Opinión

Sombras sobre la integración

| 18 de noviembre de 2010

“–¿Cómo te llamás?
“–Finetti.
“–¿Pero eso qué es? –terció de nuevo el Goyo– ¿Un apellido o...?”.
El diálogo fue insertado por el novelista argentino David Viñas, y claro que no inocentemente, al correr de su novela ‘En la Semana Trágica’ (1966). Quien habla es uno de los voluntarios represores de los obreros de la fábrica porteña Vasena (uno de los momentos más dolorosos de las luchas sociales argentinas), y el aludido un simpatizante muy joven de los huelguistas. No es en absoluto casual que el autor haya elegido esos dolorosos, dramáticos momentos para introducir tan clara señal de discriminación. Ni que algunas páginas después, parodiando acaso una urticante metáfora ya empleada por Roberto Arlt, Viñas acentúe todavía más el rigor de sus alusiones: “–Che, moishe –hizo resonar los dedos–, cerrale la bragueta al señor”.
Porque desde aquel 1853 en que, a través del mismísimo Preámbulo de la flamante Constitución Nacional, que iniciaba así su azarosa vida entre nosotros, se invita explícitamente “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, mucha agua había de correr hasta que, en 1902, durante la presidencia del general Roca y siendo ministro alguien con la talla de Joaquín V. González, se instituyera aquella ominosa Ley de Residencia, inspirada seis años antes por otro escritor, Miguel Cané, y que permitía devolver a sus países de origen –aunque estuvieran gobernados por dictaduras incluso asesinas– a los extranjeros “indeseables” (léase, sobre todo, agitadores sociales).
¿Qué había sucedido desde que el gran pensador argentino Juan Bautista Alberdi dijera, casi en forma visionaria: “¿Qué nombre daréis, qué nombre merece un país compuesto de doscientas mil leguas de territorio y una población de ochocientos mil habitantes? Un desierto. ¿Qué nombre daréis a la Constitución de ese país? La Constitución de un desierto... El fin capital de la Constitución es poblar. La población es el fin y el medio al mismo tiempo”. ¿Qué había ocurrido para que nada menos que Domingo Faustino Sarmiento, criticando a la vez al gobierno de Roca y a la sociedad argentina de su tiempo, exclamara visiblemente enfurruñado: “¡Qué chasco nos hemos dado con la inmigración extranjera!”.
O bien nuestra sociedad no digería del todo a esos mismos inmigrantes que había convocado, o bien había sectores –en muchos casos de poder– que, más allá de las imaginables resistencias que todo cambio irremediablemente provoca, sobre todo si está constituido por la irrupción masiva de extraños, se sentían rozados por todos o algunos aspectos de aquellas nuevas presencias. O quizás, también, esta precisa sociedad tenía tal vez algunas características, que se reproducían incesantemente a pesar de los cambios, por encima (o por debajo) de los cambios.

Como siempre, al menos en estas lides, la verdad no será nunca totalmente absoluta, maniquea, en blanco o negro. Y hay matices. Pero también hay síntomas, evidencias más que significativas. Se sabe que el mismísmo ‘Martín Fierro’, aparecido por primera vez en 1872, llegó a convertirse legítimamente en el poema nacional argentino merced a la increíble repercusión que supo alcanzar, precisamente entre los humildes destinatarios que se había imaginado. Y también fue entronizado después como “biblia gaucha” muchas veces por aquellos mismos que habían contribuido o estaban contribuyendo no sólo a la definitiva liquidación del gaucho, sino también a fomentar las circunstancias que iban permitiendo al mismo tiempo convertirlo en mito. Pues bien, cual si tuviera conciencia culpable de esta victoria a lo Pirro, José Hernández incluye también en su texto momentos de innegable discriminación, cuando no de clara xenofobia o de casi abierto racismo.
Las opiniones categóricamente negativas contra el indio, y sin duda peyorativas sobre el negro, no sólo se enhebran en nuestro ‘Martín Fierro’ con las legítimas reivindicaciones del gaucho desvalido y saqueado, sino que también se potencian, por su propia antinomia. Así, el idealizado protagonista puede robar abiertamente a “Un nápoles mercachifle” –confesando que “Ma gañao con picardía, / decía el gringo y lagrimiaba, / mientras yo en un poncho alzaba / todita su merchería”, para concluir refirmando esa supuesta bajeza de linaje más que nítidamente: “Y esa calidá de gringo / no tiene Santo en el cielo”. Pero tampoco esto es casual, me temo. Ya en páginas anteriores, José Hernández dedica muchas sextinas devaluatorias a otro meridional italiano: “Era un gringo tan bozal / que nada se le entendía / ¡quién sabe de ande sería! / tal vez no juera cristiano; / pues lo único que decía / es que era pa po-litano”.
En esa “gringada que ni siquiera / se sabe atracar a un pingo” están sin duda ya los rudimentos del futuro sainete conventillero –nuestra pobre picaresca– que, en un nuevo ajuste de tuerca, conduciría luego a los logros originales del “grotesco”, uno de los momentos clave de la dramaturgia argentina. Pero en el mismo poema épico de Hernández, por supuesto, hay más. Y no sólo porque, como todo gran texto logrado, permita muchas, fecundísimas lecturas. Sino porque esos gringos, le “parecen hijos de rico” y, además, “nunca se andan con chicas / para alzar ponchos agenos”. Del comprensible asombro ante la diferencia a la recelosa desconfianza y, luego, a la decidida agresividad frente a los peligros implícitos en el extraño, esa deriva no resulta demasiado original. Deben ser muchos los pueblos que han vivido, con sus más y sus menos, situaciones desgraciadamente semejantes. Pero también hay ejemplo de ocasiones en que se supo comprender que era más importante, incluso para todos ellos, lo que unía a los desheredados que aquello que los diferenciaba. Y en esta tierra, ¿cómo se llega más tarde, desde allí, a aquella primera generación argentina de los propios hijos de inmigrantes que, se dice, dio lugar entre nosotros también a la primera oleada de compadritos y de nacionalistas?

Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca