Opinión

Sainete, bombo y corrupción

En una carta a Roland Barthes el célebre novelista Albert Camus le dice que “lejos de sentirme atado a un destino de soledad, tengo la sensación de vivir para y por una comunidad”. Y más adelante, refiriéndose a su obra La Peste, expresa de los amantes: “hay una virtud común entre ambos: la fraternidad activa, que a fin de cuentas ninguna historia puede olvidar”.
Sainete, bombo y corrupción
En una carta a Roland Barthes el célebre novelista Albert Camus le dice que “lejos de sentirme atado a un destino de soledad, tengo la sensación de vivir para y por una comunidad”. Y más adelante, refiriéndose a su obra La Peste, expresa de los amantes: “hay una virtud común entre ambos: la fraternidad activa, que a fin de cuentas ninguna historia puede olvidar”.
Hace pocos años se dio a conocer una encuesta sobre el perfil del argentino y la argentina promedio, de Capital y el Gran Buenos Aires. Se trata de una pareja con dos hijos, el hombre gana alrededor de 820 pesos al mes, la mujer un poco menos, alrededor de 540 pesos. Se sabe que los jefes de hogar y las víctimas de homicidios o accidentes son, en su mayoría, hombres. El argentino medio sabe de deportes y del control remoto que tonifica su pulgar, pues el hombre promedio dedica su tiempo libre en un ochenta por ciento a ver televisión. La televisión por cable hizo estragos a muchos videoclubes. Dada la crisis social, económica (desempleo, corrupción, sindicalistas con veinte años en el poder, derrotas de la selección argentina en fútbol, desaparición repentina de Maradona, insultos y mistificaciones, etc.) el sexo, para el argentino promedio, dejó de ser una pasión de multitudes. Este hombre trabaja más de 45 horas semanales, la mujer lo mismo. En la familia tipo el 90% de los jefes de tribu tienen enfermedades del corazón. En este panorama alentador ha crecido el índice de prostitución. En nuestro Buenos Aires casi toda variante de sexo está al alcance de la mano. Con sólo discar un número telefónico y pagar tenemos compañía.
El rubro 59 de un diario cuestionado (ahora, no antes) dice: “Estoy solita, haceme lo que quieras”. También podemos leer eufemismos: “Servicios para el hombre y la mujer”. Sabemos que la prostitución, junto con las armas y las drogas, es el negocio más importante del mundo. Pero hoy, en Buenos Aires, tenemos una frondosa lista de clasificados que aparecen en casi todos los diarios. Algunos datos, amigo lector: más de 400 por día. A seis pesos la línea común y veinte los fines de semana, si no nos equivocamos son dos millones de dólares de inversión al año en publicidad. Hay para todos los gustos y todos los bolsillos. Un diario popular ofrece 100 avisos en una sección. Parten de diez pesos y tienen el tope en treinta con servicio completo. Otro diario, un poco más importante, atiende a todos los sectores sociales. Las tarifas oscilan entre cincuenta y trescientos. Un periódico financiero, que compran los gerentes, financistas, hombres de negocios, no baja de 150 dólares. Si es modelo de televisión, 300 la hora. O mil pesos la noche. Si se trata de una fiesta, mil.
Amigo lector, los avisos dicen: “Ex modelo”, “ex porno”, “ex famosísima modelo de la T.V.”, etc. Todas las fantasías están cumplidas. Otros avisos dicen: “mucamita” o “mulata completa sus fantasías” o “dulce y monísima” o “te atiendo con delantalcito” o “se ofrece colegiala”, “indiecita tucumana” o “menage á trois” sin explicar si las amigas son lesbianas.
En los últimos dos años las prostitutas porteñas se duplicaron. De 4.000 pasaron a 10.000. Según datos de ‘Gays por los Derechos Civiles’ las travestis que venden su cuerpo están alrededor de 2.000. Los códigos que podemos comentar son: disciplina (se trata de una sesión de sadismo), abadesa (prostituta que trabaja a domicilio), madura (siempre mayor de 45 años), por supuesto existen los disfraces y todas las películas que usted pueda imaginarse.
Alberto Vacarezza se dedicó a recrear máscaras prototípicas de compadres, compadritos, gabiones, paicas y grelas. Compone un arrabal muy particular. El malo es vencido y el bueno se juega para salvar a la muchachita. ¿Quién podría ser el dramaturgo en estos días que refleje nuestra sociedad, una mezcla de Ionesco y Barret? Porque continuamos hablando de peronismo (en el mundo ya nadie levanta banderas en torno a la falange, al franquismo o al fascismo, ni al stalinismo ni al nazismo) de diferentes modelos que van desde Aloé hasta Moreno, desde López Rega hasta Felipe Solá, desde Vandor hasta Moyano, desde Menem hasta el señor K. Un tema de fe, señalan algunos. Las bases, las bases repiten otros. Como el Papa habla de la grey o un burócrata del PC de las masas. Universales, absurdos, homenajes, tiros, hampa y delincuencia. Y a jugar otra vez al gran bonete, a que el pueblo nunca se equivoca, a que los otros son enemigos de los humildes y por lo tanto son gorilas, vendepatrias y extranjerizantes. No tiene fin. Hace unos días, nuestro querido y admirado Pepe Mujica señaló algo excelente sobre nuestro gobierno: “Dicen que son progresistas, pero uno no puede dejar de recordar que son peronistas”.
Naturalmente, los poetas soñamos con el amor, con mujeres hermosas, con bellas hembras que nos amen en bosques secretos o en playas solitarias. No solamente soñamos con aquellas mujeres, sino que soñamos con palabras, imaginamos climas poéticos, nos despertamos a las tres de la mañana buscando un sustantivo o un adjetivo para cambiar la estética del mundo. Pero también tenemos un sentido social, un sentido de solidaridad, de compromiso, de insumisión. Sin duda, caro lector, debemos cambiar el mundo. Un funcionario de economía de nuestro país afirmó hace diez años: “El problema es la inmoralidad de las masas”. En los diarios leemos de la violencia racial durante la guerra de los balcanes, de las conexiones entre el poder, la droga y el sexo. Muy cerca de aquí, en Pinamar, uno de los mejores fotógrafos del país, que cubría la actividad política y farandulera, fue encontrado asesinado. Estaba esposado y calcinado dentro del auto que usaba para trabajar. Este claro mensaje fue el primero desde la época de la Triple A, organización parapolicial que nació con Juan Perón. Ahora es la efredina, los medicamentos, las obras sociales. A mirar fútbol, muchachos, a mirar fútbol. Nos sale gratis, todo nos sale gratis. Siempre desde afuera, como cuando debíamos ir de casa al trabajo y del trabajo a casa.

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