Opinión

Depresión

| 16 de agosto de 2010
-Usted está gravemente deprimido- me ha dicho el psiquiatra, agregando que es debido a la acumulación de estrés, durante largo tiempo… ¿Cuántas horas trabaja al día? ¿Once?, mucho para su edad… ¿Bebe?, ¿fuma?... Bebo, cerveza y vino tinto, sí, a diario, después de la jornada, puedo recomendarle el bar Marabú o El Quijote o el Amigo… ¿Qué deportes o ejercicios practica? Camino, sesenta o setenta cuadras diarias… Caramba, eso está muy bien. ¿Y la actividad sexual?... Dos veces por semana, esté o no mi mujer conmigo… No haga bromas con eso. ¿Fuma?... No, nunca lo he hecho habitualmente, porque soy asmático, como Voltaire, como el Che Guevara… Marihuana, raras veces; no me produce mayor placer que un trago bien conversado. (Las propiedades alucinógenas del cáñamo índico son una invención de don Ramón del Valle Inclán).
-Mi amigo, debe tomarse unas buenas vacaciones, de preferencia lejos de Santiago… La montaña le vendría bien, veinte o treinta días… ¿Y quién me paga?, ¿quién procura el sustento de la familia en el intertanto? Sabe doctor, a mi tío Julio le encontraron lo mismo, cuando cumplió los sesenta (yo voy para las siete décadas, en febrero próximo). El médico de marras le recetó una temporada en el Caribe, dos meses de arenas blancas y transparentes y tibias aguas marinas, y alguna mulata, si la fortuna le acompañaba… Mi tío se largó de casa, una tarde de enero, diciendo que iba a comprar cigarrillos (aunque tampoco fumaba). Regresó diez años después, encorvado y canoso, con un color tostado natural de playa permanente y una barriga generosa, sin un peso en el bolsillo, preguntando por la familia como si hubiese partido hacía un par de horas. Sanó de la depresión pero quedó viudo de viva, porque su mujer le puso de patitas en la calle… Tío Julio murió de cirrosis, dos años más tarde… Un clavo saca otro clavo.
-Bueno, ¿quiere que le curse una licencia por veinticinco días?... Sí, hágalo (y pensé negociarla, es decir, cobrar su exiguo valor y aprovechar esos días en otro trabajo adicional)… Tiene que visarla en el consultorio que corresponde a su domicilio, porque usted es “adulto mayor”, y esta anomalía psíquica –más que enfermedad– la cubre ahora el plan Auge… ¿Querrá decir usted que la locura está en auge y llegará pronto a su apogeo?... No siga con sus bromas de mal gusto. Usted tiene un humor más bien negro, propio de los deprimidos crónicos o soturno-melancólicos… Es la retranca, doctor, el humor gallego que heredé de mis ancestros paternos, herramienta que permite sobreponerme a las miserias cotidianas; si no, hubiese optado por el suicidio… Pare, por favor, ni siquiera mente esa palabra terminal y nihilista.
-Voy a extenderle una receta. Los medicamentos se los darán en el consultorio, una vez que regularice su inscripción. Ah, y no puede beber, ni cerveza ni vino ni nada; de lo contrario, arriesga una reacción traumática… Doctor, con todo respeto, ahórrese los fármacos. Esto se cura con tinto del bueno, amigos y conversa hasta medianoche… Entonces, ¿para qué vino a verme?... Para la licencia, que es dinero contante en este caso… No me parece ético… Mire doctor, de moral hipocrática ni hablar aquí. Atengámonos a los hechos: ¿padezco o no una depresión severa?... Ya se lo dije. Es así… Entonces, haga usted lo suyo, que la mejoría la buscaré yo. Buenas tardes.
Me vine caminando al Marabú, para hacer hora, pues los parroquianos del dominó llegan a las 19:30 horas. Eran cincuenta cuadras. Llegué a tiempo, faltaba un jugador para el cuarto a dos parejas. Estuve brillante. Jugué con Lito, el hombre eléctrico. Derrotamos en cinco rondas consecutivas a Manolo, el leonés y a su compañero, Arturo el parroquiano… Lástima que no se juega dinero, porque habría pasado al súper antes de llegar a casa, donde el refrigerador luce más vacío que las noches de luna en el desierto de Atacama.
Llegué tarde. Mi mujer refunfuñó, soñolienta: -¿Cómo te fue con el doctor?... Bien, le dije, traigo una licencia por casi un mes… ¿Te vas a quedar en casa?... No, tengo pega nueva… ¿Te dieron remedios?... Los rechacé, prefiero mi propia terapia… Algo no reproducible estalló en el frío hálito de la noche.
Dormí bien. Utilicé la técnica de mi padre contra el insomnio: Imaginar un camino de campo, en un lugar ameno, observar las pircas que lo flanquean, mirar los árboles, sentir la brisa en el rostro, adivinar el nombre de los pájaros que cantan… Soñé con el psiquiatra, bebiendo con él en una taberna aldeana. El médico estaba completamente ebrio y alegre, hablaba en un gallego con acento ferrolano, se llamaba Francisco Bahamonde (mi inconsciente tachó, de seguro, el apellido Franco, ahorrándome con dos sílabas una virtual y atroz pesadilla). Desperté animoso. Bebí dos mates y me lancé a la calle… Quizá el nuevo trabajo no resultaría más tedioso de lo habitual...
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