Opinión

Emigrar (no) es estupendo

| 30 de julio de 2012

Hace ya unos años en Carballo (A Coruña), escuché a una eurodiputada gallega que se dirigía a inmigrantes uruguayos y retornados, asegurándoles que conocía sus problemas porque ella también era “emigrante” (en Bruselas, Bélgica). Recuerdo que muchos de los presentes se miraron unos a otros.
No todos los españoles que están en el extranjero son emigrantes. Los responsables políticos y administrativos del Estado español todavía no lo saben o no lo quieren saber. Son terribles las pobres piruetas dialécticas que viajados responsables políticos y administrativos dan a la hora de hablar de la emigración. A la anterior secretaria de Estado de Inmigración con el gobierno socialista, Anna Terrón i Cusí, le escuché decir que no había que dramatizar con el tema de la emigración, pues no era más que una mejora en lo personal y una búsqueda de oportunidades. La propia Terrón i Cusí es un buen ejemplo de lo que no es un emigrante, pese a residir en el extranjero desde 1994 hasta 2009, año en que abandonó sus diversas responsabilidades en Europa, para ocupar el puesto en el Ministerio.
En una entrevista a Pilar Pin Vega, anterior responsable de la Dirección General de la Ciudadanía Española en el Exterior (DGCEE), aseguraba otro tanto: “...y discrepa sobre el debate que está planteado en la sociedad de considerar emigrantes a esos profesionales cualificados que se marchan fuera en busca de empleo”.
Yo también discrepo, con Terrón i Cusí y con Pin Vega, así con muchos ‘notables’ de la Administración, porque no se me ocurriría nunca pensar (y mucho menos a los verdaderos emigrantes) que todos los españoles que están en el extranjero son emigrantes.
La lista de los ‘no emigrantes’ es larga: eurodiputados, personal diplomático y consular, miembros de ONG’s, deportistas de élite (Guti, Torres, Silva...), artistas (Nacho Duato, Alejandro Sanz, Javier Bardem...), cardenales en el Vaticano, lectores en universidades extranjeras, profesores del Instituto Cervantes, soldados en misiones ‘humanitarias’, científicos e inclasificables (Valentín Fuster, Julio Iglesias, Sara Carbonero en la televisión mexicana, Manolo Otero en Brasil...) y descendientes de españoles, hijos y nietos, que adquirieron la ciudadanía española sin haber pisado el Estado español (en algunos países más del 90 por ciento de los censados, como Cuba).
Una de las principales distorsiones del tema migratorio es considerarlo como una opción individual. Como si las personas no tuviesen raíces culturales, afectivas, familiares, olfativas o gustativas, o como si esto fuese una partida en la que siempre se gana, sin pensar lo que representa de pérdida para el país que no puede contar con su población. Sí da lo mismo irse a Bruselas con un maravilloso salario de eurodiputado (o de cualquier actividad de las anteriormente citadas), pero no da lo mismo irse con un título a fregar platos a Londres. Aquí está la segunda aberración, parece que la única generación preparada de Europa es la española que, cuando emigra, la están esperando.
La diferencia entre emigrar y no emigrar reside en la imperiosidad de hacerlo. Los jubilados europeos de la Costa del Sol no son emigrantes en España, sino extranjeros. Ninguna necesidad vital los ha traido aquí, ni han renunciado a nada, todo lo contrario.
La historia de Galicia es fiel reflejo de ese drama. Hoy el hijo y el nieto del obrero, del pescador, del emigrante y del campesino tienen títulos universitarios y van tomando conciencia de su clase al tener que emigrar, porque los hijos y nietos de otra clase no emigran, son trasladados a una sucursal o toman posesión del cargo en el extranjero.
En 1900 los suizos hacían cola para poder emigrar a Uruguay o Argentina. Me cuentan los jóvenes peones y albañiles emigrados de la Costa da Morte que es habitual ver, en grupos de dos o tres, a jóvenes gallegos deambulando en busca de trabajo en las obras y durmiendo en los coches en Suiza. ¿Por qué no se habla de ese 80 por ciento de la emigración?

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