Opinión

Débil democracia rusa

| 11 de marzo de 2008
Cuando más de un 70 por ciento de los votantes elige democráticamente a un presidente, el resultado es tan abrumador y legítimo como inquietante. Y cuando la participación electoral supera el 60 por ciento, lo incuestionable también da paso a lo impredecible. Es lo que acaba de ocurrir en Rusia con la reciente elección de Dmitri Medvedev como presidente.
Medvedev, un ex agente de los servicios secretos rusos, herederos de la KGB soviética, y ex presidente de la poderosa estatal energética Gazprom, fue seleccionado por el hasta ahora presidente Vladimir Putin como candidato oficialista cuando ocupaba el cargo de viceprimer ministro, en septiembre pasado.
Desde entonces, se descontaba la más que segura victoria de Medvedev en las presidenciales del pasado 3 de marzo, siendo señalado como el delfín político de Putin. Sin rivales, algunos inhabilitados judicialmente y otros retirados por propia voluntad, acusando la falta de transparencia electoral.
A pesar de ser señalado como el delfín de un Putin que ahora se encargará de dirigir la nación como primer ministro, Medvedev es una enorme incógnita para los rusos y para Occidente. Esta incógnita se acrecienta ante el impredecible futuro que le espera a Rusia bajo su mandato, hasta el 2012.
Las recientes elecciones presidenciales rusas legitimaron por el voto popular el casi autocrático sistema de poder instaurado por Putin desde el 2000, cuando también fuera elegido como presidente. Una elite en el Kremlin que recupera la batuta de poder de la ex KGB, vinculado con nuevos oligarcas y barones de la economía, especialmente en los sectores energéticos y de telecomunicaciones, que configuran el poder de la Rusia actual.
Se presume que Putin seguirá ejerciendo el poder con un Medvedev en un enigmático papel de ‘títere’. No obstante, la política rusa tiende a las sorpresas, toda vez el nuevo presidente pueda construir ciertas redes de poder que afecten a su protector Putin.
Así, es tan posible la concreción de un eje Putin-Medvedev como la posible presencia de una fuerte lucha por parcelas de poder en el Kremlin que involucre a varios sectores, incluyendo los militares, los servicios de seguridad y los oligarcas. Un militar retirado advertía a finales de 2007 de la posibilidad de presentarse una ‘guerra civil’ o de una ‘dictadura militar’ en la Rusia de los próximos años.
Especulaciones aparte, nada parece vislumbrar un cambio de orientación en la Rusia de Medvedev. Se afianzará la noción de recuperar el poder global ruso a través de dos vertientes clave: la energía y los imperativos geopolíticos y militares.
Rusia balanceará su política exterior de cara a Occidente con la concreción de alianzas en Oriente, tales como China, India o Irán. Más delicada puede ser la relación con EE UU si la OTAN consuma su política de ampliación de cara al espacio ex soviético, especialmente Ucrania y Georgia. Así, Medvedev y Putin estarán muy pendientes de quién será el próximo presidente en la Casa Blanca.
La economía rusa, sumamente dependiente del petróleo y el gas natural, estará sometida a los imperativos de los precios del mercado, perspectivas muy favorables con un barril de crudo que supera los $100. Moscú conoce el poder que supone la energía como elemento de chantaje político, tal y como se ha observado en los últimos años en torno a la relación entre Rusia y Europa.
Los escenarios mencionados suponen una posible recuperación del poder ruso pero un preocupante futuro para la democracia y los derechos civiles en este país, a pesar de la legitimación democrática en las urnas de Putin primero y ahora Medvedev. Con ellos se cierra la primera etapa de la Rusia post-soviética y comienza otra, compleja y enigmática.
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