Opinión

En la pulpería de Farruco

| 06 de octubre de 2011
En la esquina la barra está esperando que salga del horno del ‘Rover’ la pizza y fainá que encargaron. Mientras se van bajando unas fresquitas ‘patricias” don José aprovecha para leer un texto que recibió de un viejo amigo periodista residente en Santiago de Compostela. Al ser un artículo sobre Artigas sabe que los muchachos le prestarán atención.
En la pulpería de Francisco Rodríguez Alonso [Farruco] los aparceros del entorno, los corambreros y los contrabandistas del sur de Río Grande están mojando el garguero con caña. Están impacientes a la espera de que salga del fogón un puchero que tiene pinta de resucitar a un muerto. Los ponchos y facones que se juntan en la pulpería tienen distintos orígenes y sensibilidades pero aquel rancho es territorio neutral. La autoridad está muy lejos, en Montevideo, por eso el puestero es el árbitro que todos respetan. En la zona hay mucha actividad ganadera aunque casi toda ella es ilegal. Los reales abundan cuando se venden cueros al norte de la sierra de Aceguá. Uno de los asiduos es un hombre de la capital al que el dueño de casa tiene en mucha estima por ser buen paisano y además hijo del amigo Martín Artigas.
Farruco: Creo, sinceramente te lo digo José, que tenés que cambiar de vida. Llevás demasiado tiempo a salto de mata, hoy acá y mañana allá. Es hora de hacer como el hornero. Te conozco bien y sos hombre de palabra. En eso te parecés mucho al amigazo Martín. Entenderás que si hablo así contigo es porque si abandonás el nomadismo harás muy feliz al viejo capitán.
Artigas: Usted sabe don farruco que no estoy hecho para vivir dentro de los muros de Montevideo. Me siento atado o más bien como vaca en el brete. Mi mayor alegría es despertarme al alba recostado en mi flete y oyendo al jilguero cantor. Recuerde que me crié por los campos del Sauce siempre en contacto con la verde naturaleza. En la ciudad andan todos medio almidonados.
Farruco: Te entiendo. Por nuestros pagos el tiempo discurre sin apuro pero el caso que te quiero plantear es para que puedas seguir en la campaña. Mi consejo es que solicites el ingreso en el Cuerpo de Blandengues. Con tus conocimientos enseguida te ascenderán. Vos conocés varias lenguas indígenas, se te abrirán puertas y llegarás lejos. Si te animo es porque la vida me enseñó que el hombre crece cuando se aquerencia. Te lo dice un emigrante que nació del otro lado del mar. En mi tierra de Covelo tenía suficiente para mi sustento porque heredé unas buenas parcelas –allá le decimos leiras– pero unos malos amores me llevaron camino del Río de la Plata. Ahora –aunque me acuerdo todos los días de la fuente de agua fresca de mi aldea– no puedo volver. Soy un ombú más de la orilla norte de la Banda Oriental que creció en el medio de los chilcales entre el arroyo de Las Cañas y el río Yi.
Artigas: Bueno, don Farruco, usted exagera un poco. Espero que no se equivoque porque el retrato que me hizo no responde a la realidad. No tengo las virtudes que mencionó. Es por la amistad con mi padre que aumenta su consideración sobre mi humilde persona. Como su intención es sana; le haré caso y abandonaré la vida cimarrona para ponerme el uniforme de soldado real. Es tiempo de dejarse de macanas y construir un nido al abrigo del pampero.
Farruco: Si te habló así no es para indicarte el camino. Cada cristiano encuentra la huella que mejor se ajusta a su bota. No creo mucho en los consejos pero mi amistad con el capitán Artigas me anima a pedirte que lo que decidas te salga del corazón. Mis augurios son que tendrás un futuro de lucha honrosa. Es por mi experiencia personal que me permito convencerte para que tus pasos no se pierdan como se perdieron los míos. Ahora me ves así de pulpero pero yo nunca fui un aventurero. Jamás se me pasó por la cabeza el dejar mi casa de Santa María de Paraños. Si cierro un poco los ojos veo a mis vecinos recogiendo el maíz y a las mozas casaderas cantando hermosas canciones al ritmo de una pandereta debajo de un gran roble protector.
Artigas: Le agradezco sinceramente sus consejos. Si he entendido bien, deduzco que fueron las vueltas de la vida las que lo trajeron a empujar del carro de la Banda Oriental. Usted no quiere que yo pierda a la familia por andar cimarroneando al cuete. Acepto sus recomendaciones y le hago saber que mañana mismo, bien tempranito, salgo para Montevideo. Presentaré mi solicitud de ingreso al Cuerpo de Blandengues. Cuando regrese brindaremos por el futuro de los paisanos que se rompen el lomo poblando de esfuerzo estos lejanos campos. Espero seguir siendo el mismo porque dicen que el uniforme cambia a las personas. Hasta la vuelta.
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