Opinión

Peripecias de un conductor frustrado

| 28 de mayo de 2009

A Mario Moure

La palabra chofer –o chófer, como dicen en España– es un antiguo galicismo, proveniente de chauffer… Conductor es de más amplio espectro semántico, aunque para el caso del automovilista, valdría cochero… Auriga es una bella palabra, sustantivo de quien conduce coches con más de un caballo. (Hay un bello cuento de Alfonso Alcalde, ‘El auriga Tristán Cardenilla’). Los aurigas solían llevar parejas de amantes por las calles de París, como una especie de hotel móvil. Madame Bováry desarrolla enfebrecidos lances eróticos, con su gentil amante –según cuenta el eximio Flaubert– mientras el auriga les conduce, lo más suave que se pudiese, por las empedradas rúas de la Ciudad Luz.
Aprendí a manejar en 1958, a los diecisiete años, en un viejo camión Chevrolet, propiedad de Armando Agüero, nuestro vecino mecánico… Me enseñó a pasar los cambios, con doble apriete de embrague, aconsejándome: –“No, compañero, no está usted doblando una barra de fierro… La palanca de cambios debe moverse con suavidad, como si pulsara las rodillas de una muchacha en flor, sin violentarla…”. Sin duda, me gustó la metáfora, pero nunca pude ponerla en práctica… Nos íbamos en el camión, con Luchín Sepúlveda, de noche, sin luces, camino de Lo Espejo hacia la costa, a toda la velocidad del asmático motor –unos sesenta y cinco kilómetros por hora–, suficientes para descalabrar cualquier objeto o vehículo que se nos cruzase. Sólo una vez pasamos a llevar un carretón de feria, malogrando centenares de tomates.
En cierta ocasión invité a la Hilda (“niña de mano”, de la Casa), con aviesas intenciones, y llegamos hasta Buin. No encontré un sitio seguro para aparcar el camión, y, aunque yo era célibe y ella soltera, no me la llevé al río… De regreso, a la altura de Nos, divisé a un trío de carabineros deteniendo vehículos. Burlamos la inspección, girando abruptamente, por un callejón de tierra. Esperamos en un figón providencial, bebiendo un jarro de fresca chicha, a que los verdes ministros de la ley levantaran tienda y dejasen expedito el paso. La Hilda iba tensa y enfurruñada: –“Es la última vez que salgo con usted… ¿Quién le enseñó a manejar?”.
Años después, en La Serena, el tío Jorge me prestaba su Impala último modelo, cambio automático, para que fuera a buscar, de madrugada, al primo Jorge, quien volvía de las faenas de pesca en alta mar. Una tarde de frío otoño serenense, llevé a la tía Pablita, acompañada de Blanca, fiel y atenta empleada de la casa (me preparaba los mejores pisco sour del mundo), a unas diligencias en Coquimbo. De regreso, la tía me dijo algo parecido a lo expresado por Hilda, agregando: –“Hablaré hoy mismo con Jorge. Es una locura que a ti te pasen un auto”…
En los días maduros de La Cisterna, manejé, esporádicamente, el Seat 133, de color canario… Eduardo se acuerda que, en una mañana de domingo, le llevé a jugar tenis, conduciendo yo el pequeño bólido ítalo español. Cuando íbamos a la altura del paradero 22, mi querido cuñado señaló: –“Es aquí, a la derecha…”. Viré en 45º, como si moviese las riendas de una bestia, subiéndome a la vereda y provocando barquinazos dignos de una diligencia en el Far West… Fue la única vez que pude ganarle en el tenis, porque hasta el segundo set, a Eduardito aún le temblaban las piernas.
En abril del 2001, choqué el Lada Samara (última expresión rodante del materialismo dialéctico) contra un camión (¡puta que son duros los rusos!), rumbo a Santiago, a la salida del túnel Lo Prado (había neblina y era la hora del crepúsculo)… Yo iba al volante, la Marisol a mi lado, y atrás la pequeña Sol. Estuvimos a un tris de volcarnos, pero mi ángel de la guarda debe ser alado auriga –qué duda cabe–, y aparte del “daño total”, no sufrimos ni un rasguño. Desde entonces, dejé de conducir, definitivamente. Además, Marisol maneja bien (a mí, incluido), es segura, decidida, capaz de liarse con taxistas y micreros iracundos…
En los dos años que trabajé en el Norte (1996-1997) conduje camionetas, furgones y un jeep Suzuki; en este último sorteé cauces torrentosos provocados por los aluviones de Atacama, en el riguroso invierno del 97. Era exquisito manejar en esos apartados andurriales, donde sólo podían verme los guanacos o los cernícalos del desierto. El jeep tenía una excelente radio, que me permitió seguir los cursos grabados de Lengua Gallega, así es que me entretenía en el trayecto a las minas. El Chapaya, un pirquinero muy curioso –a quien llevé un par de veces hasta la refinería de Paipote–, con más historias que Quintín el Aventurero, me recomendó: –“Oiga don, cómprese un buen caballo, mejor…”.
Hubo un hecho triste, accidente sin culpabilidad de este malogrado chofer. En noviembre de 1996, luego de pasar un semáforo, en calle Prat, de Vallenar, conduciendo un Mitsubishi Lancer del año, una niñita de cuatro años –la Sol iba a cumplir los tres– se soltó de la mano de su madre y cruzó corriendo, detrás de un autobús estacionado. Alcancé a virar, evitando arrollarla, pero ella se golpeó de bruces contra la puerta derecha y cayó bajo el auto. No sufrió mayor daño y, luego de tres días en el hospital, regresó con su madre, a la localidad de Maitencillo, en el verde valle del Huasco. La visité varias veces, llevándole golosinas y juguetes. Me veía y lloraba hasta ahogarse en sollozos… Fue duro aquel trance, de esos que no borra la misericordia del olvido.
Mi licencia de conducir caducó en abril de 1998. No la he renovado; no pienso hacerlo, para tranquilidad de conductores y transeúntes… Pero si me resulta uno de tantos proyectos que tengo en mente, voy a comprar una moto grande, con sidecar… Sueño con llegar a Reñaca, un día de pleno verano, con una acompañante de cabellera al viento y sonrisa de feliz pasajera…
Les confieso que nunca me gustó manejar. Prefiero ejercer mis dotes de peatón y devorar el aire interminable de todos los caminos.

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