Opinión

El Balbino que se quedó en Cuba

Manuel de Castro | 30 de noviembre de 2015

Es la primera vez, en 25 años de profesión periodística, que no escribo por obligación un obituario, de esos en los que, para salir del paso, repites con otra maquetación lo mismo que han escrito otros, con frases de exaltación carentes de riesgo que rellenan la necrológica del periódico. Yo he venido a escribir por la deuda que siento con Neira Vilas y con los lectores de ‘Galicia en el Mundo’.
Como está casi todo dicho sobre el que fue el más humilde de todos los grandes escritores de la historia de Galicia, me limitaré a decir lo que charlamos entre los dos y a recordar que no era (sólo) ese autor que cae bien a todo el mundo y que quiere agradar a todos, como si fuera un candidato prefabricado para ganar el favor de todo el espectro político que babea ante un televisor. Era también, aunque no se quiera hablar de ello, un hermano de la revolución cubana y un autor de denuncia de las injusticias sociales desde la primera página de ‘Memorias de un neno labrego’ hasta el día de su muerte. Balbino era rojo y no aplaudiría a muchos de sus aduladores actuales.
Un viernes por la noche, hace ya unos cuantos años, me llamó al teléfono de casa un tipo que dijo llamarse Xosé Neira Vilas. “Manuel, haz favor hombre, te leo desde hace años en ‘Galicia en el Mundo’; a ver si puedes enviarme una recopilación de todo lo que tienes sobre Cuba y Venezuela y luego hablamos”. Por supuesto, y en sentido estrictamente literal, le dije que se fuera a tomar por el culo y eso nos llevó a discutir acaloradamente sobre su identidad, pues pensé que era una broma que alguien como él se dirigiese a mí –que sigo siendo tan poca cosa pública como entonces– en esos términos. Le practiqué el tercer grado y le interrogué sobre un amigo común, Manuel, un médico cubano con ascendencia de A Estrada que se había sumado a la Revolución desde sus inicios, un médico de esos que al acabar la carrera en una Universidad pública, devolvió el favor atendiendo a desgraciados sin recursos en la selva nicaragüense, en lugar de meterse en la hipoteca de un chalé y las letras de un flamante coche, como hacemos por aquí al tiempo que convertimos la atención sanitaria en un negocio. Sucede que estos terroristas cubanos, organizados en la belicosa brigada Henry Reeve, son ciertamente astutos cuando se empeñan en desestabilizar el mundo.
De esa primera y sonrojante conversación telefónica surgieron sucesivas charlas para mí emocionantes e inolvidables. Sólo hablábamos de política, agitados y encendidos, hablábamos de Cuba y de las dificultades que existen en España para que un periodista escriba a favor de la isla. “Mandan las grandes empresas”, decía. Me desbordaba su frescura: era un niño, era paternal... Era comprometido, activista. Tenía más vidas que un gato, repartidas por cada país de adopción de los que hablaba como de ciclos completos, como algunas parejas que pasan por nuestras vidas y cierran un círculo sin resentimientos. Hablaba mucho de periodismo, de los periodistas y de los dueños de ambos.
Yo fui un niño más triste y desamparado que Balbino, y no tuve su magistral e instintiva conciencia de clase hasta la edad adulta, cuando empecé por reírme de mí mismo. Sólo me identifiqué con Balbino en su impenitente fervor romántico por las profesoras de juventud, como su Eladia. Dice Alonso Montero que ese momento trastabilleó al adolescente de Neira Vilas hasta hacerle, por un momento, convertir la conciencia en vergüenza de clase. Y esa enfermedad retrasó la revolución de Balbino, comenta con brillo Montero, como retrasó la mía propia.
En definitiva, pretendo reivindicar la figura de un Neira Vilas ocupado y preocupado por su conciencia de izquierda y la conciencia de Galicia como país. Baste su sonora, apabullante y estruendosa humildad y naturalidad como desprecio y ataque a la cara de toda esa farándula endogámica de culturetas engreídos que pasan más tiempo presentando sus libros que reflexionando sobre el sufrimiento que les rodea y tienen a tiro de piedra. 
A mi casa no volverán a llamarme para charlas tan nobles y didácticas, pero vaya por delante mi agradecimiento a Neira Vilas y a los lectores de ‘Galicia en el Mundo’ que me unieron a él.

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