Opinión

La duración de la razón en las olas

| 27 de julio de 2009
La extrema tensión de un cuerpo que ensaya a través de la escritura la huida de la locura o de la muerte, que en el caso de Virginia Woolf (1882-1941) es lo mismo, se ve con claridad plasmada en su obra. Al hilvanar poco a poco cada uno de sus libros, nos invade la inmensa conmoción de estar frente a una de las más grandes artistas y escritoras de habla inglesa de su tiempo y de todas las épocas y frente a la más perturbadora mujer que pudiese conocerse, no sólo por su vasta cultura y su gran inteligencia sino también por su constante desobediencia a lo establecido. Transgresión no sólo cifrada en su actitud literaria e intelectual, o hacia costumbres victorianas de “señoras inglesas”, sino hacia convenciones y roles sexuales, que si bien  en ciertas clases sociales inglesas tenían más aceptación que en otras sociedades europeas, tampoco eran tan comunes, ni de aceptación, como la que apreciamos en nuestros días.
Cuando Virginia Woolf tiene 13 años pierde a su madre; muy poco tiempo después a su hermana Stella. Éste será el comienzo de su vida como escritora, por lo menos desde que se sabe que empezó su diario de vida. Y el comienzo, también, e inscripción en la corriente del tiempo de las “escenas” de un “cuerpo escindido”, como diría Cecilia Sánchez, a partir de la muerte, la guerra y la lucha contra la locura. Su vida y su obra son ese intento de ir al encuentro de los sucesos en tiempos bergsonianos, que le darán el peso a la corriente de la conciencia,  y que plasmará en sus libros como una búsqueda de sí misma, de su madre, de su ser mujer, de su pensamiento de mujer. El grupo de Bloomsbury fue un gran acicate en ese sentido. Este grupo de “barrio” logró configurar un pensamiento que aún en la diversidad lograba identidad, tanto en sus posturas intelectuales como existenciales; identidad que legó hasta hoy especialmente a la sociedad inglesa. Virginia Woolf podía hacer convivir ahí su timidez con su asertividad, genialidad y también con su difícil emocionalidad. Recordemos que en el grupo de Bloomsbury también participaban su hermana Vanessa, y, hasta su muerte, su hermano Thoby. Esta mujer, que jamás fue a la Universidad, junto a su marido Leonard, dirigirá la prestigiosa editorial Hogarth Press (1917-1938), que aún en tiempos de guerra se esforzó por publicar a escritores y poetas de la Inglaterra de los años 20.
Cuando se piensa en las mujeres en general, así como también en las escritoras, intelectuales y artistas en particular, no podemos dejar de pensar en Virginia Woolf y en Simone de Beauvoir. Con respecto a la Woolf, que es lo que nos llama ahora, somos eternamente deudoras de este giro copernicano: se necesita dinero y un cuarto propio “para poder tener una vida”, como dice Amelia Valcárcel, haciendo referencia a la igualdad como eje primordial de la existencia humana. Necesitamos dinero y un cuarto propio, esto es lo primero. Luego, el conocimiento nos proporcionará poder. Hemos llegado a ser ilustradas y a tener voto; caminamos hacia más igualdades, pero, en rigor, en más de la mitad del planeta aún las mujeres no tenemos ni una habitación propia, ni un solo peso, ni una vida ni, menos aún, una biblioteca propia. Sin embargo, lo que quiero hacer notar es que somos deudoras eternas de Virginia Woolf por el solo hecho de haber no sólo intuido este problema sino por haberlo conceptualizado y convertido en “programa”.
La persistencia en la vida es una verdad incontestable, sin embargo, a Virginia Woolf se le instala el horizonte de la muerte. Esta instalación, como todo enfoque de la razón ilustrada, requería de un ensayo, ensayo que realizó dos o tres días antes de su muerte, en el mismo río Ouse. Así leo el episodio de sus ropas mojadas en la sala días antes del suicidio, y la interpretación posible de que ella se dio cuenta, en este experimento, de que necesitaba unas piedras en los bolsillos, por lo tanto, una chaqueta que las contuviera, etcétera. Así como se debe ser fiel a la corriente de la conciencia y a la duración de la razón en el caleidoscopio del tiempo, así también la razón irá cual faro iluminando el horizonte de ese ser para la muerte. Y es en esta corriente de la conciencia donde elige dejarse llevar para morir. El río es también una elección sorprendentemente cuerda, no sólo coherente con su idea del tiempo sino que conceptualmente irrefutable en su opción existencial del “no nos bañamos dos veces en el mismo río”: el río en el que muere no es el mismo en el que ha ensayado morir. Quizá la carta a Leonard Woolf es la mejor prueba de lo dicho.
Asimismo, la guerra, ese oficio de los que tienen vocación para matar, fue una experiencia que Virginia Woolf sobrellevó muy  duramente. Amante de Londres, como todo ciudadano o ciudadana inglesa, los bombardeos y la destrucción le van escindiendo su ser. En una carta, a su amiga Ethel Smyth, fechada, (¡vaya fecha¡) el 11 de Septiembre (1949), dice: “Lo que me conmovió y desgarró mi corazón en Londres, fue la anciana mugrienta en la parte trasera de la pensión, sucia después del ataque aéreo y preparándose para resistir otro… Y además, la pasión de mi vida, es decir la ciudad de Londres…Ver Londres desventrada, eso también desgarró mi corazón”.
En este ensayo, Una Habitación Propia, este río empieza como una corriente más o menos tranquila a imagen del Támesis. Es el ir recorriendo las bibliotecas, los autores, paso a paso, autor por autor, libro por libro, hasta darse cuenta de que ese proceso, esa corriente que es instantáneamente la única posible, no tiene nada, o tiene muy poco que ver con ella. Cuestión que a cualquier niña y mujer le ha pasado, aún hoy, si ha estado en una biblioteca en busca de información. Esa extrañeza ante una cultura que ha sido conformada mayoritariamente por otros es a lo que Virginia Woolf responde con este ensayo maravilloso. Y con su muerte.
No tendremos una vida mientras no tengamos nuestra propia biblioteca. Esta es nuestra conclusión leído este ensayo en clave contemporánea. No sólo aspiramos a ser sujetos de contrato social, a romper el “espacio de las idénticas”: aspiramos a tener poder. Este es el primer asunto de Una Habitación Propia: para que la civilidad no siga siendo un pacto entre ‘Horacios’ no podemos seguir siendo “vergonzosamente ignorantes”. Virginia Woolf nos abrió un camino hacia la lucha por la libertad de “hacernos”; por seguir nuestras propias sendas sin “sacrificar un solo pelo de tu concepción, un matiz de su color”, en deferencia a nadie. Este acceso al ser-para-sí es el que nos posibilita este genial ensayo, que empieza por preguntarse por la relación entre ser mujer, escribir novelas y tener una pieza para una misma.
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