Opinión

La casta se resiste a la inevitable catarsis regeneracionista

La casta se resiste a la inevitable catarsis regeneracionista

Una práctica demoscópica tan simple como auscultar la intención de voto directo de los ciudadanos en una democracia occidental ha puesto de los nervios a la actual clase política dirigente y despertado los deseos de regeneración y cambio, casi radical, de buena parte de la sociedad española, que ya no puede más con un estado de corrupción estructural que le impide avanzar ante la ausencia de una masiva inversión extranjera, en tiempos de tanta rentabilidad local, y la consiguiente creación de empleo estable; aspectos ambos que, desde la alarma en las cancillerías de nuestros principales aliados europeos, provocaron la súbita abdicación de nuestro anterior monarca junto a otras cuestiones más domésticas aunque no menos determinantes para su apartamiento, previo a la inevitable catarsis, para intentar a la desesperada, y no sin cierta improvisación, reformar el sistema desde dentro y evitar así que emerja un populismo de corte republicano.

La indecisión en su voto de unos diez millones de españoles es lo que realmente ha encendido las alarmas de la casta, o nomenklatura en argot soviético, si a eso se le suma una cifra disparada de abstencionistas que, en primera instancia, pueden ver en ‘Podemos’ ocasión para su ‘venganza’ con una clase política absolutamente insensible con los sectores sociales que más laceradamente están sufriendo en nuestro país los peores efectos de una crisis económica, que no remite por mucha propaganda que se empeñen en destilar quienes no están gobernando para la mayoría, ni siquiera de sus votantes y/o afiliados de clase media, más bien en su contra, con el peligro populista de derechas que eso conlleva para la democracia.

Esa alarma en la llamada casta se ha terminado de agravar con el cierre en falso de una más que precipitada intención de renovar el PSOE y la manifiesta incapacidad del PP de hacer ya mismo lo propio pese a contar en teoría con el banquillo de gente más preparada para, desde la moderación, presentar alternativas democráticas creíbles a un cuerpo electoral muy castigado desde La Moncloa por una intencionada estrategia de confusión en su mensaje y con la mentira vergonzante más burda desde Génova 13. Y que ha pillado a la autoritaria IU, por aquello del centralismo democrático, con el pié cambiado en cuanto a liderazgo y estrategia, precisamente cuando parecía haber vuelto su nueva gran oportunidad de no haber surgido ‘Podemos’ y el 15-M en su ámbito.

Si aceptamos que el 15-M catalizó un estado creciente de descontento y que ‘Podemos’ puede ser su primera expresión política y herramienta útil más a mano para hacer posible el cambio regeneracionista, en la clásica línea de Joaquín Costa, que ya no admite más espera por una pura cuestión de supervivencia para España, se podría concluir que la catarsis es inevitable ante el abuso de poder de las élites políticas surgidas de la Constitución de 1978, hasta el límite de ‘expulsar’ al extranjero a un gran número de jóvenes universitarios y profesionales, con la más absoluta falta de tacto y por unos intereses personales y de casta, que chocan frontalmente con los estratégicos del país al mermar seriamente lo mejor de nuestro recurso humano, en el que tanto dinero público se ha invertido por la sociedad en general, e hipotecar así un futuro de bienestar para todos.

Esa también falta de sensibilidad real, incluso desde La Zarzuela, es lo que da paso a un proceso natural de sustitución del modelo político –tan estudiado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense (UCM), de donde surge precisamente ‘Podemos’–, cuyo primer chispazo vimos hace más de tres años en la Puerta del Sol con el 15-M y que, a las primeras de cambio electoral, como los recientes comicios al Parlamento Europero, ya aparece con cierta forma y capaz de iniciar su andadura, por exigencia generacional primero y de toda la sociedad por inducción más adelante, con urgencia inmediata de reemplazos en las administraciones públicas y activación de la Justicia, ante la que dar cuenta inexcusable quienes han forzosamente de marcharse tras explicar su gestión.

Los líderes de ‘Podemos’, alguno destacado con tentaciones populistas de izquierda, pero surgidos todos de un área de conocimiento social como la política y la sociología a nivel teórico, saben perfectamente las fases y tiempos de ese proceso natural y, por ahora en solitario, avanzan en terreno más que propicio hacia un cambio pedido a gritos y que no puede esperar ante la paralización democrática de los grandes partidos en presencia por mor de unos intereses personales imbricados con la corrupción y que solamente sirven ya a sus fariseos porque ni siquiera a sus amos y patrocinadores, que ahora miran muy inquietos hacia otro lado en busca del recambio inaplazable como deja meridianamente claro el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre intención directa de voto de los españoles.

Los que desean el cambio regeneracionista ya aparecen como mayoría en progresión entre todos los estratos sociales, hasta el punto de que el PP (12,8% en intención de voto) sólo está a menos de un punto de ‘Podemos’ (11,9%), teniendo en cuenta que el CIS está en manos del Gobierno y que la realidad aún puede ser más ventajosa de lo que se refleja, luego de ‘ajustes técnicos’ convenientes para no alarmar demasiado cuando, al menos, las clases urbanas no se recatan en privado de decir que en las próximas elecciones votarán por el cambio del viejo al nuevo régimen que nos proponen, de forma única por ahora, estos jóvenes progresistas a falta de otras alternativas a la vista.

Lo que indica una tendencia irreversible hacia ese cambio, o inevitable catarsis, es el hundimiento del PSOE (10,6% a estas alturas) e IU (6,2%) así como el estancamiento-retroceso de UPyD (3,5%), lo que evidencia bien interpretado el dato que toca pasar página y jubilar de inmediato a la clase política de los últimos cuarenta años, tal como indica el relevo de Juan Carlos I por Felipe VI y de Rubalcaba, más que precipitadamente, por el profesor de Economía, Pedro Sánchez, al ser Susana Díaz consciente de sus muchas y propias limitaciones; no así Cayo Lara o Valderas respecto del joven Alberto Garzón, también surgido del 15-M aunque ahora tenga el corazón partido con ‘Podemos’.

Porque son precisamente jóvenes muy preparados en la Universidad, como los nuevos líderes Garzón e Iglesias en la izquierda y no sabemos todavía quien o quienes en el centro y la derecha, y en expectativa todavía sobre las demostraciones pendientes de la persona que ahora ocupa el Trono, los que piden paso para el protagonismo político de su generación, incluidos los forzados a emigrar, junto a su conocimiento y destrezas, en perjuicio de España. 

Es ‘Podemos’ el primer instrumento de cambio de lo viejo por lo nuevo pero ni será, ni debe ser, el único para evitar que muera de éxito si se encuentra prácticamente en solitario con los mandos del Estado desde una nula experiencia de gobierno por el enorme riesgo de reacción que eso entraña y unas prematuras decantaciones internas imprevisibles a que se pueda dar lugar mucho antes de lo esperado por presiones externas sobre la dinámica interna.

No obstante lo anterior y pese a su claro perfil de izquierda, ‘Podemos’ parece tener ya el 8,3 del voto centrista frente al que tienen el PSOE (9,9%) y UPyD (9,1%). Ganaría paradójicamente entre las clases altas y medias-altas (13,2%) frente al PP (12,3%), IU (6,2%), UPyD (5,7%), PSOE (5,1%) y ERC (4,8%). Pero es que empata con el PP entre los empresarios, altos funcionarios, altos ejecutivos y profesionales liberales, hasta ganar (13,3% en intención de voto) entre profesionales por cuenta ajena, cuadros medios, desempleados y estudiantes.

Los jóvenes desean votar más a ‘Podemos’ mientras los mayores de 54 años lo harían más por el PP y el PSOE, igual que los obreros no cualificados se inclinan más por el PSOE (20,6%) y PP (10,7%) aunque no tanto por ‘Podemos’ (8,3%), único segmento en el que por ahora esta formación no llega al 10% en intención de voto directo. Igual pasa con los analfabetos, inclinados más por el PSOE (22,4%) y el PP (14,9%). Y las clases medias empobrecidas PP (22%), PSOE (9,3%) aunque lógicamente aquí si se decante ya por ‘Podemos’ un 11%.

Por el contrario, los votantes con estudios de Enseñanza Secundaria (13,8%), Formación Profesional (16,1%) y Universitaria (14,4%) se inclinan por votar a ‘Podemos’ mientras recoge votantes fugados de otras formaciones políticas en los siguientes porcentajes: de IU (27,8%), PSOE (16,9%) y UPyD (16,1%), aparte de la abstención y los descontentos con un PP como partido en el Gobierno.

En principio puede parecer así que el supuesto ascenso de ‘Podemos’ no lo es a costa alguna del votante activo del PP aunque sí lo sea claramente de su fugado hacia la abstención en pasados comicios y por el desgaste lógico que supone gobernar en tiempos como los que sufrimos.

Las próximas elecciones municipales de la primavera de 2015, si antes no se adelantan las elecciones generales por el PP y PSOE visto lo visto, y las autonómicas simultáneas pueden revelar lo consolidado del estado del proceso de cambio y si, desde la madurez y la responsabilidad, las nuevas formaciones regeneracionistas son capaces de presentar candidatos solventes sobre la base de programas realistas aunque no estén exentos de atrevimiento y radicalidad con la corrupción, los escandalosos excesos y privilegios acumulados de todo tipo. 

En ese ajuste fino entre lo urgente y lo importante puede estar la clave para que no se malogre lo que exige el clamor de los sectores más capaces y activos de la sociedad española, en un último intento de evitar la hecatombe de la democracia por larvados nuevos populismos en ascenso. El sondeo del CIS es mucho más que elocuente sobre un sentimiento que se propaga y expande mucho más cada día pero que conviene cuente con varias alternativas posibles y en la misma línea de radicalidad contra todo lo que conlleve sojuzgar cualquier posibilidad de un regenerado futuro para los nuevos españoles.

La casta se resiste a la inevitable catarsis regeneracionista