Opinión

Don Felipe Sagastuy en Balcarce: sus recuerdos vascos

| 20 de enero de 2010
Felipe Sagastuy es descendiente de vascos, reside en Balcarce en cuya casa cada elemento semeja poseer una menuda historia peculiar: su papá, Marcelino Felipe Sagastuy, y su mamá, Herminia Menéndez, lo alimentaron en el sagrado valor de la palabra empeñada –“palabra de vasco”– y la nobleza humana de “palabra de honor”. “Cuenta Don Felipe que su padre ‘vino de España y fue a Miramar’ a trabajar en un ‘tambo’ como buen vasco que era”, leemos en ‘Los vascos en Balcarce’, número Especial de colección de La Vanguardia (periodismo de primera línea) de Balcarce, 22-23 de agosto de 2009. Su padre nació en Barakaldo, cerca de Bilbao. Él vino solo, porque no quería hacer el servicio militar, después los llevarían para la guerra y entonces quién sabía lo que pudiera acontecer. “Mi padre en su viaje trajo consigo a su abuela, con noventa años –confiesa nostálgicamente–. Y en Miramar se encontraba una hermana mía. Hasta 1933 fue ‘puestero’, siempre trabajando con mi hermano a la par que con mi papá. Al tiempo nos fuimos a Los Pinos a trabajar en una ‘chacra’, y así fue como conocí a mi señora, María Luisa Pasoni, que era de acá, de Colonia Serena”. “En realidad –apostilla–, mis primeros pasos, laboralmente hablando, fueron con Roberto Ioco, con quien estuve dos años. Y más tarde, pasé por varios empleos diferentes, pero casi siempre en el campo”.
Don Felipe Sagastuy atesora en una chiquita alacena cartas y reconocimientos con los que ha sido recompensado durante su vida. El ‘Rotary Club’, por ejemplo, le entregó, por su esfuerzo y solidaridad, un diploma “a la madurez activa”. En el “Centro Vasco de Balcarce” el señor Sagastuy, cuando está disponible, ayuda a cocinar comidas típicas así como también ayudar en otras actividades propias de la entidad. “Nosotros, los vascos –sostiene en sano orgullo– mantenemos un criterio con la palabra; no precisamos un papel para cumplirla, ningún documento, pues lo que se dice es ley”. “Mi padre –añade– hacía los negocios verbalmente, y así todo se respetaba. Así crecí y así aprendí del viejo esos valores que, aunque nunca me los enseñó, me los transmitió con su don de gentes y sus ejemplos en la vida”.
Con sus ochenta y ocho años, a Don Felipe claro que le hubiera gustado pisar el suelo donde nació su padre, mas ahora ya lo considera muy difícil. “Con el padre Germán hicimos parte de los pueblitos de San Agustín, Los Pinos, Tres Esquinas y El Capricho y Ramos Otero, donde construimos una capilla”. Cuenta cómo el padre Germán recibía marcos alemanes que destinaba por completo a la caridad y a las obras propias de las comunidades rurales. En el diario La Vanguardia –merced a la amorosa gentileza de Marita di Marco, dulce y dorada balcarceña, quien puntualmente nos lo remitió a Susana Beguiristain, su tía, y a mí –puedo contemplar varias fotografías de la época: los padres de Don Sagastuy en el pueblito de Los Pinos; con el presidente Illia en una visita a Balcarce; una reunión de la familia Sagastuy; con el joven intendente –alcalde de España– que todavía era, el señor Pérez, además de la más reciente en que Don Felipe se halla sentado ante la mesa del saloncito sobre la cual reposan papeles y recuerdos, nacidos de su pasión por el espíritu y los libros acerca de la inmigración vasca en Argentina.
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