Opinión

Palafrugell, patria chica y letra grande en Josep Pla

Edmundo Moure | 04 de octubre de 2021

Hasta aquí hemos llegado... Tenía yo la misión íntima y antes secreta, de conocer el lugar preciso donde vivió el escritor catalán Josep Pla durante su infancia, juventud y madurez, a donde regresaba después de sus viajes, al refugio del más familiar, la granja, la finca, la chacra o como se nombre en cada país a ese espacio rural de  “labradores propietarios”, que no llegan a ser terratenientes ni pertenecen tampoco a la categoría de campesinos pobres; en el país catalán... Y a los amigos, ese paisaje vivo y sonoro que acompaña la interminable tertulia en la que nos movemos.

Porque Cataluña es un país, en el sentido de territorio de características propias, habitado mayoritariamente por una etnia, más o menos homogénea, dueña de historia, cultura y lengua diferenciadas, también de una cosmogonía distinta a la de sus vecinos, que se manifiesta, indefectiblemente, por medio de las palabras únicas que descifran el mundo.

Josep Pla, derechista, conservador y anti republicano, admirador histórico del unionista Prat de la Riba, detractor acérrimo del federalista Pi y Margal, que fuera presidente de la efímera I República (1873-1874). No obstante, Pla supo esgrimir su fina ironía contra los monárquicos decadentes, y su ridícula cohorte de “grandes de España”, lacra extendida hasta este primer quinto del siglo XX, sustentada aun por socialdemócratas y socialistas a la violeta. Humor fino el suyo, nunca reo de trazos burdos ni descalificaciones odiosas, pero eficaz en su esclarecedor estilo. En sus páginas de exquisita prosa disfrutamos de un mundo en donde anhelos, vicisitudes, miserias, fracasos, comedias y dramas de la condición humana, son recreados con sutil maestría estética, cumpliendo a cabalidad lo que quizá sea la única función de la literatura: contar la peripecia humana, haciéndola parecer siempre nueva.

Josep Pla supo defender de la mejor manera la cultura catalana, escribiendo (casi) toda su obra en catalán. Amigos, colegas y editores le instaban a menudo para que lo hiciera en la lengua de Castilla, aduciendo los márgenes de difusión, el volumen de las ediciones y esa “universalidad” que la estadística atribuye a lo masivo. Pla respondía siempre: -“Escribo para mí, mis amigos, vecinos y conocidos e incluso para posibles enemigos y adversarios. No aspiro a ser leído por una muchedumbre de lectores”.

Escritor de minorías, como Borges, defensor del oficio de escritor y de la vocación intelectual como derecho de cada individuo a vivir y a expresarse, mirando la sociedad y la circunstancia, no desde una torre de marfil, sino desde la vereda de enfrente, al decir de Borges.

Al contrario de la mañosa tendencia de sectores “españolistas”, que procuran mostrar un Pla retardatario, culturalmente hablando, Josep Pla siempre negó ser un escritor bilingüe. Incluso manifestó, que sus escasos libros en lengua castellana, fueron pensados y concebidos en catalán, como lo señala el profesor Xavier Pla, agregando que: “La firme adhesión de Josep Pla a la lengua catalana lo certifica el hecho irrefutable de que estaba obsesionado por la continuidad cultural y por la salvación del catalán”.

Recuerdo las palabras de Filebo, en nuestra Casa del Escritor, a fines de los años 70, refiriéndose a una suerte de censura implícita, que los medios culturales y las instituciones académicas aplicaron a ciertos escritores de conocida vinculación o anuencia con la feroz dictadura franquista de casi cuatro décadas.

Volvía a plantearse la disyuntiva de encarrilar el quehacer artístico y la voluntad intelectual dentro de las vías ideológicas de la circunstancia; algo propio de los regímenes totalitarios, pero cuestionable, y aun aberrante –por supuesto– en una democracia, aunque sea harto limitada, como la nuestra chilena, como la española, de las repúblicas breves cual sueños venturosos.

Y Sánchez Latorre me recomendó, entonces, leer a Josep Pla, a Julio Camba y a Rafael Cansinos Assens... A Torrente Ballesteros y Álvaro Cunqueiro, nuestros gallegos “cara al sol”....

Y no hubo desperdicio, como diría mi padre. Tampoco traición a los ideales de la República, a sus escritores mártires y al millón de muertos que aún pena en las rúas de estas enriquecedoras y variopintas Españas que amamos, a pesar de la Conquista, herederos de esos torvos invasores que “se llevaron el oro y nos dejaron el oro... nos dejaron el idioma”, como afirmara nuestro Pablo Capitán de todos los versos.

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