Opinión

Querencias baldías

| 27 de octubre de 2011
Veo una película de tanto en tarde, e igual a muchos errantes de mi generación –los de la posguerra europea, el estraperlo y la anarquía de ideas– en una época de temor doliente varados en la soledad de Xanadú con ‘Ciudadano Kane’, ‘Casablanca’, ‘Ladrón de bicicletas’, ‘El Acorazado Potemkin’, ‘La quimera de Oro’, ‘Esplendor en la hierba’ y acaso ‘¡Qué bello es vivir!’.
El cine siempre ha sido nuestra asignatura pendiente. De jovenzuelo intentando dejarnos el bigotillo para ver si conseguíamos parecernos a Clark Gable. Habíamos visto sacudida la corta vida tras el conflicto civil y lo poco que teníamos se lo había llevado el vendaval de la crueldad y la furia. El hambre no. Pero nos quedaba el cine. Después ni eso.
Pasaron demasiadas nostalgias, lecturas desordenadas, amores baldíos, hasta la llegada del hombre que según Gore Vidal sabía hacer de verdad cine de autor, dos o tres en toda la historia del llamado Séptimo Arte.
Ese genio se llamaba Ingmar Bergman y era sueco, el país de las brumas, el frío, la nevisca y las noches blancas.
Su arte ha sido fundamentalmente humano al abordar en sus filmes un universo de problemas fundamentales, como la incomunicación del hombre y la mujer, la soledad, Dios o la muerte.
Dos obras maestras incrustadas en la pantalla como ‘El séptimo sello’ o ‘Fanny y Alexander’, hablan de un ser metafísico profundamente atormentado, resultado de una niñez estricta bajo el carácter severo de un padre pastor protestante en cual sembró en aquella alma sensible traumas y fogosidades inflamadas.
El ‘séptimo sello’ es simbología pura en un relato angustioso cuando se intenta indagar la razón de la vida y escarbar en busca de raíces para dar sentido a la muerte perennemente injusta.
La historia es sencilla, del medioevo. Un hidalgo regresa después de haber luchado durante años en las Cruzadas. Al retornar se da cuenta de que su pueblo está siendo diezmado por la peste y allí está la Muerte reclamando a los vecinos las vidas que se va a llevar, siendo entonces que el caballero decide retarla a un juego de ajedrez con la pretensión de ganar tiempo y encontrar el sentido de la existencia antes de morir.
Tal vez al lector le parezca banal o no, pero esa película, vista en los postreros albores de la juventud cuando la vida salía a raudales a nuestro encuentro, fue, más que un ramalazo o golpe seco y contundente, la certeza de que esas primeras páginas del libro ‘El amor, las mujeres y la muerte’ de Schopennahuer, leídas al trasluz de un entendimiento aún opaco, eran anillas atadas a nuestros sueños. Ni el amor se salvó.
Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca