Opinión

El emir

| 28 de febrero de 2011
Los periódicos alaban la imagen –de hace dos días– del rey de España haciendo manitas con el emir de Kuwait, sentados ambos en doradas butacas poltronas mientras aplaudían el desfile de tanques y misiles recientemente comprados a las empresas del llamado Occidente. La prensa, la voz de su amo, hizo lo propio cuando Aznar o Zapatero se arrimaron a Gadafi, al que ahora no parecen conocer. Lo que le pase a la población de Kuwait, donde la mayoría no tiene rango de ciudadanía plena, importa un pimiento mientras no haga mucho ruido una revuelta como la de los países próximos. Lo que realmente importa, en todos los casos, es la posición en el mercado. En el caso libio, lo que preocupa no es la masacre: si EEUU piensa en intervenir es porque teme que aquel que sustituya a Gadafi pueda cambiar la política comercial de éste, que era hasta hoy la que conviene a Occidente. Si un nuevo coronel con mano de hierro silencia la revuelta de Trípoli a sangre y fuego en dos días sin haber hecho una sola concesión democrática pero es capaz de garantizar los contratos con el exterior, aquí no habrá pasado nada. Y eso lo dirán también los periódicos. Lo más trágico –es fácil comprobarlo– es que los abusos antidemocráticos en estos países son directamente proporcionales a los intereses que en ellos tienen las ‘democracias’ occidentales. Y nos pasa por alto que las protestas en el mundo árabe que tanto nos sorprenden coinciden con el mayor retroceso en derechos (laborales, sanitarios, educativos, del consumidor, etc.) de la ciudadanía europea.
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