Opinión

Fernando Álvarez de Sotomayor y la pintura ‘costumbrista’ gallega

| 16 de junio de 2008
Fernando Álvarez de Sotomayor El insigne Don Fernando Álvarez de Sotomayor –admirado artista pictórico que naciera en el galaico Ferrol el 25 de noviembre de 1875 en una casa de la tradicional ‘rúa’ Real– entregó a la historia del arte de Galicia un legado costumbrista de primerísima magnitud que podemos contemplar en excelentes museos como en el del ‘Pazo Quiñones de León’, esto es, el Municipal de Castrelos en la ciudad de Vigo en las salas destinadas a la pintura histórica del siglo XIX y el primer tercio del XX.
Tras haber sido designado director del Museo del Prado de Madrid en 1922, ejerció dignamente el cargo a lo largo de varios años. Asimismo mostró su faceta de académico de número de la Real de Bellas Artes de San Fernando, siendo elegido su director a partir de 1953. En la capital de España falleció a los ochenta y cinco años: el 17 de marzo de 1960, momento en que aún proseguía pintando, henchido de vocación, entusiasmo y esmerado orden y pulcritud. Su velatorio constituyó un acto de solemnidad en el propio Museo del Prado madrileño, el cual dirigió durante más de treinta años. “Álvarez de Sotomayor fue un artista múltiple –me recuerda Doña Francisca Díaz Rojo de Lamas desde sus esplendorosas tierras ferrolanas de Robaleira en Valdoviño– tanto por su variedad temática, si bien dentro de una cohesionada unidad, como por su infatigable creatividad”. Sería, pues, conveniente clasificar su obra orientada en cuatro direcciones primordiales: la mitológica y la religiosa, la retratista y la costumbrista del campo gallego.
No obstante, el género que en mayor medida cultivó durante toda su dilatada trayectoria artística fue el del retrato al óleo en caballete. Es preciso señalar que su, por así decirlo, ‘oficio pictórico’ estuvo influido por la presencia inspiradora de los reconocidos pintores retratistas ingleses. El artista gallego expresa idéntico fervor tanto por los retratos digamos de ‘encargo cortesano’ como por los ‘tipos populares’ del país y del paisanaje de la antigua ‘Gallaecia’ con sus celebraciones parroquiales y festivas de bailes y romerías. Aldeanos y aldeanas en las cíclicas estaciones anuales de cosechas y faenas del agro. Mundo románico y, a la vez, barroco –en conjunción con el misticismo y la superstición– que el pintor plasma y universaliza mediante sus lienzos, no pocos de ellos de grandes formatos y espacios dimensionales. Estos ‘tipos’ o, por mejor decir, ‘arquetipos’ de sus cuadros reflejan, a juicio de algunos críticos de arte, un “falso celtismo” propio de la época, imbuido por la leyenda: raza sana y vigorosa, idealizada y ennoblecida por los orígenes míticos y transfigurados por la fantasía poética.
Acostumbraba el pintor galaico a manejar los pinceles directamente al óleo, sin dibujo previo, dominando ya el color, ya la luz. Acabada y precisa, su técnica se desarrolla a partir del espíritu academicista, pero también comprende el brillo espontáneo e intuitivo del “impresionismo”. Pese a no haberse integrado en las denominadas “vanguardias artísticas” del siglo XX, significó el testimonio de una, digámoslo pronto, “escuela gallega” de pintura. De prolífica obra, Álvarez de Sotomayor se halla en los más afamados museos de Europa y América, siendo sus telas de alta cotización en los llamados ‘mercados internacionales’.
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