HIJO DE EMIGRANTE GALLEGO, MANUEL MARIÑO REIMMAN VISITA POR CUARTA VEZ A SUS FAMILIARES EN VIGO

De Chile a Galicia por razón de sangre

‘La sangre tira a la tierra’ y si no que se lo pregunten a Manuel Mariño Reimann, hijo de gallego emigrado a Chile a principios del siglo XX, quien, aprovechando su estancia en España para asistir como conferenciante a una Cumbre celebrada en Sevilla, no dudó en acercarse a Vigo para reunirse por cuarta vez con unos familiares a los que el destino permitió sortear con fortuna la pobreza que despobló Galicia entre finales del siglo XIX y mediados del XX.
De Chile a Galicia por razón de sangre
Manuel, con su esposa, y con la nieta y la nuera que residen en Chile.
Manuel, con su esposa, y con la nieta y la nuera que residen en Chile.

‘La sangre tira a la tierra’ y si no que se lo pregunten a Manuel Mariño Reimann, hijo de gallego emigrado a Chile a principios del siglo XX, quien, aprovechando su estancia en España para asistir como conferenciante a una Cumbre celebrada en Sevilla, no dudó en acercarse a Vigo para reunirse por cuarta vez con unos familiares a los que el destino permitió sortear con fortuna la pobreza que despobló Galicia entre finales del siglo XIX y mediados del XX. Dos primos y unos cuantos sobrinos-primos es todo lo que conserva al otro lado del Globo, pero visitarlos le reconforta porque le hacen la estancia “muy agradable”.

 

Manuel Mariño García –padre de Manuel Mariño Reimann– llegó a Valparaíso (Chile) en 1909 cuando Galicia no era más que un lugar remoto de la Península Ibérica condenado a ‘espallar’ por América a buena parte de sus habitantes. Tenía 18 años y el deterioro de la economía agrícola, unido a la caída del sector industrial, le empujaron, como a otros muchos por aquella época, a emprender la ‘huida’. En la ciudad de Limache le esperaba un conocido que, nada más llegar, le proporcionó lo que más faltaba en Galicia: trabajo. Y fue precisamente en esa ciudad de la región de Valparaíso donde se instaló y conoció a la que sería su esposa, con la que tuvo dos hijos: Manuel y Leonardo. Llegó a trabajar en la compañía chilena de tabacos y, posteriormente, ejerció como comerciante.
La vida de Manuel Mariño fue similar a la de tantos otros emigrantes gallegos que se vieron obligados a dejar su entorno para vivir una vida más digna. Falleció a los 97 años y durante ese tiempo tuvo la oportunidad de retornar a Galicia en una ocasión. Ocurrió en 1954, para ejercer como padrino en la boda de su sobrino Alfonso.
Coincidencias de la vida, un siglo después de su partida hacia Chile, su hijo hacía el viaje a la inversa para dejar constancia, una vez más, de que el gallego emigra por obligación y que la ‘morriña’ que define su carácter responde a algo más que a un estereotipo inventado.
Sin embargo, 2009 no fue el primer año que este hijo de gallego visitó la patria de su padre –su madre era de origen alemán– para reunirse con sus familiares. En 1954, tras la estancia de sus progenitores, ya se había acercado a una de las regiones por aquel entonces más olvidadas de España para conocer a su tío, Emilio Mariño García –residente en el barrio vigués de Cabral– y a sus primos, entre los que menciona de un modo especial a ‘Suso’, el poeta. El viaje lo hizo en barco y desde la estación marítima de Vigo hasta Cabral tuvo que echar mano del tranvía. Recuerda que se apeó en el Puente de Cabral y que allí preguntó por su tío Emilio, al que la gente no conocía sino por su apodo: ‘O Caduco’. El encuentro en la casa del molino fue emotivo y se repitió otra vez en 1970.
Por entonces, Galicia todavía era como se la describía su padre: verde, muy verde, y casi tan pobre como la había dejado. Y si bien es cierto que todavía hoy conserva esa característica en el paisaje, la evolución que experimentó en los últimos años ha dejado un poco asombrado a este ingeniero especialista en electricidad. “Esto ha progresado tanto que es muy distinto a lo que me contaba mi padre”, asegura.
A sus casi 85 años, Manuel fue invitado a participar como conferenciante en la I Cumbre Iberoamericana de Antiguos Alumnos de Universidades, que se celebró los pasados días 25 y 26 de noviembre en Sevilla. A ella asistieron responsables de asociaciones de antiguos alumnos de diez nacionalidades (España, Portugal, Chile, Uruguay, Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y República Dominicana) con el objetivo de promocionar, fomentar y difundir la cooperación entre las asociaciones de antiguos alumnos de las universidades españolas, portuguesas y latinoamericanas.
La invitación a quien actualmente ocupa la Vicepresidencia de la Junta Directiva de la Oficina de Ex Alumnos creada dentro de la Red de Ex Aumnos de la Universidad Técnica Federico Santa María de Valparaíso se fraguó, precisamente, con motivo de la visita que realizó a Galicia en 2009 y gracias a la mediación de su sobrino-primo Ángel Manuel, profesor de la Universidad de Vigo, quien le puso en contacto con responsables de la institución académica para que les explicara el trabajo que desarrolla esta Oficina. Se trata, según cuenta Manuel, de una experiencia “pionera” que, a buen seguro, servirá para proporcionar ideas ante la creación de la Confederación Iberoamericana de Antiguos Alumnos, que se presentará en 2012 en el Encuentro de Jefes de Estado y de Gobierno Iberoamericanos que tendrá lugar en Cádiz.
Su paso por la ciudad del Guadalquivir le dio la oportunidad de acercarse una vez más a Galicia para visitar a los dos primos que todavía viven: Eugenio y Alfonso, y a sus sobrinos-primos que, según cuenta, le hacen la estancia “muy agradable”. Tanto es así, que el año próximo piensa regresar, pero en esa ocasión, acompañado de su esposa, de raíces cántabras.
Mariño Reinmann, quien presume orgulloso de su dobe nacionalidad, trabajó veinte años en la Compañía Chilena de Electricidad, de la que llegó a ser gerente y, tras un máster en Economía Internacional que realizó en Estados Unidos, se integró en el Banco Interamericano de Desarrollo. Es por eso que buena parte de su vida la pasó en el extranjero: República Dominicana, Honduras, Colombia, EE UU y Singapur.
Por el camino fue dejando a algunos de sus hijos (tiene cuatro) que, “en edad de enamorarse”, decidieron emprender una vida independiente. A ellos –que “tienen pasaporte español”, recuerda– les habla de Galicia, ese pequeño ‘terruño’ con vistas al mar del que también proceden y al que quiere que se sientan tan vinculados como él. Es por eso que Manuel forma parte de la junta directiva de la colectividad gallega creada en torno al Estadio Español de Valparaíso, donde se realizan actividades para mantener viva la cultura de Galicia. Es por eso que también figura entre ese puñado de residentes en el exterior (un 4,94%) que en las pasadas elecciones generales celebradas en España, y a pesar de la incomodidad del voto rogado, cumplió con su derecho de ciudadano para dejar bien sentado que el arraigo del gallego no se diluye al cruzar el océano.
A un día de emprender el viaje de regreso, desde nuestra redacción, contempla las Islas Cíes y recuerda una vez más a su padre. “Él me decía que se despidió de Galicia desde las Cíes”, comenta. Por eso, cada vez que viene a su otra patria, Manuel siempre se asoma al mar.