Opinión

La edad de la inocencia

Un señor amigo, Luis Gutiérrez –de origen asturiano– me habló de un tío suyo, un ser angelical y utópico que pisó estas tierras huyendo de miserias y persecuciones. Me refiero a Bautista Fueyo, librero y editor del movimiento anarquista.
La edad de la inocencia
Un señor amigo, Luis Gutiérrez –de origen asturiano– me habló de un tío suyo, un ser angelical y utópico que pisó estas tierras huyendo de miserias y persecuciones. Me refiero a Bautista Fueyo, librero y editor del movimiento anarquista. Estos hombres cumplieron una función importante, y desinteresada, en una época en donde el compromiso, la lucha por la libertad y en contra de un sistema oprobioso marcaron la dignidad de tantos hombres. Sabían perfectamente qué significaba el clero, el ejército, los partidos políticos y los palacios de justicia.
La sociedad parece tener malformaciones congénitas. Esta y las otras, no se haga el distraído pequeño lectorzuelo. Pero no analicemos las políticas culturales ni sociales, no busquemos en los textos teóricos o en los grandes pensadores del siglo XIX o mediados del XX. Busquemos en el teatro de Ibsen lo esencial del ser. Observemos (y aprendamos) de Espectros, de cómo el hijo carga sobre sus espaldas la herencia del padre. Hay un mecanismo de repetición en el ser humano que debió analizar Freud hasta el cansancio. Leamos Casa de Muñecas o Un enemigo del pueblo. Detengamos un momento nuestras urgencias absurdas y miremos las obsesiones de Hedda Gabler. Pensemos en los mundos cerrados y asfixiantes de Dostoievski o Kafka. Releamos los espacios de Sándor Márai, las metáforas de Chéjov.
La literatura se ha vuelto aburrida y rutinaria. La estupidez, la falta de pudor y la vulgaridad estilística generan banalidad y tontería. Ni las editoriales ni los suplementos literarios ni los grandes premios tienen el menor respeto por el lector. Con una gran cuota de cinismo premian, editan y difunden obras definitivamente muertas. Allí se mezcla una izquierda decadente, el oportunismo, la impotencia de la narración y una suerte de mafia donde se une lo cursi con el negocio editorial. La novelística hodierna trae esta divulgación aburrida y balbuciente, llena de lugares comunes que sin duda perjudican la salud mental de cualquier lector.
Hace años tuve la oportunidad de presentar el libro que escribió Hugo Nario sobre Beppo Ghezzi. Beppo fue croto durante veinticinco años. Viajó a lomo en los trenes cargueros de toda la Argentina. Naturalmente, militó en la Acracia. Los campesinos europeos, paupérrimos, trabajaron en la Argentina en las cosechas de trigo y maíz. Aprendieron a viajar clandestinamente en los trenes cargueros. Solían prepararse la comida a orillas de la vía. Dormían cerca de las estaciones a campo raso. Llevaban sus pocas pertenencias en un atadito de ropa que llamaban la linghera, pues eran italianos en su mayoría. Con los años el vocablo se transformó en linyera. Después de la Primera Guerra Mundial los braceros fueron criollos y apareció un nueva palabra: croto. Mientras en la mayoría de los crotos o linyeras la motivación era trabajar en las zonas agrícolas hubo quienes retornando de las chacras comenzaron a ser profesionales de la vía. Era gente con dolores callados y pasado inquietante. Nadie preguntaba en ese mundo las razones de su errabundia. En la década del ‘20 y del ‘30 muchos militantes anarquistas eligieron este camino. Para no hacer el servicio militar y para rechazar el sistema. En sus monos llevaron panfletos o libros de Fauré o folletos de Malatesta. El ideal libertario buscaba en los obreros rurales la insurrección pues eran los más desamparados de la tierra.
Debemos evocar a Robert Musil cuando señala: “La constitución era liberal, pero el régimen clerical. El régimen era clerical, pero los habitantes librepensadores. Todos los burgueses eran iguales ante la ley, pero, justamente, no todos eran burgueses...”.
No se quiere leer la realidad. No se quiere soportar la mentira frente a nuestras narices. Hay una sola finalidad desde los presocráticos y antes también: se pretende confundir, perturbar, humillar, someter a la víctima. Aunque todo parezca simbólico o alegórico. Se sabe (no es un dato menor) que Kafka era buen jinete, nadador, vegetariano, nudista, naturista. Por lo general sólo nos recuerdan que murió a los 41 años, tísico. Tuvo una fuerte enemistad con la alopatía, estaba signado por la preocupación social y (esto jamás se dice) una sincera simpatía hacia el anarquismo de Kropotkin. Tenía diferencias con el sionismo y un judaísmo bastante singular, edificado ante una ecuación casi agnóstica y el de pertenencia a una cultura fundamental.
Siento que es importante recordar una vez más Terezin. Esta era una pequeña ciudad checoslovaca ubicada a unos 60 kilómetros al norte de Praga. En 1942 sus cuatro mil habitantes fueron evacuados y la ciudad se convirtió en un ghetto. En pocos meses fueron hacinados ochenta mil judíos. En rigor era un campo de tránsito hacia las cámaras de gas de Polonia. De Terezin los nazis hicieron un “ghetto modelo”, e incluso rodaron películas donde se veían orquestas, escuelas, gente paseando por las calles. Fue una farsa creada para mostrar a la Cruz Roja el buen trato que existía hacia los judíos. “Estoy en un rincón, y miro a la ventana. Allí donde el corazón es separado del corazón”. Esto lo escribió Hanus Hachenbulrg (1929-1944), una de las tantas criaturas condenadas por el nazismo. Sobre simples hojas de papel los niños de Terezin dejaron un testimonio en dibujos y poemas.
Uno recuerda a aquellos pintores, panaderos, mecánicos, torneros, cepilleros, tipógrafos, carreros y demás oficios elevando la ética por encima de lo infame, del oportunismo, de lo populachero, de lo burocrático. Cuando camino por las calles de Barracas o de Avellaneda los evoco. Siempre.

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