Opinión

Homenaje a Dimitris Christoulas

| 27 de abril de 2012
Antes de nacer el Barón de Coubertin, los griegos ya habían realizado un camino intenso. Esto lo digo pues en nuestros días para muchos todo comienza con sus delirios, sus borracheras ideológicas y sus principios éticos desde Puerto Madero.
Entre los siglos VII y V antes de nuestra era, los Juegos Olímpicos se consolidaron. El lanzamiento de disco, jabalina, salto en largo, carreras y lucha se lo denominó pentatlón. El único premio consistía en una rama de olivo y más tarde en un laurel. También se practicaban el boxeo y el pancracio. Y competiciones hípicas. Digo todo esto para no hablar de imbecilidades cotidianas, de corrupciones cotidianas, de aplaudidores y mediocres. Por eso evoco a hombres íntegros.
Sócrates, el filósofo griego, mientras recorría el mercado de Atenas murmuraba: “Disfruto viendo la cantidad de cosas que no necesito”. Porque hay que hacer algunas diferencias. El jet-set, el café society, lo que Somerset Maugham llamó “nuestro grupo”, requería belleza, elegancia y dinero. Hoy sólo requiere dinero. La belleza, la elegancia y la inteligencia han desaparecido. Advertimos en todo que la irracionalidad de las consignas, de los discursos o de las publicidades favorece esa fascinación ideológica de la decadencia, del fascismo si se quiere. El hecho no es nuevo, temores y resentimientos que la intelectualidad no suele tener en cuenta, que no quiere ver o no desea ver. Se representa una comedia en una mistificación nacional, en ella entran sofismas e innegables realidades. Y el precio que se pagará en breve por todo esto que venimos arrastrando será otra vez astronómico. La ficción colectiva, las maniobras etiquetadas, las contradicciones groseras, se transforman en algo cotidiano. Tan visible que no llegamos a percibirlo. De aquello, casi no queda nada: nostalgia e historia.
Ahora el deseo en la mira, con las pastillas todo cambia, es diferente, el mundo se divide en mil posibilidades. Por años se consumen en nuestro país más de quince millones de pastillas de viagra o similares. Amigos con derecho al toque por una noche, el touch and go (toco y me voy), el fase fucking o rapisex. El sexo veloz, inmediato, sin memoria. Aparece el crooner averiado por los excesos, las bandas punk, los dark. Detrás del escritorio los señores respetables, los caballeros normandos, los del índice en alto. Esos que practican deportes de riesgo, que hacen el intercambio de fotos, de videos, de experiencias. Los que toman agua mineral con ensalada. Hacen confidencias sobre la adrenalina, sobre el dramatismo cortesano, la escenografía del burdel. Necesitan la cuota de vértigo, la demencia, la erotización del peligro. De eso se trata: de erotizar el peligro, la búsqueda de límites. Estados de angustia, el vacío insostenible. Las señoras tomando el té y pensando en una cama de un señor maduro, serio. El hombre soñando con sus aventuras, sueños que lo borren del tedio. Códigos y mensajes moralizantes.
-Penelas, hay otras cosas. Hay investigadores, jóvenes con otra mirada, equipos de trabajo que son una maravilla, científicos becados, músicos brillantes…
-Sí, mi viejo, sí. Claro que lo sé, pero son poquitos. ¿O no quiere ver usted tampoco? ¿Se olvidó del título de esta columna? La mafia del poder, el humorismo macabro, las tilinguitas, los anteojos negros, lo simbólico del modernismo falaz… El país para poder sobrevivir necesita cartoneros, necesita excluidos, necesita que usted se trague el sapo, que hablemos del pase de Riquelme, de la novia de Sarkozy, de la genealogía de intelectuales conversos, de la seguridad, del carraspeo de una embarazada en Arequipa. ¿No leyó, entre otras cosas, que en las islas Malvinas combatieron 8231 hombres y que existen casi 25.000 pensionados por ese motivo? Hay flaccidez, afonía, chucherías y virginidades que me cansan. Los imbéciles me cansan, la colección de culos operados, la cuaresma y la oftalmología. Y esta corte de lacayos que pasean por los corredores de las cámaras, de los juzgados, de los ministerios. ¿A usted, no? La fachada se cae, se descascara. Se roba a cuatro manos, querido. Y mienten como ladrones. Hay monólogos, mi querido, hay monólogos. Detrás de la pechera almidonada o de las manifestaciones callejeras, los antifaces. Es la masa que se aguanta, que no piensa, la masa que está imposibilitada de pensar y de sentir. Rasque la pared, se cae.  
Por eso digo que lea la carta de este farmacéutico jubilado, este hombre digno que se suicidó hace unos días en la plaza Syntagma de Atenas “para no tener que empezar a revolver la basura”. Frente al Parlamento griego. Vivía de una pensión que él mismo había pagado sin la ayuda del Estado. Recordemos su nombre, por favor: Dimitris Christoulas. La carta está fechada el 4 de abril de 2012. La nota la leyó Rocío en el diario y me dijo: “Tenés que escribir algo sobre este hombre”. Llevemos flores o laureles a cada una de las embajadas griegas del mundo. Flores y laureles para un hombre digno, para alguien que soñó otra vida, otro destino. Lo más probable es que no sirva de nada. (Sin demagogia, sin populismos, sin discursos, sin banderas). Pero tal vez, quién le dice…
Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca