Opinión

¡Salvemos a los ricos!

“Donde está tu interés,ahí está tu corazón”El Capitalismo lleva trescientos años en el poder… Es un gobierno larguísimo, con la salvedad del intento desastroso del socialismo soviético, que duró menos de siete décadas; quizá el riguroso apronte del chino, que después de medio siglo vuelve con bríos a las viejas enseñanzas del liberalismo, que sobre la
¡Salvemos a los ricos!
“Donde está tu interés,
ahí está tu corazón”


El Capitalismo lleva trescientos años en el poder… Es un gobierno larguísimo, con la salvedad del intento desastroso del socialismo soviético, que duró menos de siete décadas; quizá el riguroso apronte del chino, que después de medio siglo vuelve con bríos a las viejas enseñanzas del liberalismo, que sobre la milenaria China impusieran los ingleses –ciento treinta años ha– a punta de cañonazos y bloqueos de su ex gloriosa Armada contra la más antigua civilización conocida.
Después de tres siglos, las cifras estadísticas –que tanto gustan a sus acérrimos defensores– no resultan halagüeñas: mil quinientos millones de pobres; treinta por ciento de la población mundial que carece de luz eléctrica; veinte por ciento que no cuenta con agua potable; la mitad de todas las mujeres del orbe que deben caminar grandes distancias, día a día, para obtener agua con que asistir a su prole; cuarenta por ciento de los habitantes del planeta que no reciben atención médica adecuada ni tienen acceso a educación regular.
Si tuviésemos que ponderar resultados, diríamos que su mandato (casi sin mandantes en pleno ejercicio de la libertad de escoger) es un completo y rotundo fracaso, más aún a la luz del enorme progreso tecnológico y científico, orientado sobre todo a producir armas letales y no a mejorar la desmedrada condición de tantos millones de desheredados. Fracaso que, no obstante, ha impuesto sus reglas y presupuestos como única alternativa posible de desarrollo social y económico, produciendo, además, un deterioro ecológico que pone en riesgo la existencia misma del planeta.
La crisis financiera mundial, que está comenzando –según estudiosos y exegetas cargados de diplomas obtenidos en universidades del Tío Sam– pone en el tapete las atroces contradicciones del sistema y su naturaleza esencialmente perversa, puesto que se nutre de la miseria de la mayoría para levantar castillos de ilusión que favorecen a grupos de poder económico y político cada vez más reducidos, envueltos ahora en el impersonal anonimato de las corporaciones transnacionales.
Estrechando filas por la ‘causa’ de los poderosos de la tierra, los Estados Unidos de Norteamérica, Alemania, Francia, España, Bélgica y Holanda (por ahora) destinarán ingentes recursos financieros de sus arcas públicas para salvar la Banca y la Bolsa, estas dos B emblemáticas del Becerro, cuna de especuladores, agiotistas y ladrones de cuello y corbata. Los mismos que nos vienen predicando, hace más de un siglo, en distintos tonos y con argumentos de renovado eufemismo, que el Mercado debe regularlo todo, porque su acción es “natural” y eficiente; en cambio, el Estado debe constreñirse a funciones acotadas y específicas, sin interferir en el flujo normal de la libre competencia, que señorea –por supuesto– las otras libertades que el sistema pregona, como valores incuestionables de la condición humana.
Pues bien, ese Estado, que representa y contiene a todos los ciudadanos: trabajadores y ‘contribuyentes’, abre su tesoro público para acudir en ayuda de los amos que han hecho ‘malos negocios’ y especulado más allá de esas reglas de inciertos límites que ellos mismos establecieron para normar su propia codicia. Esto equivale a que todos los asalariados acudiéramos a depositar parte considerable de nuestros menguados salarios, como un óbolo para salvar a los opulentos de la Tierra.
Ni más ni menos que repetir lo que hiciera en Chile, en este modestísimo reino del fin del mundo, hace veinticinco años, el zafio tiranuelo llamado Augusto Pinochet Ugarte, para ‘salvar’ la banca privada, en desmedro de las arcas fiscales y de la masa trabajadora del país. El milico de marras no trepidó en declarar, públicamente: “Hay que cuidar a los ricos; ellos dan trabajo y permiten el progreso”. Elocuente y lúcido aserto que habría hecho ruborizar a Adam Smith. El ‘regalo’ del dictador a la banca ascendió a sesenta mil millones de dólares, el treinta y cinco por ciento del PIB chileno... Todo un récord de exacción pública... Ahora, economistas y políticos de la derecha chilena afirman, sin escrúpulos ni vergüenza, que “dimos la pauta al mundo y ahora nos copian”… Es una lástima no haber patentado la brillante iniciativa, porque hoy seríamos un país del “primer mundo”.
Los medios informativos de todo el orbe –salvo excepciones cuya pequeña cuota de influencia cuenta poco– han respaldado el proceder de las grandes potencias económicas de Occidente, mostrando sus procedimientos financieros como acciones benéficas para la humanidad, una especie de cruzada filantrópica bajo el símbolo del ‘In God we trust’, lema e ícono del Capitalismo Salvaje que hoy nos gobierna, en todos los continentes, sin contrapeso.
El Santo Padre o Papa de Roma, nada ha dicho. Estará pensando quizá que las finanzas del Vaticano también corren riesgos de liquidez, y hay que acogerse a estos necesarios resguardos… Total, al César lo que es del César… No sea cosa que los enemigos de la Fe se apoderen de nuevo de las iglesias y de la mismísima catedral de Wall Street.

¡Salvemos a los ricos!