Opinión

No sólo hubo Pessoa en Portugal

No sólo hubo Pessoa en Portugal

El 2 de julio se cumplió una década de su fallecimiento. Y Portugal y el mundo sintieron confirmarse su presencia. Porque Sophia de Mello Breyner Andresen, nacida en Oporto en 1919, fue y es la gran dama de la poesía portuguesa pero también, qué duda cabe, uno de los grandes poetas europeos del siglo XX. Inició en Lisboa, para interrumpirlos, estudios de Filología Clásica. Supo usar bien la prosa, pero lo suyo fue el más alto lirismo, con decenas de libros publicados. Después de la larga noche de Salazar y sus secuaces, recuperada la democracia con la luminosa “revolucion de los claveles”, ejerció mandato popular en la Asamblea Legislativa. Tradujo a Claudel, Dante, Shakespeare y Eurípides, ninguno de los cuales deja de serle significativo. Y tradujo también, para Presses Universitaires de France, a cuatro grandes poetas lusitanos: Camoens, Cesário Verde, Mário de Sá-Carneiro y Fernando Pessoa.

En su escritura, sucinta y clara, medida y contagiosa, como en la indeleble luz mediterránea de aquellos griegos que tanto amó, la belleza y la justicia no resultan más que una sola, misma musa. Para probarlo, basta saborear esa transparente y lúcida Arte poética leída en Lisboa el 11 de julio de 1964, en plena dictadura, al recibir el Gran Premio de Poesía atribuido por la Sociedad Portuguesa de Escritores. Muy pocas veces ha sido dado poner de manifiesto, tan nítidamente, la dignidad de la poesía, la ineludible conjunción de la belleza y la verdad: “Quien busca una relación justa con la piedra, con el árbol, con el río, es necesariamente llevado, por el espíritu de verdad que lo anima, a buscar una relación justa con el hombre. Aquel que ve el espantoso esplendor del mundo es lógicamente llevado a ver el espantoso sufrimiento del mundo. Aquel que ve el fenómeno quiere ver todo el fenómeno. Es apenas una cuestión de atención, de secuencia y de rigor”.

Sophia resulta al mismo tiempo una antípoda y una prolongación del gran Pessoa, cuya figura va apareciendo poco a poco, cada vez más nítidamente invocada, en toda su obra. Hasta culminar en el largo y significativo poema Cícladas, donde ambos se confunden y conjugan. Se cumplía así en la poesía portuguesa del siglo XX un ciclo que, partiendo del resplandor sombrío del neopaganismo más o menos teosófico de Pessoa (a quien Sophia llama en ese poema “Viajero incesante de lo inverso”, “Viudo de sí mismo” y también “oh dividido”), evoluciona hasta llegar al radiante y solar paganismo –a la vez neocristiano y primitivo, si es que no panteísta– de la misma Sophia de Mello en cuya poesía, como una clara ética que alumbra lo sagrado, una luz de razón y una sed de belleza reviven lo mejor del sentimiento clásico y moderno.

Cada vez que releo el revelador ensayo dedicado por Pier Paolo Pasolini a su compatriota Biagio Marin (1891-1985), nacido en la muy pequeña isla adriática de Grado, poblada por honrados pescadores en cuya vieja lengua bella y ruda, el gradés, “todos los poemas de B. M. son en definitiva el mismo poema más o menos cercano a la fuente luminosa (deslumbrante) en que se forma”, no puedo dejar de intuir que algo similar podría llegar a aludirse de Sophia. Y no sólo porque ella misma nació y maduró asimismo en la plena luz de otro mar, que le trajo la serena nitidez de las cosas y los hechos naturales, hermanados aún con la belleza honesta de las formas creadas por manos artistas o artesanas, tanto como la divina limpidez del sueño griego, la luz de razón, la luz de la justicia que es sólo una con la luz de la belleza. Como sólo ella logró expresar tan vívidamente en su indeleble Arte poética, donde desde una simple manzana sobre un muro encalado contra el fondo del mar, o el ánfora esencial y milenaria de forma tan simple como eterna, forjada tanto en barro africano como heleno, la belleza sensualísima y pura se confunde, se hace una con la luz de otro sueño, la justicia, encarnada para siempre en el insaciable aullar de Antígona, la loba de la especie. “Y es por eso”. como bien dice Sophia, “que la poesía es una moral”.

No sólo hubo Pessoa en Portugal