Opinión

Pues no es la economía; es Cataluña

| 05 de noviembre de 2012

El nacionalismo español se emplea a fondo para mantener su sentido de propiedad sobre Cataluña. Da igual si es por las buenas o por las malas (“yo hablo catalán en la intimidad”, decía Aznar con una mano mientras con la otra aplaudía, tras ganar las elecciones, a una marea de militantes tarados que gritaban “Puyol, enano, habla castellano”). Recuerda la dominación masculina que explicaba Pierre Bourdieu, que creaba una suerte de aparato del Estado/familia/religión para mantener de forma artificial su superioridad sobre lo femenino. Es un sentido de propiedad tan irracional –como sucede a los imperialistas respecto a los colonizados– como el que hace años llevó en España a miles de personas a manifestarse contra el divorcio, aunque sea el divorcio de otros. Es el mismo proceso mental en este caso; no busquen causas económicas. No es un problema económico, es un problema sicológico. A mí, desde esta esquina gallega y a pesar del complejo de inferioridad proespañolista de muchos de mis vecinos, no se me ocurre pensar por un minuto qué argumento puedo tener para decirle a un catalán qué debe hacer con su destino, no veo cómo puedo tener ese sentido de propiedad sobre lo catalán. En Cataluña se observa una creciente y consolidada ansia de independencia respecto al actual modelo de España. Es un estado de opinión y de sensaciones que se antoja imparable y que supera a los propios políticos catalanes y a los que estas semanas se empeñan desde Madrid en recurrir a tertulianos para agitar ahora la vía del fiasco económico de una independencia. Llegan tarde, ya no es una cuestión de dinero –la solidaridad no es entre catalanes y leoneses: es entre ricos (Artur Mas, Rajoy, Botín…) y pobres de ambos pueblos– sino una cuestión de “dejadme en paz de una puñetera vez”.

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