Opinión

Crónicas de Michigan: Ernest Hemingway, el gran pescador

Edmundo Moure | 23 de junio de 2016

Para Steve Gaarenstroom, en Michigan; para Poli Delano, en Chile.

(Estas crónicas son posibles gracias a la generosa invitación de nuestros amigos, Nancy y Steve, que nos regalaron una luminosa estancia en Warren, Michigan, U.S.A.).

 

Mi padre admiraba a Ernest Hemingway. Ahora que he contemplado las fotografías de ‘Ernnie’, sosteniendo dos grandes peces, en el museo de Petoskey, al norte de Michigan, puedo apreciar que los peces lacustres que obtenía mi progenitor gallego, en los lagos del sur de Chile, eran mayores que los del prolífico escritor, aunque mi padre no escribiera libros…

Quizá él, Cándido Moure, hubiese querido emular a ese gran aventurero nacido en Oak Park, Illinois, en julio de 1899, un año después que Federico Garcia Lorca. Porque Cándido gallego era también fuerte y vital, amaba la pesca y la caza, y solía disfrutar de largas caminatas por las riberas de los turbulentos ríos australes, con su caña presta para atrapar peces, ya fuese con el difícil arte de la mosca serpenteando sobre las aguas, o con la cuchara centelleante o con el “terrible” provisto de múltiples anzuelos.

En casa estaban sus famosas novelas: París era una fiesta; Adiós a las armas; Por quién doblan las campanas; Muerte en la tarde; El Viejo y el mar… Esta última era la preferida de mi padre, quien pedía a Mamá Fresia que nos leyera algunos pasajes de aquella sencilla proeza del anciano pescador, en la que el fracaso deviene en victoria en virtud de la esperanza vuelta esfuerzo incansable. Quizá una buena metáfora, tanto para Cándido como para Ernest; tal vez leitmotiv esencial de toda gran literatura.

En la pequeña librería, junto al camino que lleva a una de las tantas bahías o diminutas calas del lago Michigan, donde aprendió Ernest, junto a su padre, el fascinante oficio deportivo de la pesca, he comprado Hemingway on Fishing (Hemingway a través de la pesca), notable antología de sus numerosos textos sobre el arte de pescar, extraídos de sus diferentes libros, preparada por su hijo mayor, Jack Hemingway, con lúcida introducción del editor, Nick Lyons, uno de los mejores estudiosos de la obra del Premio Nobel 1955.

El crítico reflexiona sobre la importancia que el ejercicio constante de la pesca tuvo en la vida y en la obra de Hemingway… Traduzco aquí, esforzándome como si luchara contra un atún gigantesco en el Gulf  Stream, las apreciaciones de Nick Lyons:

“La pasión de Hemingway por la pesca, la manera como ella se entrelaza con su vida de escritor, y finalmente culmina en su novela El Viejo y el mar, es el objeto principal de esta antología. El peregrinaje de su existencia es rememorado en sus narraciones y artículos, desde el solitario Nick, que aprendió de su padre, fotografiado con sus grandes ejemplares, en los días de pesca en el lago Michigan, con el despliegue de su vigor y el indescriptible goce de aquella experiencia, que cambiaría por el desafío de la pesca de grandes peces, en un constante reto entre la vida y la muerte. En sus comienzos, el amaría aquel deporte, en las diversas variaciones de su proceso, siempre encontrando una manera adecuada de llevarlo a la literatura. Pero, sobre todo, la pesca lo mantendría muy próximo al mundo de la naturaleza, siendo parte esencial en el desenvolvimiento de su creación artística”.

Y yo aquí, escritor del confín austral, disfruto de este precioso libro, en medio de esos lejanos, pero presentes y vivos recuerdos que se agitan en la memoria, cuando en Algonac, junto al río Huron, he vuelto a sentir el fresco aroma que despide el pez extraído del agua dulce y el aliento rumoroso del río que desciende desde el lago Superior, para vaciarse hacia la urbe de Detroit. Ensayo y renuevo mis precarios conocimientos de pescador aficionado, alargando mi brazo en la fina protuberancia de la caña, en procura de obtener ese plateado y quizá inmerecido premio del pez que se estremece como una doncella herida…

Hará treinta años que leí las Historias de Nick Adams, libro entrañable donde Hemingway narra, con maestría sin par, sus propias experiencias en el aprendizaje de la pesca, conducido por su padre, el doctor Hemingway. Ernest establece poéticas analogías entre la inefable emoción del instante en que el pescador siente las vibraciones de la mordida del pez en el anzuelo y la fugaz y honda excitación del amor adolescente. Y no solo eso, sino que mediante la práctica de este deporte-devoción, logra traducir y reinterpretar los diversos avatares de una existencia singularísima –la suya– desbordante en sus límites y clímax. Puede que su propia muerte, auto inferida en el postrer disparo, sea la culminación de esa lucha ancestral e interminable entre el hombre y el ignoto vórtice.

La caza fue también una de sus grandes aficiones, aunque terminaría optando por la pesca, quizá porque esta parece ser menos violenta e invasiva, aunque su desenlace inevitable devenga en la muerte del pez, en el sacrificio en apariencia incruento de la presa, silenciosa, cuyo dolor, tenue para el ojo humano, es más fácil de aceptar… Y otra vez la memoria me lleva a los remotos días de la infancia, cuando acompañaba a mi padre en sus cacerías, y yo debía recoger algunas tórtolas, ensangrentadas y moribundas, para presionarles el pecho, en el sitio sagrado del corazón, y acortarles así el sufrimiento con el remate aciago de la muerte.

Vida y muerte. Siempre la misma conjunción desafiante en los textos de Hemingway, con un realismo que es mucho más vital que literario, porque lo ha experimentado primero en carne propia y ha sabido otorgarle la justa forma verbal y expresiva. Así lo apreciamos en su novela autobiográfica, Muerte en la Tarde, auténtico tratado de tauromaquia, citado por los especialistas de esa polémica afición española en la que el hombre enfrenta a la bestia, epopeya sobre el ruedo donde Hemingway fue capaz de vislumbrar esos enigmas que persiguiera durante toda su existencia, desde el primer pez que se estremeció en sus manos ávidas hasta el último fogonazo disparado contra el misterio.

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