Opinión

Memoria de Chacra el Olivo (Un lar en Santiago de Chile) Visiones (II)

Edmundo Moure | 03 de abril de 2017

Las siluetas de los caballos, sus formas sensuales, el brillo del pelaje, el intenso olor de sus grupas sudorosas, la mirada fija e impenetrable del corcel, los temblores eléctricos de sus músculos, que parecen unir, en potencia inminente, el coraje y el miedo, el desenfreno y la pasividad. Qué hermoso animal, una especie de síntesis estética de lo vivo pujante. Con razón Calígula declaró dios a su potro preferido.

El aroma a cuero viejo de las monturas en el cuarto de los aperos, las fustas de cabritilla trenzada, las espuelas brillantes y filosas, los anchos estribos de madera y sus pares metálicos para la silla inglesa, las monturas chilenas o gauchas, acolchadas, las diversas herraduras… El dulzor aromático del heno y en la parte superior del granero, la enorme cuba de vino donde se ahogó el “galleguito”, el niño de nueve años, hijo del matrimonio de campesinos gallegos que llegó a la Chacra a fines de los 40’, desterronados de la Galicia profunda. ¿Qué sería de ellos después de la muerte del rapaz, emborrachado en el vapor mefítico de aquellos humores que le atrajeron al fondo tibio del mosto, como feroz castigo de su inocente curiosidad? No recuerdo los rostros de él y de ella –sus padres– pero sí el infinito desaliento de sus miradas.

El oscuro brillo azulado del Packard de tío Manuel, la elegancia de sus formas redondeadas, la franja blanca que resaltaba el negro de los neumáticos relucientes. A su lado se veía pobre y algo triste el Chevrolet 30’ descapotable de tío Pepe y quizá ordinario el negro Ford, taxi del Tigre Sorrel (mítico wing derecho de Colo Colo), que nos llevaba los fines de semana a Chacra El Olivo…

Tiro de la manilla de la puerta trasera del Packard, que se abre al vértigo ventoso de la noche y atrae mi cuerpo hacia un peligro que apenas intuyo, cuando mi madre aferra el cinturón de género del mameluco y evita la tragedia… En el recuerdo de aquel susto pende, como extraña y dulce premonición, el perfume de tía Laura, que conducía el coche y mantuvo la incomparable serenidad femenina ante el riesgo.

El mar en la mirada de los ojos azules de tía Naulina y de sus hijos, de mi padre también. ¿Por qué los míos son negros? No me hace gracia, aunque a mi hermana Carmenche le digan la ‘Reina Mora’, sintetizando en ella, quizá, la admiración de los gallegos por la gente morena del sur de la Península Ibérica, junto al misterio que encierran, desde épocas remotas, los mouros y mouras, que no ocuparon las comarcas del noroeste, pero dejaron allí su impronta en el imaginario popular, como guardadores de encantos y de tesoros.

Los rubios lucen finos, tal vez por eso a algunas de mis primas, que no lo son de manera originaria, sus madres les pintan el pelo color de oro, aunque se les note la base de su negra pelambrera.

Las primas despiden un tufillo perturbador cuando se sientan junto a nosotros, después de correr por los parrones. Ayer, mientras cogían frutos de las higueras, nos escondimos en el lecho de la acequia y pudimos verles sus blancos calzones bajo las faldas levantadas. Alguien ha preguntado ¿y si las tocamos?

…No se puede con las primas hermanas, sería pecado mortal, respondo, para mí, con un dejo agridulce en los labios. Fea y amenazante, con su adjetivo rotundo, esa palabra penderá sobre nosotros para siempre.

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