Opinión

Crónicas de Michigan V (y final): Chicago, las huellas del olvido

Edmundo Moure | 01 de agosto de 2016

…Pero no es de la vida negativa que quiero escribir –aunque ella introducirá su metafísica en mi felicidad– sino de la poca vida positiva que contuvieron esos años…               Guillermo Cabrera Infante

 

-¿No recuerdan ustedes el Primero de Mayo? (Esta pregunta fue formulada en inglés –caro lector–, por Marisol, gentil intérprete en este viaje dual al corazón del imperio).

-¿Qué ocurrió el primero de mayo…? –pregunta con sorpresa uno de nuestros tres interlocutores gringos…

Hago acopio de los datos que guardo en mi memoria, procurando que la vehemencia no me traicione, como me ocurre algunas veces.

-Es la fecha internacional que conmemora el Día del Trabajo, en recuerdo de los llamados “mártires de Chicago”, represaliados hasta la muerte, luego de las masivas protestas de los obreros que reclamaban la disminución de la jornada de trabajo, de doce a ocho horas diarias… Cinco de ellos fueron condenados al patíbulo, aunque uno se suicidó en prisión. La policía actuó con extrema violencia, con el resultado previsible de una decena de muertos y centenares de heridos y encarcelados.

Miradas de leve asombro. Gestos huidizos. Las puertas íntimas de la memoria están cerradas para estos estadounidenses de “clase media acomodada”. Parecen decir, sin pronunciarlo: -“Eso pasó hace ciento treinta años; conviene olvidarlo, pues ahora todos trabajan ocho horas y las condiciones laborales han mejorado mucho”. Son respuestas similares a las que escuchamos en Chile, provenientes de sectores ligados al poder económico y a la derecha tradicional, cuando les hablamos de los sucesos de la Escuela Santa María de Iquique, ocurridos en 1907, y de muchos otros actos represivos que culminaron en asesinatos y en el fortalecimiento de los poderes tradicionales… En nuestro caso, algunos ocurrieron hace apenas tres décadas.

-Aquí celebramos el Labour Day, en el mes de septiembre. Se trata de una fiesta alegre y familiar, ajena por completo a toda intencionalidad política; es una acción de gracias, por contar con buenos trabajos…

Cambiamos de tema. Somos huéspedes aquí, y no podemos provocar una controversia exacerbada y sin salida, porque las posiciones son irreconciliables, una especie de diálogo de sordos. Optamos por aceptar, como el poeta melancólico, a “esa blanca paloma que duerme en el olvido”, y continuamos el viaje, caminando por las arboladas calles del antiguo barrio residencial de Chicago, edificaciones que se salvaron del voraz incendio ocurrido en octubre de 1871, siniestro que sí recuerdan, dentro de la documentada memoria histórica, nuestros amigos, porque fue una catástrofe transversal, como suelen serlo las producidas por fuerzas telúricas ajenas a la voluntad del ser humano.

Todo luce limpio y pulcro, las fachadas de las casas, las veredas, los jardines privados y públicos; no hay bolsas de basura rotas ni botellas vacías ni latas de cerveza en el césped o entre las flores del reluciente parque Abraham Lincoln, en la ribera oeste del lago Michigan. Aquí obtuvo un resonante triunfo electoral el Gran Leñador, que era miembro del partido republicano, lo que hoy parece contradictorio si apreciamos los trascendentales logros cívicos y sociales de su mandato, tronchado por la bala asesina de un actor de teatro… Y de la memoria poética, en palabras de Pablo Neruda, rescatamos aquí su perdurable homenaje: 

Eres hermosa y ancha Norte América.
Vienes de humilde cuna como una lavandera,
junto a tus ríos, blanca.
Edificada en lo desconocido,
es tu paz de panal lo dulce tuyo.
Amamos tu hombre con las manos rojas
de barro de Oregón, tu niño negro
que te trajo la música nacida
en su comarca de marfil:
amamos tu ciudad, tu substancia,
tu luz, tus mecanismos, la energía
del Oeste, la pacífica
miel, de colmenar y aldea,
el gigante muchacho en el tractor,
la avena que heredaste
de Jefferson, la rueda rumorosa
que mide tu terrestre oceanía,
el humo de una fábrica y el beso
número mil de una colonia nueva:
tu sangre labradora es la que amamos:
tu mano popular llena de aceite.

Los únicos perros que se ve son llevados por sus amos, con las respectivas traíllas, bien alimentados como éstos, dueños también de la segura respetabilidad burguesa. Tampoco hemos visto pobres de pedir –que los habrá, me digo–, en las barriadas más lejanas de la urbe, pero no quiebran aquí la quietud con sus menesterosas y temibles figuras. Orden, limpieza y bienestar. ¿Será así todo en este primer mundo que ellos llaman América?

Me siento distendido, lo reconozco, como no lo estaba quizá desde cuándo. Hay parientes que ponderan mi escritura cuando la advierten ligera, sin conflictos ni contradicciones agudas que salgan a la luz. Bueno, de todo hay en las viñas de este mundo, incluso quienes buscan saborear la vida como si fuese un merengue o una torta de novia dispuesta, evitando todo intríngulis o enmascarándolo para preservar el qué dirán… Y es que de súbito no me acosan las cuentas ni los apremios del trajín cotidiano. (Esto mismo le pasaba a Pessoa, después de la tercera copa de vino verde). Miro la luz roja del semáforo. El tiempo vuela y amenaza, compañera.

Creo que mi inglés no es ahora tan malo como en Michigan, aunque es difícil este idioma sibilante de los vástagos de Albión, y a mis años la lengua se resiste al esfuerzo excesivo de la prosodia; es como si tratara de aprender la técnica de un deporte que sobrepasa mi energía y se enreda en la extraviada elasticidad de mis huesos… Pero lo intento, con la ayuda diligente de Marisol, musa traductora, y con la activa tolerancia de Steve, que enmienda, sin un ápice de arrogancia, con voluntad a toda prueba, y también interpreta con acierto algunos de mis gestos titubeantes. Parecemos hechos aquí para entendernos, aún más allá de las palabras.

Marisol quiere allegarse a la Universidad de Chicago, donde enseñó Hannah Arendt, entre los años 1963 y 1967. Se nacionalizó como estadounidense en 1951. Es una figura imprescindible en el pensamiento ideológico del siglo XX, sin duda, pero la profesora de edad madura que nos acompaña en nuestro paseo asegura no conocerla ni de oídas.

No es de extrañar, porque también el manto del olvido se tendió sobre su legado, tal vez porque fue conflictiva y controversial, y en pleno macartismo alzó la voz contra abusos e injusticias, a lo que tenía pleno derecho, como ciudadana del mundo y luchadora de mil batallas… Buscaremos libros suyos, en inglés, en las librerías de Chicago; la palabra impresa sobrevive a la desmemoria.

También el nombre de esta ciudad –como el de Detroit– se debe a un afrancesamiento de la voz nativa shikaakwa (cebolla olorosa), en la desaparecida lengua miami-potawatomi, aunque hay otras versiones etimológicas de difícil comprobación. Es una gran urbe, monumental y florida, a la vez. Sus habitantes hablan con orgullo del mejor transporte público del país, con las serpenteantes líneas de su tren elevado y un servicio de autobuses impecable. Nos impresionan sus amplios espacios públicos, plazas, parques, conchas acústicas para recibir a los numerosos grupos musicales que tocan ante espectadores gratuitos, mientras niños de diversas etnias disfrutan de las enormes fuentes de agua, torres con fachada electrónica y el rostro gigante de conocidos artistas, desde cuyas bocas brota un gran chorro de fresco líquido, cuando la canícula supera los treinta grados a la sombra.

(Cuando estábamos en Saint Ignace, al norte de Michigan, departiendo con la abuela Marge, con Peggy, Nancy y Steve, nos enteramos del asesinato de cincuenta personas en una disco gay de Orlando… Temor en los rostros, breves comentarios, el enemigo está en la propia casa, ¿cómo conjurarlo? Hoy, que concluyo la última de estas crónicas, ha estallado otra noticia: cinco policías abatidos por francotiradores en Dallas, en medio de una protesta por la muerte de dos afroamericanos a manos de la policía… Me persigue el filo de una pregunta: ¿Cuánto tardamos en olvidar a los muertos?).

El calor arrecia en las luminosas y animadas calles de Chicago. Bebimos exquisita cerveza fría, caminamos como si fuéramos de nuevo muy jóvenes, fotografiamos lo que nos parecía atractivo, lo que deseábamos atesorar en la memoria, porque tanto ella como yo padecemos de un miedo entrañable al olvido.

 

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