hasta la médula, escribió toda su obra en lengua vernácula, sin complejo alguno, haciendo suya la sentencia de Goethe: “La Patria es la Lengua”... Mi deuda literaria con él es la servidumbre de tener que leerlo en la lengua de Cervantes.

Quizá estemos comenzando a entender –Marisol y yo– a los hijos de Cataluña. En todo caso, el ancho mundo de la literatura no puede abarcarse con el limitado prisma de lo “políticamente correcto”, a despecho de tirios o troyanos.

 

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