Opinión

El legado literario de Iván Sergievich Turgueniev

| 10 de junio de 2013

Iván Sergievich Turgueniev vio la luz en Orel, en Rusia, el 9 de septiembre de 1818, dentro de una familia noble, dado que, tanto por línea materna como paterna, se adherían a la aristocracia. Su padre fue un militar favorable al Zar por entonces reinante, Alejandro I. Ya que Iván presentó una infancia enfermiza, su padre, tras la muerte de Alejandro I en 1825, abandonó el servicio de las armas y se retiró al lado de su familia a una de las varias propiedades que poseía: una granja situada en Mtzensk, en la jurisdicción de Orel. Sensible y aficionado al arte y al estudio, su inteligencia se reveló muy precozmente, pues a los nueve años ya hablaba no sólo la lengua rusa, sino también la francesa y la alemana. De manera que en 1827 ingresó en un colegio de Moscú a fin de proseguir sus estudios. Mas al poco tiempo hubo de cambiar de residencia, pues al año siguiente falleció su padre.

En San Petersburgo cursó filosofía y derecho, graduándose en 1837. Amplió sus estudios en Berlín, donde hasta 1842 recibió clases de magníficos profesores, de lenguas clásicas inclusive. Evidenció en esa época su entusiasmo por la denominada “civilización occidental”, que mantendría durante toda la vida. Retornó después a Rusia, para no exigir tantos sacrificios económicos a su familia, alcanzando un empleo en el departamento de un Ministerio. Dos poemas marcan sus inicios literarios: ‘Parascha’, de 1843, y ‘La entrevista’. En seguida publica –bajo la autoría de sus iniciales– la breve novela Khor y Kalinycht, que fue muy alabada. Determinó también triunfar en las artes escénicas. Desde 1848 a 1851 presentó algunas comedias como ‘El pensionista’ y ‘El desayuno’, ‘Amigo de la juventud’ y ‘Un mes en la aldea’ y ‘La provinciana’. Pese al relativo éxito de tales piezas teatrales, Turgueniev volvió a cultivar la narración. Escribió Relatos de un cazador, bien reconocida por la crítica. Hay un episodio en su trayectoria literaria fundamental, pues deseó rendir un póstumo homenaje al escritor Gogol, el imborrable autor de Taras Bulba, El revisor y Las almas muertas, el cual había expirado en marzo de 1852. Testimonio necrológico que propició las iras del Gobierno, hasta el extremo de que fue destituido y durante dos años confinado a su granja de Mtzensk.

Ante tamaña injusticia y debido a su ánimo propenso a su querida “civilización occidental”, Turgueniev se desplazó a Berlín, a Londres y a Italia, donde quedó prendado de toda la cultura latina. Se afincó después en París, trabando amistad con aquella “pléyade” literaria compuesta por Mérimée o Maupassant, Flaubert o Zola. Recordemos su enamoramiento de la afamada cantante española, si bien nacida en París, Micaela Paulina García Viardot, perteneciente a una familia dedicada al ‘bel canto’.

La honestidad de Micaela Paulina sólo le permitió un amor ‘platónico’: una amistad que se mantendría hasta la muerte del escritor ruso, esto es, a lo largo de más de veinte años.

Turgueniev, mientras se iba aclimatando cada vez más a aquel “espíritu occidental europeo”, sin por ello olvidar a su propio país, continuaba su labor narrativa enalteciendo el sonoro y bello idioma ruso que le reportaría aureola universal. Así, desde 1855 hasta su muerte, creó novelas de excelente calidad y buen gusto, como Rudin, Nido de hidalgos o Humo, ésta publicada en 1867.

 

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