Opinión

Freya Stark, centenaria viajera, enamorada del desierto

| 12 de marzo de 2009
Freya Stark –la enamorada del desierto– nació en Francia en 1893 y vivió cien años. Al separarse sus padres, se fue a vivir con su hermana y su madre a Italia, donde, debido a su débil economía, no pudo obtener una normal educación. Leía, no obstante, todo cuanto caía en sus manos. Y su fantasía se abrió al conocer la magna obra de Las mil y una noches que la invitaron al estudio del idioma y la civilización árabe. “Qué soy y por qué aprendo árabe es un completo misterio –escribía Freya en 1927 durante su primer viaje a Oriente Próximo–. Si digo que lo hago por puro placer, percibo una mirada con tal carga de incredulidad que empiezo a sentirme tan cohibida como si estuviera diciendo la mentira más descarada”. Contaba por entonces treinta y cuatro años, se hallaba soltera y había llegado a Beirut tras un difícil viaje en un carguero a fin de estudiar y perfeccionar la lengua árabe en una olvidada aldea de las montañas. Escueta de equipaje y sin cartas de recomendación, sin amigos y escaso dinero.
Tan pronto como se consideró preparada, se encaminó a Damasco. Junto a una amiga viajó a lomos de un burro más de cien quilómetros a su ignoto destino entre el paisaje montañoso. Ella había conocido el desierto, de manera que sabía cómo los drusos habían dominado una fortaleza casi inexpugnable que ya estaba descrita en los viajes de Marco Polo. Así, pues, partieron a la búsqueda de la llamada ‘Roca de Alamut’. La expedición fue muy valorada por la Royal Geographical, a la vez que consiguió celebridad con la publicación de El valle de los Asesinos.
De un Lord logró más dinero para su siguiente viaje. Eligió dos compañeras de expedición: la arqueóloga Gertrude Caton-Tompson y la geóloga Elinor Wight. Y descubrieron el templo de la luna dedicado a la diosa ‘Sin’, que era la meta de todo sabio soñador. Prosiguió por ‘la ruta del incienso’ para buscar la antigua Caná y halló el perdido puerto de la ciudad. Pese a las críticas, estudió El Corán. Publicó 30 libros en torno a sus aventuras así como cuatro volúmenes autobiográficos henchidos de dunas y caravanas y osados jinetes. “Filósofa y poeta de los viajes”, la definían. Y hablaba nueve idiomas. La ‘Real Sociedad Geográfica de Londres’ le otorgó una beca por sus estudios cartográficos: ella llenó los espacios vacíos de los mapas del Gobierno británico.
En 1938 retornó a Italia, cuando gobernaba el régimen de Fascio, de tal modo que nuevamente regresó a Siria, en donde recibió una llamada del Ministerio de Información. Debía viajar al Yemen como experta en temas de Arabia y así impedir que el mundo árabe se pudiera unir al imperio del Tercer Reich. A lo largo de toda la segunda guerra mundial actuó como espía y, al parecer, consiguió una tupida red de inteligencia antinazi. A los sesenta años se interesó por Turquía: estudió su idioma e historia, y durante diez años se dedicó a recorrer idéntico trayecto que el rey macedonio, y escribió el libro La ruta de Alejandro. “Yo quería distancia, historia y peligro; me interesaba el mundo vivo”, escribió. Traspasados los setenta, exploró China y Camboya. A los ochenta viajó a una región casi inaccesible de Afganistán. A los ochenta y cuatro descendió en balsa por el Éufrates y a los ochenta y nueve subió a las montañas del Himalaya a lomos de una mula. A causa de una pactada pensión vitalicia con un banco suizo, arruinó parte del negocio a la financiera. ¡Viviría cien años! Sugestivo estudio Mujeres solteras. Agenda, Instituto de la Mujer, Madrid. 2009.
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