Opinión

La Virgen del Valle de Catamarca

| 25 de febrero de 2013

“Allá por los años de 1550, en una gruta del Ambato, cerca del pueblo indígena de Choya, los indios empezaron a venerar una imagen de la Purísima, a la que adornaban con flores y luces. Así continuaron durante unos veinte años, guardando impenetrable secreto”, lee Susana Berta en su libro de lectura infantil Abriendo Horizontes durante sus transparentes años vividos en el pueblito de Los Pinos –recordado por sus prósperas canteras–, partido y municipalidad de Balcarce, no distante de la ciudad de Mar del Plata, en plena pampa húmeda, al sur de la provincia de Buenos Aires.
He aquí la bella historia de la “Virgen del Valle de Catamarca”, que, al mismo tiempo, no es sino la historia de la conquista de la región del Tucumán. Resulta que el vizcaíno Manuel de Salazar era uno de los más sobresalientes vecinos de Valle Viejo, donde –ya desde la época de Núñez del Prado– se había establecido la colonia española. Cierto día uno de los indios a su servicio descubrió la gruta en que se hallaba la sagrada imagen de la Madre de Dios. Y de ello dio noticia a su amo, quien encaminó sus pasos hacia el lugar a fin de cerciorarse de la verdad. Examinó bien aquella imagen, constatando que era de mármol y que representaba la Inmaculada Concepción.
Así que Manuel de Salazar habló a los indios acerca de la conveniencia de trasladar la Virgen a Valle Viejo. Mas ellos no dieron el brazo a torcer; antes bien, montaron guardia noche y día delante mismo de la cueva.
Solo después de haber percibido que la venerada figura sonreía a la vez que emanaba luz de sus ojos, los indios aflojaron y accedieron al traslado. De modo que la condujeron a Valle Viejo, entronizándola en la más linda habitación de la casa de Salazar. Y allí mismo comenzó a regalar muchos y maravillosos milagros, por lo que su fama se expandió por todas las luminosas y benditas tierras del Tucumán, “el jardín de la República Argentina”. La Virgencita tampoco se olvidó de sus bienamados indios, pues volvió a situarse durante varias ocasiones –¡hermoso prodigio!– en aquella gruta de donde la habían retirado.
Tan pronto como aconteció la primera desaparición de la imagen, el vascongado Manuel de Salazar supuso un robo por parte de los indígenas. Se dirigió, pues, a la grutita de Choya: asombrado, vio allí la anhelada imagen. El cacique, no obstante, le testimonió bajo juramento que ninguno de los suyos la había sustraído. Y a nuevos traslados sucedieron también nuevas desapariciones. Entonces Salazar presentó a la Virgen una promesa: la de construir para Ella una capilla. Y desde aquel instante no volvió a desaparecer de su casa. Los indios asimismo cooperaron con alegre dedicación y esfuerzo en la edificación del recinto sagrado. Al término de un año todas las obras estuvieron acabadas.
“Al construirse la ciudad de Catamarca, en 1683 –continúa leyendo la niña Susana Berta en la Escuela Pública número 60 de Los Pinos–, la imagen de la Virgen del Valle fue trasladada allí y situada en la Iglesia Catedral, donde es visitada año tras año por un sinnúmero de devotísimos peregrinos argentinos”. Valles y montañas de Catamarca –evoquemos la bella zamba, canción ‘Paisajes de Catamarca’– se rinden a los pies de Nuestra Señora del Valle”.

Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca