Opinión

Lidia Elsa Battisti, escultora argentina de ‘Caballito’

| 20 de junio de 2008
“Vos sabés que en Argentina el 6 de marzo se festeja el ‘Día Nacional del Escultor’. Pues bien, dos días más tarde, el ‘Día Internacional de la Mujer’. Así que, mirá vos, en el Barrio de Caballito de Buenos Aires, por ser de añares vecina, quisieron rendirme homenaje”, me escribe Lidia Elsa Battisti, la gran artista del arte de Fidias y Auguste Rodin. Esposa del maestro-escultor Juan Carlos Ferraro, ‘el escultor de Caballito’, universalmente admirado por su espléndida vasta obra, desde 1960 hasta su muerte en el 2004. Lidia nos recuerda sus balsámicas dieciocho obras premiadas, no pocas de ellas expuestas en museos y espacios públicos hispanoamericanos. “Mi papá –nos cuenta con sabio fervor e intimidad– era un excelente dibujante; era, además, diseñador de muebles en la reconocida mueblería ‘Maple’ de Buenos Aires. Sí, aquella que se nombra en el tango ‘A media luz’: ‘Pisito que puso Maple’... Todo comenzó con la música. Y temprano estudié violín”.
Lidia Battisti, no obstante, halló en seguida su auténtica vocación. La plástica y, dentro de sus artes, la escultura. Ingresó joven en la Escuela Nacional de Bellas Artes ‘Prilidiano Pueyrredón’. ¿Maestros suyos? Troiano Troiani, en escultura. Lino Spilimbergo, en dibujo. Un prestigioso docente en escultura, Donato Proietto. ¡Ah! Y en dibujo, también Enrique Larrañaga. “Cuando egresé de la ‘Pueyrredón’ –agrega la dulcísima Lidia nostálgicamente desde su departamento de la calle Aranguren, al 746, de la capital porteña–, mi primer empleo fue como dibujante publicitaria; después me dediqué a la docencia en diversas escuelas e instituciones de la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. Entonces mi madre me relevó de los quehaceres domésticos”. ¡Qué linda anécdota aquella de sus estaciones juveniles! Una clase de dibujo. El profesor Larrañaga le pregunta a Lidia: “¿Sabés cocinar? ¿Sabés lavar los platos?”. Lidia responde que no. Y él le contesta. “Entonces... ¡tirate al río!”. Años después, obtiene el Premio del Salón del Ministerio de Agricultura y Ganadería. De las propias manos de su respetado maestro Enrique Larrañaga. Y sonriendo, su alumna le dice: “¿Vio? No me tiré al río”.
Lidia esculpe y, paulatinamente, logra premios y obras, va abriéndose camino y construye su taller. Comienza a desarrollar sus afamadas “series” escultóricas tales como ‘Leyendas Argentinas’ o ‘De la Vida’, tocadas por la gracia de la corriente “expresionista”, dinámica y gestual. En 1960 Lidia era la secretaria de la Asociación de Escultores; en marzo, conoce a Juan Carlos Ferrato, que era el tesorero. Y en agosto de ese mismo año se casaron: sus hijos Ariel y Analía, sus más amorosas, fructíferas obras. En escaso tiempo, Luis Perlotti –otro célebre escultor caballitense, el autor del ‘General San Martín’ y ‘Alfonsina Storni’ en la ciudad balnearia de Mar del Plata– le ofrece a Ferraro trabajar juntos. “En esa época –prosigue, emocionada, la tierna Lidia– Juan Carlos y yo nos mudamos a Caballito, en la calle Nicasio Oroño, al 500, a pocas cuadras de la casa de Perlotti. Nunca más nos fuimos del barrio”.
Aquella casa –diseñada y contruida por el caballitense arquitecto Aquilino González Podestá– se convirtió no sólo en su vivienda sino también en su taller y el de Juan Carlos, donde fueron realizadas las innumerables obras del matrimonio artístico.
Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca