Opinión

Flavium Brigantium

| 03 de diciembre de 2010
Sólo conozco partidas, no sé del retorno. Lo que busco está delante de mis ojos. Se trata del pasado, de un pasado que avanza a medida que recorro paisajes, aldeas, mares, puentes romanos. Siento que ese pasado que contemplo cambia mi itinerario, modifica mi sueño. Todo dura o nada permanece en la mirada del poeta que descubre la diáspora en un tiempo incierto. Siento que reconozco en estas escalinatas el pazo del Illobre y un castro que recorro en silencio. Veo ciudades invisibles, lluvias remotas contra los soportales, murallas destinadas a mantener la sutileza de las noches sin muertos. “¿No ha sido cada aurora en su esplendor / el reflejo de nuestra gran nostalgia?”, escribió para siempre nuestro Nazim Hikmet.
Estoy sentado en un sillón de roble. Era de mi padre, del juego de muebles de cuando se casó. Frente a mí, el escritorio de caoba de un viejo anarquista; una ofrenda de la insurrección y del recogimiento. Ahora veo –una vez más– al cerrar los ojos la iglesia de San Francisco. Es uno de los ejemplos del arte gótico de toda Galicia. Veo los enterramientos y los sepulcros. Veo el oso y el jabalí. Intentó leer sus piedras, sus códigos, sus señales. Toco las piedras en soledad.
También veo un molino celta, de mano. Légulas, sarcófagos de enterramientos antropomorfos. Entre los arbustos descubro el ulex europaeus, el “tojo bravo”. Aparecen ante mis ojos cerrados mámoas y antas. Digo Costa da Morte, digo Vimianzo. Unos amigos me enseñan unos batáns, me explican su funcionamiento, los distintos nombres de sus elementos. Ya no los escucho. Escucho la voz de Constancio Romero Lasarte un maestro laico que hablaba con sus hijos, Acracia y Liberto, a principio del siglo XX del amor y del internacionalismo proletario.
Ahora la cruz antefixa de la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Espenuca, sobre el testero de la nave, sobre la puerta de entrada. Digo Chelo, digo Mendo. Ahora la playa de Pedrido, la visión mítica de la realidad, el territorio de la iconografía mítica. Otra vez parto de la fábula simbólica del antiguo castro de Untia, la unicidad del hecho mítico, la inmigración de mis abuelos, la inmigración de los abuelos de mis padres. Recorro el cabo de Touriñán, la pequeña península llamada A Insua, el cabo más occidental de España. Y veo al señor marqués de Espenuca, rubio, de ojos celestes, con una rama de roble en la mano.
Escucho la vaca de Fisterra un día de niebla. En esta zona hay un caballo de oro enterrado. Hay marcas del caballo del Apóstol. Dio sorprendentes saltos para vadear ríos y saltar montañas. Es un mítico corcel etrusco y las voces de ultratumba nos convocan a callar. Desde este lugar se pasaba al más allá.
Voy descubriendo rastros, huellas; desordeno los puntos cardinales. La noche cae sobre las orillas, las barcazas llevan la clarividencia de la tierra. Desde las aguas silenciosas sube entonces una plenitud de soledad y angustia. Aquí mismo sé que me voy aproximando al mundo de mis orígenes, debe desnudarme y arrojarme a la intensidad de la aldea, buscar el manantial que han ocultado, la casa de mis mayores que hay detrás de muros sin piedad. Siempre hay un lugar donde el corazón late su recuerdo, su certidumbre. El principado está en el fondo de esta aldea, de estos caminos sembrados de zuecos y memoria. La pobreza no ha sido una desdicha en mi vida, puso el sol en las manos de los pastores, ha equilibrado la divinidad de los abuelos, la honra de mis padres, la labor para sustentar el pan, una pasión silenciosa bajo la llama.
Ya no me importa la eternidad. En verdad jamás me interesó. No hay límites para amar ni para evocar las sombras. Uno siempre sintió la rebelión, la libertad de la utopía sobre la fidelidad instintiva de una luz lejana en una casa de piedra, la elevación del alma. Hay un entendimiento amoroso de la tierra y los viejos labriegos, una visión de exilios pero también de búsquedas y peregrinajes que viajan sin brújulas.
Escucha a tu corazón, me digo. A nadie más. Esta es la copia del Paraíso que no existe, este es el camino del pasado; nos desplazamos sin prontitud de un lugar a otro sin salir nunca de la aldea; sin demasiada amargura, sin demasiada esperanza. Hemos aprendido a conocernos. Ya no reposa la mirada ni el sueño. Vienen imágenes que nos sorprenden en una vida cómoda pero vacía. Hay que dejarlo todo, digo, hay que dejarlo todo.
La poesía sucede en la intimidad. Intimidad procede del latín intimus, el superlativo de interior, “lo que está más dentro, más al fondo”. Lo secreto, lo de uno. Es cuando nos preguntamos ¿Quién es éste hombre que vomita ramas? ¿Qué tradición o mito nos oculta? Aquí estamos, entre los incensarios de oro y la mirada de los bueyes. Sólo conozco partidas, no sé del retorno.
Ahora estoy frente al palacio de Lanzós. Ahora recuerdo a Manuel Lugrís Freire, a Pardo de Cela, a Antolín Faraldo. Ahora recorro la iglesia Santa María de Azogue, recorro su planta de cruz latina, la capilla de Jesús de Nazareno. Uno siente en estas callejuelas la percepción del bien, el deseo de conseguirlo, la fruición de poseer el objeto amado. Ese era el sentido de los escolásticos medievales, el amor deriva de la alegría, como lo manifestó Spinoza. Delectatio era para aquellos pensadores el nombre más general para todos los disfrutes. Los placeres de la carne y los placeres del alma. Para Sartre la alegría es gratuidad y generosidad. La alegría llega al encontrarse fuera cuando uno se había perdido dentro, escribió. Es una manera de la celebración vital, una manera de recorrer lo interior. Se trata del pasado, de un pasado que avanza a medida que recorro la nostalgia, la textura del alma, los olores de la tierra y del pan, el reconocimiento de los heraldos invisibles.
Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca