Opinión

Chistes de gallegos

| 06 de junio de 2008
Hace muchos años me ocupé del tema. Por radio y en medios gráficos. Estoy hablando de 1983. Haremos ahora –si es posible– sin demagogia, sin patriotismo, sin golpes en el pecho, un análisis un poco más profundo.
Cuando era estudiante del profesorado en Letras no sólo leía los textos de literatura clásica, también estudiaba textos marxistas. Entre ellos el célebre ¿Qué hacer? de Lenin. Allí, marcaba con claridad el pensamiento reformista de los obreros, criticaba al sindicalismo reformista, cómo esa actitud reformista contribuía al reforzamiento de la sociedad burguesa. Un claro ejemplo se advirtió en Mayo del 68 cuando al haber alcanzado un aumento de salario los obreros regresaron satisfechos a sus fábricas. Parece que no se lo entendió o no se quiso ver. Ocurre lo mismo con muchas cosas.
Es importante que sepa, amigo lector, que no me gustan los chistes. Ni de gallegos ni de judíos ni de polacos. Ni verdes. A veces, alguno que tenga relación con lo político o lo religioso. Debe ser fino, medido, sutil. No admito la grosería. En nada. Mucho menos si se muestra hiriente, mezclando la saliva con el sarro.
Este es un territorio donde de manera solapada (a veces más amplia) existe la discriminación: xenofobia, racismo, homofobia. Un territorio que vive de estrategias mezquinas, de dilaciones permanentes. Un país donde sus gobernantes empastan todo. Repiten, pegotean, ocultan. Y humillan. Monólogos difusos, respuestas de mala fe, orgullo y fachada. Corrupción. Se farfulla la historia, la tozudez, el modernismo falaz. Continuamos con el cuento de la Buena Pipa, jugando al Gran Bonete, al Martín Pescador. Sin rumbo. Un país lacerado, macerado. De manera vertiginosa crece el despropósito, el caudillismo, la zancadilla. Sin rumbo, como la novela de Cambácères. Indigencia, tumulto, hambre, violación. Y deseos imaginarios, delirios místicos, mitos que se repiten como evangelios. Corrupción, tristeza, soledad. Monólogos y susurros; calamidades. Una síntesis donde conviven restaurantes de lujo y ciertas migajas del primer mundo con villas miserias. A metros de distancia. Prejuicio, miserias, estupidez. Barrios empobrecidos donde el narcotráfico hace lo suyo. Una población de esperpentos. Y la buena gente sin saber qué hacer, cómo ganarse el pan. En el fondo voracidad de poder, eufemismo, índices de inflación fraguados, índices de pobreza distorsionados. Victorias pírricas, un catálogo de infamias: estatuas robadas y mutiladas, discursos moralizantes.
Hemos recibido la peor inmigración. El gallego que llegó a estas tierras venía con siglos de caciquismo, pobreza, humillación, hambre. Analfabetos la mayoría, golpeados por el dolor, el destino o la injusticia social. Así era mi familia; mis tíos, mis primos, mis abuelos. Pero simétricamente hombres y mujeres con una sabiduría interior, con ternura, con bondad. Esforzados, trabajadores, humildes. Son mis blasones: entre la sumisión y lo irracional, desde el pensamiento mágico hasta la tortilla de patatas, desde la pasión hasta la saudade. Verdad, escribió Nietzsche, es lo que nos interesa.
Expectante y vigilante lector, ahora a este territorio le sumamos la industria cultural, lo burdo, lo chabacano, la vulgaridad. Y la estupidez, la ignorancia. El best-seller, el fabricante de best-seller. No más editoriales, fábricas y negocios de productos. No importa cómo. Entonces surgen personajes como Ricardo Parrota, seudónimo de Pepe Muleiro. ¿O es al revés? Personajes huecos, superficiales, inventados para una sociedad hueca, superficial, empobrecida. Indolencia e ignorancia, miserabilidad ortodoxa. Una ideología estomagante que consume una televisión basura, una política basura, una patología sin límite. Estos seres, como tantos otros de nuestra sociedad, ocupan cargos, horas en programas radiales o televisivos, fotografías, ventas de libros. Pepe Muleiro es producto de esta sociedad. Hay millones de Pepe Muleiro. Hay millones de argentinos que compran best seller y creen que ese libro tiene vinculación con la literatura. Más claro. ¿Quiénes compran esos libros? ¿Por qué se venden? Hay millones de Muleiro en el mundo. Es parte de la globalización, de la desmemoria, de la sórdida cultura. Se piensa con el celular, la tecnología, la rapidez o la mofa. El humor desde la vacuidad y lo mediocre. Negocios, circularidad repetitiva, almíbar y chovinismo, declive.
No se enteraron cómo se vive en Galicia, cuál es el nivel cultural, la educación, la sanidad, su historia milenaria, los progresos inimaginables. Una gran mayoría de esta pobre sociedad cree que la Galicia de hoy es aquella de principio del siglo XX, con la imagen de aquel desdichado que tuvo que dejar su tierra, su azada o sus redes marineras para vivir en una ciudad pujante. Podía trabajar de mozo o en el puerto. Así lo hicieron mis abuelos, mis padres. Es tan grande nuestra enajenación que nos burlamos del paraguayo, del chileno, del boliviano. Del misionero o del correntino.
Si, verdad, hay chistes también sobre los argentinos. Dije: no me interesan los chistes. Tal vez por haber estudiado en Freud y la relación del chiste con el inconsciente. Tal vez porque soy hijo de gallegos exiliados, porque viví de niño necesidades, porque mis mayores la sufrieron. O porque mi padre no leyó a Lenin y sí al príncipe Kropotkin. Y se hizo anarquista. Porque mi madre amaba las plantas y los atardeceres. Son muchas las opciones.
Algo que no pude mencionarle cuando hablamos, don Emilio. No pierda tiempo al tratar estos temas con nuestros gobernantes. La cultura de ellos pasa por la mala oratoria parlamentaria, por tragarse el sapo, por el best seller,  por el reality show, por contar chistes de gallegos.
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