Opinión

Testimonio de luces y sombras (I)

Para Olga Uliánova y Evguenia Fediakova, historiadoras y académicas rusas, chilenas de afectos, amigas de ultramar, que nos han traído luces y revelaciones desde el otro extremo del mundo.En el verano de 1929, dos hombres y dos mujeres, emprenden un viaje al corazón de la Unión Soviética.
Testimonio de luces y sombras (I)
Para Olga Uliánova y Evguenia Fediakova, historiadoras y académicas rusas, chilenas de afectos, amigas de ultramar, que nos han traído luces y revelaciones desde el otro extremo del mundo.

En el verano de 1929, dos hombres y dos mujeres, emprenden un viaje al corazón de la Unión Soviética. Ellos son: Panait Istrati, notable escritor rumano, autor de ‘Los Cardos de Baragán’ (novela editada en Chile en 1938, por Editorial ‘Ercilla’, y en 1971, incluida en la serie Autores Universales Contemporáneos de Editorial Quimantú); Niko Kazantzakis, destacado escritor griego, nacido en Creta, autor de ‘Toda Raba’, novela autobiográfica donde relata su experiencia personal e inmediata con la Revolución Bolchevique y la ‘Gran Madre Rusia’; Elena Samios, afamada narradora griega, compañera de Kazantzakis; y Bilibili, enigmático personaje, de curioso nombre para identificar a una mujer que acompaña a Panait Istrati, ocultando su identidad; probablemente se trataría de una periodista francesa enamorada del excéntrico creador rumano…
Elena Samios describe este periplo vital de cuatro inquietos intelectuales que buscan conocer, en las entrañas inconmensurables del país más vasto del planeta, la realidad de esas nuevas repúblicas soviéticas nacidas a partir de 1917, al amparo de la Revolución de Octubre. Viaje y peregrinación, búsqueda íntima y social que tendrá distintos resultados para cada uno de aquellos ávidos viajeros, sobresaliendo la turbulenta y contradictoria personalidad del rumano Istrati, enfrentado a una dura e implacable circunstancia que parece abatir sus sueños de igualdad, libertad y fraternidad, crisis que sin duda agravaría la tuberculosis que le devoraba y que iba a llevarle a la muerte a finales de 1935… Con su compañero cretense, el fogoso autor de ‘Zorba el griego’, Panait sostiene encendidos diálogos, discusiones y disputas acaloradas en torno a los ideales que les movían y potenciaban, mientras el mundo entero parecía desmoronarse bajo terribles convulsiones de un nuevo “parto de la Historia”.
Por entonces, Niko Kazantzakis trabajaba febrilmente en sus cuartillas de ‘Toda Raba’; entre aquellas apasionadas páginas, de clara connotación autobiográfica, Elena recoge para su libro ‘La verdadera tragedia de Panait Istrati’ –suerte de diario novelado– parte del texto que absorbía al coloso cretense, fervorosas palabras testimoniales que reproducimos aquí:
“Dos hombres de corazón curtido por el sufrimiento se aprestan a recorrer la Unión Soviética. Una profunda angustia se apodera de sus almas. El mundo en que vivimos les parece vacío, sin fe, entregado a las fuerzas ciegas y embrutecedoras de la materia. Un día, esos dos compañeros de ruta se sintieron al borde de un abismo, estremecidos de angustia, creyeron ver al orbe precipitándose en esa sima. Su desconsolado corazón aprehendió, de súbito, el sentido fatal y doloroso de nuestra época: atravesamos los últimos días de una civilización y vivimos los síntomas de toda decadencia. El materialismo compacto y limitado es visto ahora como explicación y panacea de todas las cosas. Codicia temeraria e impúdica de oro y de voluptuosidad, injusticia y violencia organizadas, individualismo, egoísmo y mentira, exaltación extremada de mezquinas verdades prácticas, sumisión del alma a la máquina, he aquí nuestra vida… No existe un orden superior que pueda poner freno a los brutales instintos del individuo y de la sociedad. Es la descomposición. La guerra innoble aporta un gran beneficio: acentúa el proceso de deterioro. Vivimos en un año lo que otrora habría sido vivido por generaciones enteras. Nos precipitamos como un torrente hacia el abismo.
“Súbitamente, en ese negro horizonte, los dos hombres ven levantarse, en el Norte, una nueva estrella: la estrella roja. Gota de sangre, lucha y atraviesa las nubes, proyectando un haz de pálida luz sobre la faz de la tierra. Ella señala un camino. Nos ceñimos nuestros cinturones y nos ponemos en marcha, siguiendo el astro bermejo. Moscú lanza su grito: todos, amigos y enemigos, con amor y odio, escuchan ese grito y vuelven su corazón hacia Moscú. Nuestros dos corazones, imantados, se dirigen hacia el Norte, con inquietud y esperanza. En esa cuna inmensa, bloqueada y ensangrentada de la Unión Soviética, ¿cuál es el movimiento que pretende salvar al mundo? Simeón, el viejo, que no quería morir antes de haber estrechado entre sus brazos al Mesías, recibe un día en sus manos sabias y temblorosas a un niño recién nacido. Lo examina; él es implacable y jadea; su corazón palpita intensamente, lleno de esperanza, pero sus ojos permanecen pensativos tratando de horadar el misterio. ¿Quién es ese niño de cuarenta días, bañado ya por la matanza de inocentes? Ese pequeño grito estridente, ¿será la voz del Mesías? Atravesamos ese momento terrible de las preguntas, de las respuestas balbucientes y de las esperanzas remotas. Nuestros corazones están llenos de fe, pero nuestros ojos siguen estando lúcidos. Nuestro viaje a través de la Unión Soviética será una larga y penosa peregrinación. Vivimos entre la inquietud, la injusticia, la crisis y la esperanza ferviente de los desesperados. En esta época peligrosa en que el azar nos ha hecho nacer, amar y sufrir, ¿cuál es el camino que conduce a un mundo menos abominable, menos feo, un poco más justo y más humano?
“Nosotros no somos ni comunistas afiliados al partido, cegados por su fe fanática, ni burgueses ciegos por la incredulidad de los corazones corrompidos. Por encima de nuestro amor a la patria carnal, amamos a Rusia; ella es hoy día la patria de todos los que luchan por la luz. Por encima de Rusia, amamos a la humanidad que sufre; y, por encima de la humanidad, servimos a una fuerza misteriosa que es ora llama, ora luz, a la que el espíritu denomina verdad y el corazón, amor.

Testimonio de luces y sombras (I)