Opinión

‘Dormir al sol’ y el ‘héroe’ de Alfonso Bioy Casares

| 13 de mayo de 2013

El premio ‘Cervantes’ de la Letras Españolas en el año 1990 concedido al escritor argentino Adolfo Bioy Casares –quien se hallaba por esos días en Madrid, asistiendo a una semana de homenaje a su obra creativa– motivó que el autor porteño hubiera de desgranar un torrente de entrevistas en los medios de comunicación más variopintos. En una de éstas acertó con un apropiado símil entre los libros y las casas, acaso porque ambas manufacturas nos muestran los más prestigiosos frutos de los hombres. “Con mucha suerte”, había escrito hace años, “un día seré uno de mis libros”, coincidiendo en ello con el espíritu de su excelente amigo y colaborador Jorge Luis Borges.
Por aquel entonces Bioy Casares aseveraba que, si le fuese dado elegir una entre sus obras, le agradaría “irse a vivir a Dormir al sol”. Esta novela ejemplifica, en efecto, el “modo” de su narrador: un acervo de costumbres y trucos, reiteraciones y cadencias que estructuran un estilo y su prolongación en el lector. Dormir al sol nos ofrece un cosmos menos asfixiante que Diario de la guerra del cerdo y menos patético que La aventura de un fotógrafo en La Plata. Asistimos a la aventura de Lucho Bordenave –empleado de banca cesante– que lleva una tranquila vida aplicado al oficio de relojero en su casa de Villa Urquiza. Inopinadamente su esposa, Diana, es internada en un Instituto Frenopático. Desde ese instante la rutinaria existencia de Bordenave penetra en una región inquietante donde lo real se mezcla con lo imaginario: el sueño con la vigilia y la locura con la lucidez. Y las peripecias se precipitan: la intromisión de su cuñada, las entrevistas con el raro doctor Samaniego o la aparición de una perra nombrada ‘Diana’. Paulatinamente las identidades se difuminan y confunden bajo la inexorable vigilancia de los ‘tic-tac’ de la relojería, hasta el extremo de palparse una ósmosis entre almas y cuerpos. He ahí cómo lo “fantástico” contamina, por así decirlo, lo “cotidiano”, abanderado por la energía de lo “onírico” merced a un humor incisivo y sarcástico. Alucinante universo en el cual espacio y tiempo encarnan las más insólitas formas. Símbolo preciso y entretenido acerca del ser contemporáneo y, a la vez, su extraviada perplejidad en los laberintos de la existencia.
El protagonista de Dormir al sol Lucho Bordenave es un ser compadecible, dado que es una “víctima” pero él ni siquiera lo sabe, y en el momento en que lo sepa ya será demasiado tarde. El hombre que es –borgianamente hablando– “todos los hombres”. Más no medido por el patrón de la epopeya sino por el de la precariedad. El “héroe” de Bioy Casares, al igual que el de Franz Kafka, es “todos nosotros” en su soledad e intemperie: sometido al “devenir”, al inexplicable “golpe”, a la mutación jamás entresoñada. Nunca será capaz de intuir qué manera adoptará su propia muerte.
Coloquial su lenguaje, la “baja clase media”, a la que el protagonista pertenece, a sí misma se retrata mediante sus palabras de modo involuntariamente paródico. Aquello que es mera anécdota no se frena en pos de su cumplimiento, y sin la menor crispación. Los seres humanos nacen, sufren, desaparecen y se consuelan, se exaltan bajo un firmamento impasible. El Supremo Hacedor –o bien los dioses mitológicos– no intervienen en la vida de Lucho Bordenave. Y no se ocupan más de lo que lo hacen los perros que duermen su inocencia al sol, felices de un mundo inconmovible.

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